almeida – 5 de julio de 2015.

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Formaban un grupo que se había ido conociendo a lo largo del Camino, la mayoría venían desde lejos y a pesar que llevaban diferentes ritmos, se habían ido adaptando unos a otros porque se encontraban muy a gusto caminando juntos y cuando uno de ellos llegaba al pueblo donde daban por finalizada la jornada, esperaba a los demás y juntos recorrían el último tramo del camino hasta llegar al albergue donde se registraban todos juntos.

Eran cuatro hombres y tres mujeres, un grupo muy heterogéneo en edades y en comportamientos, pero era uno de esos grupos que se muestran muy homogéneos porque todos tienen algo en común, el camino que están recorriendo y sobre todo, la forma en la que desean hacerlo.

Cuando llegaron los siete, se mostraron especialmente amables al ver que iban a pasar la noche en uno de los albergues que para ellos mantiene la esencia del camino y desde el primer momento se percibía una disposición a todo cuando el hospitalero le estaba explicando y proponiendo.

El hospitalero no pudo por menos que fijarse en una de las integrantes del grupo. Era una mujer de mediana edad pero llamaba la atención porque era muy esbelta y musculosa, además el gracejo con el que decía las cosas, también hacía que sus compañeros de camino disfrutaran con cada una de sus ocurrencias.

No era la primera vez que recorría el camino, era una de esas peregrinas a las que les ha entrado el gusanillo y la magia que se respira en este sendero y en el comportamiento que tenía en cada momento se podía ver que ya estaba acostumbrada a pernoctar en los albergues de peregrinos.

Ellos fueron organizando el turno de las duchas y también dispusieron dónde iba a dormir cada uno por lo que facilitaron la labor del hospitalero que viendo cómo se desenvolvían se despreocupó de ellos y fue a atender a los peregrinos que seguían llegando.

Cuando a la peregrina, le llegó su turno de la ducha, se la escuchaba como disfrutaba mientras el agua iba despojando de su cuerpo las muestras de fatiga que le había producido aquella jornada y de vez en cuando manifestaba su alegría canturreando alguna estrofa de cualquier canción.

Terminó su ducha y fue a colgar la ropa en el tendedero que se encontraba en el patio y el hospitalero no pudo por menos que fijarse en los movimientos que estaba haciendo mirando por todos los rincones del patio como si estuviera buscando alguna cosa o se le hubiera perdido algo, pero como él se encontraba preparando la cena no le dio mayor importancia pensando que si necesitaría algo, no tendría ningún inconveniente en pedirlo porque no parecía de las personas que por prudencia o timidez dejan de hacer alguna cosa que quieren hacer.

Al cabo de un rato, entró en el albergue y se dirigió al hospitalero diciéndole:

—Necesito quemar las malas energías, me puedes decir dónde puedo hacerlo.

El hospitalero se imaginó que lo que la peregrina le estaba pidiendo era un lugar en el que realizar algunas flexiones o ejercicios de estiramiento por lo que le indicó los lugares en los que podía hacerlo y si precisaba de una esterilla para extenderla en el suelo, también podía proporcionársela.

La peregrina le miraba con extrañeza como no comprendiendo lo que le estaba diciendo y según iba escuchando el ofrecimiento que le hacía el hospitalero sus ojos se iban agrandando cada vez más, hasta que le interrumpió un tanto bruscamente.

—¡Que tengo que quemar las bragas, donde puedo hacerlo!

Ahora era el hospitalero el que miraba atónito a la peregrina, en sus muchos años haciendo esa labor, creía haberlo visto todo, aunque siempre queda un espacio para la sorpresa y en esta ocasión, la sorpresa debió llenar todo el espacio que había en su mente para esos menesteres.

La peregrina viendo el efecto que habían causado sus palabras en el hospitalero y sobre todo, comprobando cómo éste se había quedado tan sorprendido que no podía decir nada, le dijo:

—Verás, en el Camino, mientras vamos avanzando desprendemos parte de la energía que llevamos, es la energía buena y positiva que se va quedando en el camino, pero ese espacio lo ocupan algunos espíritus y hay espíritus malos que van introduciéndose en el cuerpo y necesitamos expulsarlos y a las mujeres, sobre todo en mi caso, se quedan en mis bragas, por eso tengo que quemarlas y de esa forma quemo también a los malos espíritus.

El hospitalero seguía alucinando con lo que estaba escuchando, debió ser tal la cara de circunstancias que mostraba que la peregrina le dijo al ver que no reaccionaba:

—No te preocupes, ya busco yo un sitio para hacerlo.

Saliendo de su asombro y pensando que aquella mujer podía realizar su ritual en cualquier lugar inapropiado del albergue, salió enseguida en su búsqueda con un recipiente de barro que le ofreció a la peregrina.

—Aquí puedes hacerlo, así evitaremos que se produzca algún incendio —dijo el hospitalero —y vete a un rincón del albergue donde no haya nada que pueda quemarse.

Presenció aquel ritual tan extraño y se dio cuenta que los que formaban el grupo apenas prestaban atención a lo que la peregrina estaba haciendo porque ya debían estar acostumbrados a sus excentricidades.

Cuando terminó, mostró su mejor sonrisa asegurando que ya se encontraba bien, que ahora sabía que no había nada malo que la pudiera pasar hasta que volviera a sentir de nuevo cómo los malos espíritus la acosaban otra vez.

El hospitalero no se atrevió a preguntar nada, aunque durante días se estuvo imaginando como sería el equipaje que esta peregrina llevaría en su mochila si cada día practicaba algún ritual semejante.