almeida – 10 de noviembre de 2014.

En un principio, era una de las etapas más cómodas del camino. Apenas docena y media de kilómetros. Nos serviría para descansar y coger fuerzas para afrontar los duros repe­chos que teníamos por delante los siguientes días.

Al salir de La Mesa, la niebla no nos permitía ver a quie­nes se adelantaban una decena de metros. No sé si lo consi­deré un contratiempo o una bendición. No me iba a permitir contemplar los bellos parajes que se abrían a mi vista pero tampoco me impresionarían los kilómetros que tenía por delante con un desnivel terrorífico ya que en menos de diez kilómetros debíamos descender casi mil metros de altitud.

Planifiqué esta parte del camino para que fuera lo más cómoda posible. Al llegar a la parte más baja, donde se en­cuentra el embalse, habría recorrido más del cincuenta por ciento de la etapa. Haría una larga parada en un bar para desayunar y rellenar la botella que apenas contaba con me­dio litro de agua con el propósito de aligerar en lo posible el peso y afrontar con todas las garantías la segunda parte de la etapa que era en permanente ascenso.

La niebla se fue diluyendo bajo un sol radiante. Cuando me encontraba atravesando el embalse tuve que quitarme la ropa de abrigo, el calor comenzaba a ser sofocante.

La ilusión por reponer fuerzas en el bar que me anunciaba la guía fue una decepción. Enseguida se esfumaron el café con leche y el bocadillo hecho con unas hogazas de pan asturiano añadiendo lo que fuera en medio. El bar se encontraba cerrado y no había ningún indicio que indicara que en breve se pudiera abrir.

Busqué en vano una fuente o un grifo para llenar la botella de agua. Aquello sí que era un contratiempo. Debía reponer con frecuencia los abundantes líquidos que pierdo con la sudoración al caminar, de lo contrario, enseguida aparecería la deshidratación y me entraría una pájara que no me dejaría caminar.

Analicé con calma mi situación. Tenía por delante unos ocho kilómetros y contaba con solo medio litro de agua que es la cantidad que habitualmente suelo beber de un trago cuando tengo sed.

No me quedaba más remedio que racionar el agua. Hice cinco o seis marcas imaginarias en la botella y bebería un sorbo, primero cada dos kilómetros y cuando me quedara la mitad de este segundo tramo bebería un trago cada vez que recorriera un kilómetro.

El sol comenzaba a acercarse a su cenit. Era sofocante. La humedad que había en el ambiente por el agua del embalse y la abundante vegetación sumada al fuerte ascenso hacía que la sudoración fuera más excesiva que en condiciones normales.

Cuando un mojón de la carretera me anuncia que había recorrido los dos primeros kilómetros hice una parada para descansar. Fui saboreando un trago de agua que mantuve durante largo rato en mi boca para que calmara la ansiedad de mis papilas gustativas.

Los siguientes dos kilómetros resultaron mucho más duros. Languidecía ascendiendo una carretera en la que jamás llegaba el mojón de la alegría. Al llegar a un mirador sobre el pantano, sin importarme cuanto quedara para que me hu­biera ganado la siguiente ración de agua, hice una parada aun mayor que la anterior. Me tumbé un buen rato para que todos los músculos de mi cuerpo pudieran descansar, pero era consciente de que sin oxigenar las células, me iba a resul­tar muy difícil no ya terminar sino continuar caminando.

Ahora tenía la posibilidad de ir saciando mi sed cada vez en menor distancia pero la fatiga hacía una mella importan­te. Tardaba en recorrer un kilómetro casi el mismo tiempo que antes empleaba para hacer el doble de distancia.

Algunas pequeñas canalizaciones en las rocas que había junto a la carretera me indicaban el lugar por donde solían finalizar algunos manantiales que ahora se encontraban completamente secos.

Cuando llegué al mojón que me indicaba que estaba en el último kilómetro, decidí continuar algo más de cien metros, donde la carretera se perdía en una curva. Una vez que la hubiera superado seguramente vería el pueblo. Con esa vi­sión mágica bebería el último sorbo que quedaba en la bote­lla. Ya con la vista del pueblo en mi horizonte los pasos no serían tan perezosos.

Al superar la curva, creí ver un espejismo. No sé si llegué a frotarme los ojos pero sí pensé que la deshidratación me estaba afectando al cerebro. Ante mí estaba el paraíso. Iba a entrar en unos minutos en el edén. Accedía a un gran parque con abundante vegetación, bancos y mesas de madera y, en medio, una construcción de piedra y ladrillo en la que había una fuente de manantial con un abundante, constante y permanente agua fresca y cristalina que brotaba de un caño.

Me desprendí de la mochila y me lancé al caño del lí­quido de la vida. No sé cuántos litros pudo absorber mi cuerpo pero no me hubiera importado en esos momentos haber muerto ahogado. Cuando ya no podía tragar más agua me tumbé sobre uno de los bancos quedando sumido en un profundo sueño.

No recuerdo los pensamientos que en mi inconsciencia llegaron a pasar por mi mente. De lo que sí estoy seguro es que en la mayoría de ellos estaba acompañado por Adán y Eva.