almeida – 9 de octubre de 2014.

En ocasiones las lecciones las aprendemos en los lugares más insospechados. La escuela en la que debemos aprender todo lo que nos deparara la vida,

no siempre se encuentra en un edificio con pupitres y pizarras, a veces las lecciones más importantes que nos da la vida las recibimos de personas de las que ni siquiera nos lo imaginábamos y en los lugares más insospechados.

 

Cada vez, soy más consciente que el camino es esa escuela por la que todos deberíamos pasar, las lecciones que diariamente aprendemos nos enseñan muchas cosas, no solo a conocernos un poco mejor sino, sobre todo a ser mas tolerantes con nosotros mismos y lo que es más importante, a serlo con los demás.

Me encontraba en una ocasión en Santuario, algunas veces he hablado de ese sitio que no tiene una ubicación concreta, Santuario es un lugar que los peregrinos se encuentran en cualquier camino y por mucho que definiera como es resultaría imposible hacerlo porque los Santuarios que los peregrinos buscan son diferentes en cada ocasión.

Hasta Santuario, solo llegaban aquellos peregrinos elegidos por el Camino y solíamos encontrarnos a la gente más variopinta que podemos imaginar, no existía una uniformidad en los que se alojaban allí, porque no había dos peregrinos iguales, cada uno era diferente a los demás y sin embargo había una armonía entre todos que llegaba a resultar perfecta.

Era una época en la que el sol se ocultaba sobre las nueve de la noche, era el momento idóneo para después de la cena comunitaria que se hacía con los peregrinos, los que lo deseaban se retiraban a una pequeña capilla en la que podían meditar lo que esa jornada les había aportado.

Siempre había algún peregrino que era diferente a los demás, no es que desentonara, pero había en él algo que lo hacía distinto y el viejo hospitalero, enseguida se daba cuenta de la situación y trataba de que el acogido no se sintiera incomodo en aquel lugar.

Ese día llegó un joven que al ver el recibimiento que le hacían y la información que le daba el hospitalero, se quedo meditando, como pensando en marcharse porque se encontraba fuera de sitio. La percepción que el hospitalero tenía del Camino, estaba enfocada hacia un sentimiento espiritual y de fe, quería que los peregrinos, independientemente de las creencias que cada uno tuviera, debían ser conscientes que estaban en un camino de fe y debían respetarlo y sobre todo respetar a los que caminaran a su lado y lo hicieran con esas motivaciones.

-No sé si he llegado al sitio adecuado –dijo el joven –yo soy musulmán, profeso la religión de Mahoma.

-Tu, eres hijo de Dios, se llame Dios, Ala o Buda –aquí eres bien recibido, pero si te vas a sentir incomodo por estar en un lugar cristiano, eres libre de marcharte.

-Por mi no voy a sentirme incomodo, soy creyente de mi religión, pero también soy tolerante con las demás, de lo contrario no me encontraría realizando esta peregrinación – dijo el joven.

-Pues si respetas lo que se hace en la casa, eres bien recibido y no te sentirás incomodo porque la oración que algunos peregrinos hacen por la noche, es voluntaria y no estás obligado a asistir a ella – dijo el viejo hospitalero.

El joven, enseguida se dio cuenta de la bondad que transmitía aquel hombre y decidió quedarse en Santuario, algo le decía que si había llegado hasta allí, era porque el destino así lo había programado.

El joven, se perdió durante toda la tarde mezclándose con los demás peregrinos que compartían en el patio las experiencias que les estaba ofreciendo el camino, nada le hacia diferente a los demás, solo el viejo hospitalero, sabia que contaba ese día con un peregrino diferente y especial.

El viejo hospitalero, como era la costumbre en Santuario, les fue diciendo a todos los peregrinos que la cena comunitaria se hacia a las ocho, pero como era un hombre sabio, enseguida se percato que se encontraban en el mes en el que los musulmanes celebran el ramadan y fue transmitiendo de uno a otro que la cena se retrasaba una hora, se celebraría después de las nueve que era cuando se ocultaba el sol, pero no dio ninguna explicación mas.

Únicamente cuando se encontraban en la mesa, explico a todos los peregrinos el motivo de aquel retraso que todos pensaban que era por problemas de logística.

-Hoy – dijo el viejo hospitalero –contamos entre nosotros con un peregrino especial, es de religión musulmana y como nos encontramos en el mes del ramadan, he creído oportuno retrasar más de una hora la cena, hasta que el sol se oculte por el horizonte para que él pueda estar con nosotros y compartir con todos estos alimentos.

Todos se fueron mirando tratando de ver quien era ese peregrino que era distinto a los demás, pero para ninguno de ellos lo había sido antes, mientras se encontraban en el patio compartiendo su camino y la duda comenzó a surgir en la mesa, pero el viejo hospitalero en ningún momento se dirigió a nadie en concreto, no deseaba que a partir de ese momento le vieran diferente a los anteriores días que habían estado peregrinando juntos.

Pasaron unos minutos de duda e incertidumbre, hasta que el joven se levanto de su asiento y dirigiéndose al viejo hospitalero, pero con voz alta para ser oído por todos los que se encontraban en la sala dijo:

-Gracias, me llamo Ali y sinceramente no esperaba este detalle de tolerancia conmigo, cuando me dijeron que la cena era a las ocho, había asumido que no compartiría ese momento con el resto de los peregrinos y viendo este gesto, me gustaría, si es posible, asistir luego a la oración con los demás que se hace en la capilla, sabiendo que no podré participar en ella como lo hará el resto.

-Te reitero la bienvenida que te di al llegar – dijo el viejo hospitalero –y deseo que te sientas como en casa, este es un lugar religioso, pero especialmente es un lugar de tolerancia y quienes vengan con ese ánimo, son siempre bien venidos.

El resto de los peregrinos, se sorprendió al saber que el joven con el que habían estado compartiendo amistosamente las experiencias de la jornada, era musulmán, pocos se hubieran imaginado haciendo este camino que nació de la fe cristiana a alguien que profesara otra religión, pero de inmediato dieron muestras de celebración porque se encontrara allí.

Después de la cena, la mayoría de los peregrinos subieron a la pequeña capilla y también Ali, subió con ellos. El joven siguió con atención y mucho respeto la meditación y la oración que se hizo en la pequeña capilla y cuando iba a terminar, pidió permiso al viejo hospitalero para decir una shura del Corán.

-Por supuesto, -le dijo el viejo –si lo pensamos bien, tampoco hay importantes diferencias entre nuestras religiones, tenemos los mismos profetas y el tronco es común para las dos, diferimos únicamente de las aportaciones que los hombres han impuesto hace poco mas de mil años que es una insignificancia del tiempo si nos remontamos a la época de Abraham, Moisés o Jacob.

El joven recito algo en lengua árabe y luego lo tradujo a los presentes, hablaba de un peregrino y sobre todo, hablaba de la hospitalidad y la tolerancia entre las personas.

Todos se quedaron pensando en lo que el joven había dicho y muchos asintieron estar de acuerdo con aquellas palabras, aunque provinieran de una religión diferente a la de los demás.