almeida – 15 de mayo de 2016.

            Siempre he creído que los peregrinos menos expertos son los que recorren el camino Francés y los más veteranos son aquellos que están saturados de la masificación de esta ruta y buscan caminos alternativos,

pero he ido comprobando que no siempre es así y muchos de los peregrinos que hacen por primera vez el camino se aventuran por rutas que no son tan frecuentadas.

            También como hospitalero, procuro ir a albergues de esos caminos en los que en teoría espero encontrarme con esos peregrinos que ya han recorrido más de un camino y saben lo que se van a encontrar en la ruta, generalmente son personas que pueden llegar a aportarme muchas vivencias y de los que puedo aprender muchas cosas.

            Cuando recorrí el camino de la Costa con Carlitos, era un trazado sin apenas infraestructuras y lo encontramos casi virgen. En el País Vasco no había albergues para peregrinos ya que apenas pasaba gente por él. El primer peregrino que nos encontramos fue en Avilés, quinientos kilómetros en solitario y no volvimos a ver a nadie hasta doscientos kilómetros después, ya en tierras gallegas.

            Por eso me apetecía ir de hospitalero a un albergue de este camino. Soy de los que piensan que antes de criticar ciertas cosas hay que implicarse en ellas y tratar de solucionarlas, ya que si solo hacemos juicios de valor, alguien siempre puede respondernos que porque no somos los críticos quienes damos ejemplo y creo que no deja de faltarles algo de razón.

            De todas formas, desde que me impliqué en la hospitalidad a los peregrinos en el camino, siempre he ido únicamente a aquellos albergues en los que la acogida se ofrece a cambio de la generosidad de quienes la reciben con el donativo que aportan para el mantenimiento del albergue. No lo entendería de otra forma ya que la estoy ofreciendo de forma desinteresada.

            Una de las polémicas que suele suscitarse en las reuniones de hospitaleros, es el tema de los donativos que algunos peregrinos dejan, hay casos y situaciones que son siempre repetitivas, pero entra dentro de la condición humana y hay personas que no saben comportarse en su vida diaria y tampoco lo van a hacer en el camino.

            También otra de las polémicas que surge en estas reuniones de hospitaleros, suele ser el comentario de si la hucha que recoge los donativos debe estar muy cerca de la mesa de la recepción para que así quienes reciben la acogida se sientan más obligados a dejar el donativo ya que la presencia del hospitalero puede condicionarles. Otros preferimos que ésta se encuentre lo más lejos posible de donde estamos, preferentemente que no se encuentre a la vista, de esta forma, todos nos sentimos más relajados. La mayoría de los albergues en los que he estado, la hucha de los donativos solía encontrarse fuera de mi vista lo que suponía un alivio y una tranquilidad importante.

            Nunca me ha preocupado el donativo que dejan los peregrinos y el día que suponga una preocupación para mí este hecho, imagino que me cuestionaré si de verdad sirvo para lo que estoy haciendo.

            He tenido la suerte que en la mayoría de los albergues en los que he estado, no me ha tocado llevar las cuentas ni ver la recaudación del día anterior, lo cual prefiero para no pasar por esos malos momentos que algunos de mis colegas han tenido que afrontar.

            En este nuevo camino, iba a encontrarme en uno de los albergues que están casi al principio de la ruta. Los peregrinos que llegaran donde yo me encontraba, todavía llegarían frescos y eufóricos, por lo que pensaba que serían mucho más generosos con los donativos que en aquellos albergues que se encuentran hacia la mitad de la ruta donde ya había estado anteriormente y en los que algunos días no se recaudaba ni tan siquiera para cubrir los gastos que el albergue originaba a diario.

            Pronto me di cuenta que estaba en un error ya que la generosidad de aquellos a los que acogía era más bien escasa ya que superaba por poco los dos euros de media por peregrino.

            La caja que recogía los donativos estaba apartada de la mesa en la que tomaba los datos a los peregrinos que iban llegando. Era una caja de cartón con una tapa que se podía retirar muy fácilmente, no tenía ni candado, ni cerrojo y cualquiera podía abrirla para comprobar lo que había en su interior.

            Algunos días, viendo el escaso éxito de las aportaciones, estuve tentado de quitarla del lugar en el que se encontraba y colocarla sobre la mesa, pero afortunadamente no caí en ese impulso que iría en contra de lo que pensaba y seguramente luego lamentaría, por lo que la dejé en el mismo lugar en el que la encontré y solo de vez en cuando mis ojos se cruzaban con ella y dejaba que fuera mi imaginación la que calculara lo que podía haber en su interior.

            Siempre recogía la recaudación una vez que el último peregrino había abandonado el albergue, entonces la abría encima de la mesa e iba haciendo montones con las diferentes monedas. Los billetes eran más fáciles de contar ya que siempre había muy pocos. Pero el resultado era siempre similar, la media no llegaba a los tres euros y si algún día superaba esta cantidad me sentía algo más contento, pensando que era fruto de mis atenciones y eso permitiría que el albergue se mantuviera abierto un día más.

            Una mañana, sin darme cuenta que una peregrina se encontraba en el baño, pensando que ya habían abandonado todos el albergue, como de costumbre recogí los donativos y después de contarlos los guardé y la peregrina al marcharse dejo su donativo en la caja vacía.

            Imaginé que sería generosa ya que la noche anterior en el patio del albergue había estado tomando copas con otros peregrinos y todo lo que llevaba encima era de calidad y de diseño.

            Tuve curiosidad por ver lo que ésta rezagada había dejado y levanté la tapa de la caja, pero no tenía que haberlo hecho. Allí, solitaria estaba una moneda de veinte céntimos. No me lo podía creer y antes que la peregrina abandonara el albergue la llame y le devolví la moneda. Le dije que su voluntad era grande, por lo que entendía que si no podía dejar más sería porque lo necesitaba para el camino, por lo que era mejor que se quedara ella con aquella limosna ya que quizá le hiciera falta más adelante.

            Esa mañana, como un día me aconsejó un buen amigo, me senté en la puerta del albergue y durante mucho tiempo estuve sacudiendo el felpudo, no el que hay a la entrada del albergue para recoger el barro y el polvo de las botas de los peregrinos, sino el felpudo mental ya que ese día necesitaba más que nunca limpiar la mente de todo lo que me había ocurrido hasta ese momento para poder recibir a los peregrinos que llegaran con la mejor de mis sonrisas.