almeida – 2 de agosto de 2014.

Algunas situaciones que llegué a vivir en Santuario, de no haberlas presenciado personalmente, jamás hubiera pensado que podían haber ocurrido y admiraba como el Maestro sabía hacer frente a estas situaciones tan difíciles; buscaba siempre esa palabra o esa historia que generalmente servía de consuelo a la persona que la estaba sufriendo.

Me encontraba en la sala por la que accedían los peregrinos, ya estaba bastante avanzada la tarde y la mayoría de los que tenían que haber llegado ese día se encontraban descansando tumbados en las colchonetas o estaban en el jardín compartiendo con otros peregrinos, leyendo las cosas que habían visto en la etapa que daban por finalizada, comprobando las cosas que verían al día siguiente o, simplemente, pasando a una libreta esas sensaciones que habían estado experimentado a lo largo del día.

En ese momento llegó una peregrina, cuando tomé sus datos vi que se llamaba Belén y tenía 53 años, aunque su rostro parecía estar marcado por la tristeza y daba la sensación de contar con bastante más edad de la que ponía en su credencial.

Apenas habló ni una sola palabra, solo me dio las gracias de una forma casi imperceptible cuando terminé de explicarle las normas, por decirlo de alguna manera, ya que allí no se establecía más que lo que desearan los peregrinos que había en aquel lugar; cogí al hombro su pequeña mochila para llevarla hasta el cuarto donde iba a pasar la noche.

Pasaron unas horas y no volví a verla, me imaginé que se encontraba descansando porque parecía muy fatigada cuando llegó.

Al asomarme al jardín vi que se encontraba en uno de los bancos y estaba hablando con el Maestro. No sé cómo se habían visto, ni si alguien los había presentado, aunque tampoco hacía falta pues me imaginé ese sexto sentido que avisa al Maestro cuando llega alguien que necesita de sus sabios consejos.

Disimuladamente fui acercándome hasta donde ellos se encontraban, no quise sentarme en el mismo banco, pero había una silla cercana en la que me senté, desde allí podía escuchar lo que estaban hablando, aunque sabía que más tarde el Maestro me lo iba a contar, deseaba escucharlo de la boca de la peregrina ya que me había intrigado mucho cuál podía ser el motivo que la hubiera llevado hasta allí y porqué el Maestro se había dado cuenta que necesitaba de sus consejos.

Escuché como le comentaba al Maestro que su marido había tenido un accidente de coche y había fallecido, fue un golpe muy duro para ella y para su hijo, pero debían apoyarse el uno en el otro para afrontar este fuerte revés que les había dado la vida.

Ella estaba consiguiendo salir de la tristeza que desde que ocurrió el fatal desenlace se había apoderado de ella, trataba de mostrarse feliz para que su hijo la viera siempre animada y también para él fuera más fácil asimilar la perdida que habían tenido.

Pero su hijo, a pesar de los 33 años que tenía, era de un carácter menos fuerte y la dependencia que había tenido siempre de su padre fue muy importante, él se había convertido en su referente en la vida y todo lo hacía tratando de imitar a su progenitor ya que se sentía especialmente orgulloso de él.

Parecía que el joven también lo estaba superando y Belén comenzaba a sentirse de nuevo feliz pues estaba viendo a su hijo contento, pero un día, cuando Belén regresó a casa después del trabajo, se encontró a su hijo muerto, se había suicidado porque no podía afrontar la vida sin la referencia de su padre.

Aquello acabó por hundir definitivamente a Belén, ya no tenía sentido la vida sin las dos personas que tanto significaban para ella, en ocasiones hasta creyó haber maldecido a su hijo por haberla dejado en aquel estado del que sabía que no iba a poder salir, pero luego pensaba que eran malas jugadas que le hacía su subconsciente ya que no podía olvidar a quien había dado la vida.

No dejaba de pensar por qué la vida o el destino es en ocasiones tan injusto cuando se ceba de aquella manera con algunas personas y las va destrozando de la forma que lo estaba haciendo con ella.

Estaba recorriendo el Camino porque alguien le había dicho que aquellas cosas que son inexplicables, en ocasiones tienen una respuesta en este sendero que estaba recorriendo; pero llevaba ya una semana caminando y no había encontrado esa respuesta, ni creía que la podría encontrar, pues los recuerdos de sus dos seres queridos eran cada vez más acentuados y terminaba cada jornada desfallecida porque cada vez que esos recuerdos llegaban a su mente lloraba de una forma desconsolada y tenía que alejarse del Camino para que nadie la viera en el estado en el que se encontraba.

El Maestro la dijo que murió con esa edad porque tenía que ser así, todos desde el mismo momento que nacemos tenemos marcado nuestro destino y no podemos escapar a lo que nos va a deparar. De qué le hubiera servido a su hijo vivir cincuenta años más si los iba a vivir de una forma ausente, como si se hubiera convertido en un vegetal, hubiera sido mucho más duro para ella y para él verle en ese estado.

Tenía que pensar únicamente en los 33 años que vivió a su lado y fue feliz con él, los recuerdos de los buenos momentos que habían vivido juntos serían los que la ayudarían a seguir adelante.

Le fue hablando de numerosos casos que él conocía de personas que se encontraban muertos en vida, que cada minuto que pasaban en este mundo estaban sufriendo y haciendo sufrir a las personas queridas que se encontraban a su lado.

Me estaba resultando una historia tan triste que decidí marcharme de allí y no seguir escuchándola ya que pensaba que todavía no estaba preparado como el Maestro para oír cosas que me estaban resultando terribles, que nunca podría comprender ya que yo no sabía ponerme en la situación de quien la estaba contando; como solía hacer el Maestro.

Desde lejos vi como seguían conversando, era Belén la que hablaba, supongo que el Maestro estaba dejando que sacara toda ese dolor contenido que estaba acumulado en su interior, de vez en cuando el Maestro asentía y en otras ocasiones le decía esas palabras de consuelo que solo él sabía como decirlas.

Cuando terminaron y vi de nuevo a la peregrina, aunque sus ojos se encontraban algo hinchados por las lágrimas que acababa de desprender, su semblante daba la sensación que se encontraba más relajado, quizá había comenzado a percibir esa paz que tanto buscaba y tanto necesitaba.

En la oración, las palabras que dirigió el Maestro, aunque se las decía a todos los peregrinos, los tres sabíamos a quien estaban dirigidas y durante la estancia de Belén en Santuario no se apartó ni un instante de su lado.

Por la mañana, en contra de su costumbre, el Maestro se levantó muy pronto y cuando Belén se disponía a marcharse, la dio un abrazo y le dijo unas palabras que no conseguí escuchar, pero me imagino que serían ese bálsamo que ella tanto necesitaba porque por primera vez la vi esbozar una ligera sonrisa antes de perderla de vista.