almeida – 17 de diciembre de 2014.

En una ocasión coincidí con un peregrino un tanto ex­traño que había recorrido muchos kilómetros para despla­zarse desde su lugar de origen, un país nórdico, para que sus pies pudieran caminar sobre la Vía de la Plata.

Siempre procuraba rehusar de la compañía de otros pe­regrinos. Salía el primero del albergue y llegaba cuando los peregrinos ya lo habían hecho. En ocasiones le veía sentado sobre una roca que se encontraba apartada unos cientos de metros del camino o contemplando el remanso de un río. Estaba distante a pesar de que cuando llegaba al albergue se integraba enseguida con el resto de los caminantes y disfru­taba compartiendo las experiencias que a cada uno les de­paraba la jornada.

Un día le vi sentado al borde de un puente. Me acerqué hasta donde se encontraba y busqué su conversación. Su dominio de nuestra lengua era un tanto limitado, pero los peregrinos contamos con un sexto sentido que contiene un poco de los otros cinco y permite que nos comprendamos.

Después de intercambiar algunas frases que son habi­tuales en la cortesía normalmente establecida, quise satisfa­cer mi curiosidad y le pregunté:

—¿Y tú cómo te has decidido a hacer el camino?

Lentamente, como buscando cada palabra, mirando profundamente mis ojos, me confesó:

—Durante mucho tiempo, he vivido rodeado de mucha gente. En una ocasión cayó en mis manos una revista en la que se hablaba del Camino de Santiago y me llamó la atención cómo se definía la soledad que sentían los peregrinos que lo recorrían. Yo deseo conocer lo que es la soledad y por eso he venido al camino y he elegido el menos transitado para ver si me ayuda a encontrarla.

Días después, antes de llegar a Salamanca, me confesó que ya se había saciado de soledad y ahora necesitaba sentir el camino y compartir lo que estaba viviendo con las personas que lo recorrían, por eso iba a desplazarse hasta Astorga, donde la solitaria Vía de la Plata converge en la concurrida arteria del Camino Francés.

Aquello me sirvió para reflexionar. Pensé que hay mucha gente que se pone en el camino buscando lo que el peregrino nórdico trataba de encontrar, pero cuando hurgamos un poco en cada persona, nos damos cuenta de que la soledad que unos y otros llegan a sentir no es la misma, es más, en ocasiones puede llegar a separarlos un gran abismo.

Por un lado nos encontramos a quienes tienen una soledad impuesta. Se han visto solos en la vida y el camino tampoco les servirá para congeniar con nadie. Por ello, su camino también será muy solitario aunque ellos no deseen que sea así.

Los hay que tienen una soledad acompañada ya que, a pesar de estar durante todas las jornadas rodeados de gente, siempre se encontrarán solos. Es muy triste esta situación ya que no logran adaptarse a la compañía de quienes caminan junto a ellos y no importa la multitud con la que puedan encontrarse porque siempre se sentirán solos.

Los más afortunados son quienes consiguen la soledad elegida porque ha sido su decisión antes de poner sus pies en el camino. Ellos buscan reencontrarse a sí mismos, les sobran el resto de los peregrinos porque desean que nadie enturbie sus pensamientos, esos que analizarán cada rincón de su alma para así conocerse mejor.

Estos peregrinos son los que cuando finalizan su ca­mino experimentan unos valores que siempre han estado ahí, pero en ocasiones se ocultaban tanto, que era necesario que comenzaran a aflorar para poder compartirlos con los demás.

Hay otra soledad más personal que no solo se experi­menta en el camino sino también en la vida real y es la au­sencia de la persona amada. Esa soledad que nos crea an­gustia y desazón, sólo la puede calmar la caricia del ser amado. Esta soledad se sufre en silencio ya que solo se pue­de compartir con una persona y cuando lo hacemos, llega­mos a contagiar al ser amado la misma angustia que noso­tros sentimos. Por eso amargamente la sufrimos en esa soledad que llega a resultar hermosa porque somos cons­cientes de que nadie va a saber comprenderla como noso­tros.

Las soledades son una mochila que llevamos en el ca­mino, generalmente personal e intransferible y, a pesar de que no tiene peso, es un lastre que resulta muy difícil de llevar.