almeida – 28 de octubre de 2014.

Era un 24 de mayo. Podía haber sido cualquier día del año que luego se olvidaría, pero ese día era especial, no porque comenzara mi primer camino, sino porque 23 años antes sentí la sensación de ser padre al ver por primera vez a Rubén en el hospital de Cruces.

Quizás por ello no fuera casualidad que comenzáramos nuestra andadura como peregrinos. Llevábamos planificán­dolo nueve meses y estaba todo controlado, no podía salir nada mal. ¡Qué ilusos éramos en esos momentos!

La confección de la lista con todo lo necesario nos llevó tiempo elaborarla. La revisamos una y mil veces hasta que comprobamos que no echábamos nada en falta.

Cuando fuimos ubicando las cosas en la mochila, tuve que hacerlo varias veces ya que era imposible que todo en­trara en ella. La hacía y deshacía constantemente hasta que logré por fin cerrarla, pero daba la impresión de que en cualquier momento podía estallar, no me atrevía a hacer presión sobre ella por si esto ocurría.

Cuando nos dejaron en Roncesvalles, para que no nos faltara nada, Isabel, la mujer de Carlitos, nos había metido en el coche dos bolsas, una con una docena de manzanas y la otra con la misma cantidad de naranjas.

Cuando la claridad comenzó a penetrar a través de las pequeñas ventanas del albergue, el movimiento de personas y mercancías era ostensible, por lo que decidimos seguir a los demás y, cogiendo todos los bártulos que estaban dise­minados junto a la litera, los fuimos acercando hasta un lugar apartado y más iluminado donde los peregrinos guar­daban todo bien distribuido en sus pequeñas mochilas y se disponían a comenzar la jornada del que quizás fuera, como para nosotros, su primer camino.

Cuando todo resulta novedoso, se ve de diferente mane­ra y procuras fijarte en los mínimos detalles para ir apren­diendo. Veía a la derecha una pareja haciendo un copioso desayuno a base de fruta, yogur, chocolate y una especie de batido que luego supe que eran unos polvos hechos de cartí­lago de tiburón, bueno para las articulaciones y evitar las temidas tendinitis.

Como disponíamos de abundante fruta, comimos una pieza de cada cosa. En ese momento aprendimos que no íbamos a encontrar un bar al lado del albergue donde poder desayunar antes de comenzar a caminar.

De frente, un peregrino se estaba vistiendo con gran meticulosidad. Protegía con pequeños vendajes sus talones y rodillas, un pantalón muy ajustado para evitar rozaduras y protegerse del frío de la mañana. Aún no se había coloca­do la camiseta y lucía un torso musculoso que me recordaba las antiguas tabletas de chocolate que nuestras madres nos daban para merendar. No pude por menos que reparar en la tripa de Carlitos y en la mía y pensar: ¡madre mía!, ¿dón­de nos hemos metido?, ¿qué hacemos nosotros aquí?, ¡va­mos a hacer el ridículo!. Traté de no seguir mirando para no deprimirme, pero era imposible. Por todos los lados veía a los peregrinos haciendo lo que era normal antes de cada etapa, pero que a nosotros inicialmente ni se nos había pasado por nuestra imaginación.

Dos peregrinos trataban de estirar los músculos, esti­raban una pierna en posición horizontal manteniéndola así un buen rato y luego repetían la misma operación con la otra pierna. Cuando habían terminado los ejercicios de forma individual, se ayudaban el uno al otro para hacer las tablas de estiramiento que previamente habían programa­do.

Y nosotros allí con aquellas pintas. Antes de que la mo­ral se nos fuera por los suelos, apremié a Carlitos para que guardara todo en la mochila y saliéramos cuanto antes ya que si seguíamos viendo exhibiciones para las que no está­bamos preparados, era posible que cogiéramos el primer autobús para Pamplona y regresáramos a casa.

—¿Y qué hacemos con la fruta? —me dijo inocentemen­te Carlitos.

—Cuelga una bolsa en la mochila o déjala ahí —le res­pondí un poco malhumorado, ya que los primeros minutos que llevábamos en el camino no tenían nada que ver con lo que habíamos programado durante meses con tanta ilu­sión.

Siempre me había obsesionado con los casi dos millones de pasos que daría antes de llegar a Santiago. Aunque no soy supersticioso, sí había meditado cómo sería mi primer paso en el camino, había soñado en varias ocasiones que al salir del albergue, nada más cruzar su puerta, lo haría con el pie derecho y eso sí que no me podía fallar, estaba muy me­ditado y bien planificado.

Según voy acercándome a la puerta, una gran puerta de dos hojas, de las cuales solo una estaba abierta, dejo que Carlitos salga primero y espero a que no haya ningún peregrino en las inmediaciones para hacerlo yo solo. Cuando me dispongo a salir y dar el primer paso con el pie derecho, la mochila se queda encajada en la puerta. No me puedo mo­ver, trato de soltarme pero es imposible. Debo retroceder otra vez al albergue para quitarme la mochila y sacarla una vez que yo haya salido. En esos momentos de agobio, una vez que estoy fuera, me doy cuenta de que he salido como he podido, no como tenía planificado y tan siquiera sé con qué pie he salido.

Media hora en el camino de un día soñado con gran ilu­sión y las cosas no pueden estar saliendo peor, el futuro se presenta desolador, aunque trato de ver la botella medio llena intentando olvidar este calamitoso comienzo.

Por la derecha de la carretera, vemos las primeras seña­les. Ahora comienza el camino que quiero disfrutarlo con buen ánimo por lo que le voy comentando a Carlitos, como si hubiera sido una broma, el mal rato que hemos pasado y hacemos unas risas de las cómicas situaciones vividas mi­nutos antes.

Según comenzamos a caminar, la bolsa de fruta que hemos colgado en la mochila, con el movimiento, va osci­lando como un péndulo. Ese movimiento empieza a resultar incómodo ya que al llevar algo suelto en la espalda puede llegar a causar importantes molestias según vayan transcu­rriendo las horas.

Cuando llegamos a la Cruz de los Peregrinos, me planto, bajo la mochila al suelo y le digo a Carlitos:

—Así no podemos seguir, si llevamos las bolsas de la fruta lo vamos a lamentar, por lo que guarda en un hueco de la mochila lo que puedas y el resto lo dejamos en la base de la Cruz para que lo aproveche alguien —le comento.

—Es que no me cabe nada —me dice.

—Pues si puedes guardar alguna pieza lo haces y el resto aquí se queda —dije sin dar opción a réplica.

En la base de la Cruz, dejamos casi dos docenas de na­ranjas y manzanas, pero dejamos también algo más, ya que creo que a partir de ese momento dejamos de ser peregri­nos novatos y nos convertimos en veteranos.