almeida – 15 de junio de 2016.

literas

Por segunda vez en muy poco tiempo, Txarly se encontraba de nuevo en el camino. El mes anterior aprovechando que su madre María estaba en un albergue ejerciendo como hospitalera voluntaria,

fue a hacerle una visita acompañado de dos amigos y seguramente por la insistencia de su madre cuando le hablaba de esa magia que desprende el camino, decidió probar unos días para ver si de esa forma podía entenderla un poco mejor. No sabía si lo que iba a hacer era por buscar esa magia de la que María tanto le hablaba o por satisfacer esos deseos maternos que buscaban un tema de conversación que les uniera un poco más ya que ella deseaba que el camino fuera tan importante para su hijo como lo estaba siendo para ella desde que lo descubrió.

            Esos tres días que estuvo caminando comenzaron a germinar esa semilla que María sabía que estaba en su hijo, solo necesitaba ese abono especial que el camino proporciona para que esto ocurra y cuando se encontró al cabo de esos tres días con su madre en el albergue, Txarli ya estaba pensando en el día que podría volver a retomar el camino y la ocasión se presentó al mes siguiente cuando se fue con su amigo Alex y comenzaron de nuevo a caminar donde lo habían dejado un mes antes.

            Las primeras etapas por la costa Gipuzkoana y la llegada a tierras Bizkaínas fueron bastante duras y exigentes ya que a las dificultades orográficas se unía esa falta de forma física que se hace ostensible los primeros días que los peregrinos se encuentran en el camino.

            De todas formas, los contratiempos estaban aún por llegar, esos imprevistos que suelen producirse en el camino y en ocasiones van surgiendo cuando uno menos lo espera y cuando llegan hay que saber afrontarlos de la mejor forma posible. En ocasiones hasta hay que hacerlo con buena cara, porque como suele decir una amiga, cuando las cosas ocurren, siempre es por algo y tenían que pasar.

            Estaban solo a dos jornadas de Bilbao, Txarli había planificado esos dos días para hacerlos con mucha calma, el primero llegarían hasta Lezama y desde allí, tenían una corta etapa al día siguiente para llegar a Bilbao donde contarían con el tiempo suficiente para visitar los lugares más interesantes de esta renovada ciudad que sufre cambios cada día que la están transformando de una fea y sucia ciudad industrial en una moderna ciudad de servicios.

            Al entrar en el albergue, el hospitalero les da la sorpresa de esa jornada, no hay plazas libres en el albergue, está todo ocupado y en el pueblo no hay otra alternativa para poder pasar esa noche. Aquello trastoca todos sus planes y después de comentar la situación en la que se encuentran y las opciones que tienen, los dos peregrinos deciden descansar mientras se alimentan y continuar caminando hasta Bilbao. Es un sobreesfuerzo con el que no habían contado, pero es la mejor opción de las dos que analizan con la calma suficiente para saber que es la correcta, además es seguro que lo que les ha ocurrido como suele decir María, es por algo y tienen la curiosidad de saber ese motivo.

            Después de comer, retoman el camino, las pendientes que deben subir para llegar a lo alto de los montes que les permitirán por fin contemplar toda la ciudad, resultan casi tan difíciles de superar como el descenso que les deja en las calles de Bilbao. Está resultando una etapa muy larga y los dos peregrinos llegan al albergue muy cansados y muy tarde, casi una hora antes que este cierre las puertas a los peregrinos, para que los que ya están allí puedan descansar y recuperar esas fuerzas que han ido dejando en los largos treinta kilómetros que se han acumulado en sus piernas.

            Cuando dejan sus cosas en las literas que les han asignado, deciden salir a la puerta del albergue para que sus mentes también se relajen. Txarli quiere contemplar las estrellas y las luces de la ciudad que se desparrama a sus pies y Alex desea fumarse con calma ese cigarrillo que tanto le tranquiliza cuando ya no tiene que caminar más.

            Mientras están descansando, una visión les hace por momentos pensar que están viviendo un sueño, todos los que se encuentran a la puerta del albergue dirigen sus miradas en la misma dirección, como si sus ojos se sintieran atraídos por un imaginario imán. Daba la impresión que toda la luz de la luna se estaba reflejando en la peregrina que se encontraba a una docena de metros de ellos y se dirigía hacia donde los pasmados peregrinos se encontraban. Estos no habían visto algo tan hermoso desde que comenzaron a caminar. Era Carolina, una joven polaca de poco más de veinte años. Llevaba una mochila pequeña y a todos les dio la impresión que la ropa que llevaba se ajustaba como un guante a su perfecto cuerpo resaltando aún más la perfección de las curvas de su anatomía. Su largo cabello de oro cuando no era mecido por la brisa, ella sabía cómo con un movimiento de su cabeza provocara esa admiración que buscaba en cada estudiado movimiento que hacía delante de otros peregrinos. La joven estaba radiante porque había disfrutado más que cualquier otro peregrino siendo la última que llegaba al albergue.

            Cuando pasó al lado de los sorprendidos peregrinos, saludó a todos con mucha suavidad y dulzura, fue un saludo que a todos les sonó como algo angelical y según los sobrepasaba, todas las cabezas se giraron contemplando aquel cuerpo tan perfecto, incluso alguno llegó a pellizcarse para asegurarse que no se trataba de un sueño.

            Cuando la joven traspasó las puertas del albergue, alguna mirada de los que se encontraban fuera, se cruzó con la suya y aunque no se dijeron nada, en la mente de aquellos peregrinos, había los mismos sentimientos, la pasión se mezclaba con la sorpresa y con la lujuria y si los pensamientos hubieran podido hablar, todos hubieran dicho lo mismo.

            Al cabo de unos minutos, también Carolina salió a la puerta del albergue. Detrás de ella iba Antonio, un joven que se sentía atraído por esta hermosa peregrina a la que no dejaba sola ni un instante, aunque daba la impresión que Carolina no sentía el menor interés por aquel joven.

            Cuando llegó la hora de cerrar el albergue, muchos se hicieron los remolones para entrar a ocupar sus literas, disfrutaban más con la compañía que allí tenían, hasta que Carolina dio las buenas noches y como si estuvieran movidos por un resorte, todos los peregrinos se fueron detrás de ella.

            Cuando Alex fue a ocupar su litera, se dio cuenta que la había ocupado Antonio para estar más cerca de la joven y tuvo que buscar otra litera libre. Txarli en cambio, cuando consiguió subir a su litera, vio que en la de al lado que se encontraba pegada a la suya, estaba ya acostada Carolina que se había dado la vuelta y le observaba con una mirada mezcla de muchas cosas que en la oscuridad de la noche resaltaba el brillo de sus ojos que trataban de decir algunas cosas que en ocasiones las palabras son incapaces de expresar.

            Txarli se quitó la camiseta y se introdujo en el saco de dormir permaneciendo boca arriba mirando el techo, aunque sentía que aquella mirada seguía fija en él, pero no deseaba mirarla, no se atrevía a hacerlo, prefería que fuera su mente la que le aseguraba que estaba ocurriendo todo lo que él estaba pensando.

            Carolina que seguía mirando fijamente a Txarli, al darse cuenta que éste seguía con la mirada fija en el techo, hizo un gesto como si se encontrara en los brazos de Morfeo y estiró la mano y la pierna ocupando parte de la litera de Txarli hasta que llegó a sentir su contacto.

            Txarli, al sentir aquel hermoso, sensual y carnoso muslo que estaba cubierto únicamente por un pantaloncito muy corto y ajustado cómo se posaba encima de su saco, se sintió cohibido, no sabía cómo reaccionar. Una cosa era lo que le decían sus impulsos y la otra lo que le aconsejaba la cabeza. Con tanto pensamiento mezclado en ese momento se dio cuenta que necesitaba ir al baño para evacuar toda el agua que había bebido al llegar al albergue y se incorporó en la litera descendiendo de ella para ir al servicio y aliviar de esa forma no solo su cuerpo sino también su mente.

            Se entretuvo algo más de lo normal y cuando Txarli volvió de nuevo a su litera, esperaba que la joven se encontrara durmiendo, pero cuando fue a meterse en la cama, vio que de nuevo estaba parcialmente ocupada por Carolina y trató de ponerse en el espacio que había libre, pero la joven lo había previsto todo y sabía que en un lado o en otro, el contacto físico acabaría por producirse.

            Txarli puso uno de sus brazos bajo su cabeza y comenzó a sentir en las yemas de sus dedos el aliento de Carolina, la joven tenía su boca tan cerca de la mano de Txarli que cada vez que expulsaba el aire de sus pulmones, éste llegaba cálido y húmedo a los dedos y la mano de Txarly que iba sintiendo como la respiración de los dos comenzaba a acelerarse cada vez más.

            Txarli observaba en la penumbra la silueta de aquel cuerpo voluptuoso y hermoso que se encontraba a su lado, aunque su mente se fue ocupando poco a poco por otra belleza que ahora no se encontraba con él. Pensaba en Beatriz, su novia con la que le gustaría tanto estar en esos momentos y poco a poco la imagen y el recuerdo de Bea comenzaron a inundar por completo la mente de Txarli. Las insinuaciones y los movimientos de la hermosa polaca fueron quedando en un segundo plano y con la imagen de su amor se fue quedando dormido después de haber permanecido despierto muchas horas, faltaba muy poco para que comenzara a amanecer.

            Al alba, cuando Txarli se despertó de nuevo, vio que Carolina se encontraba en su litera mirando en la dirección contraria a la que él se encontraba y sintió que al levantarse estaba algo más excitado que en otras ocasiones, pero enseguida comprendió el motivo, fue ese recuerdo de Bea con la que él se durmió y el poco tiempo que pudo dormir, los sueños de ella estuvieron permanentemente en su cabeza.

            Ese día el camino le aportó dos cosas muy importantes. La primera era pensar en la persona que tanto significaba para él y a la que quería tanto y echaba tanto en falta y la segunda fue poder compartir con su madre estas vivencias del camino. Los dos sabían que de ahora en adelante, el camino les había unido un poco más de lo que antes estaban y cuando hablaran de sus vivencias, las compartirían todas las que el camino pudiera proporcionarles.

            Solo les quedaba pendiente recorrer algún día los dos juntos ese camino que les estaba esperando para retomarlo donde Txarli lo había dejado, pero los dos sabían que eso llegaría pronto, porque la magia del camino, como María quería, se había logrado introducir en su hijo y desde ese momento los dos podrían vivir juntos nuevas experiencias que les iban a enriquecer mucho más.