• Ayer, viernes 1 de agosto, Tábara vivió una de esas veladas que se graban con tinta imborrable en la memoria colectiva. Los quintos del 45, aquellos nacidos en plena posguerra, se reencontraron para celebrar su ochenta cumpleaños en una cena regada de nostalgia, risas y el cariño de toda una vida compartida, aunque en muchos casos a kilómetros de distancia.

La cita, tan esperada como emotiva, tuvo lugar en la terraza LA ZONA, un rincón conocido y querido del pueblo que supo estar a la altura del evento. Sobre sus mesas, un festín digno de la ocasión: pulpo a feira, foie micuit de pato, croquetas de rabo de toro, y como platos fuertes, presa ibérica con boletus y chuletillas de cordero de la tierra, acompañadas de una ensalada de temporada que puso el broche vegetal a una noche de sabores intensos, como los recuerdos que se fueron entrelazando entre bocado y bocado.

No era solo una cena. Era una celebración de la vida, del paso del tiempo, de las amistades que no entiende de distancias. Muchos de estos hombres y mujeres, nacidos en un Tábara que aún cicatrizaba heridas, partieron años después a diferentes rincones de España en busca de un futuro. Pero nunca olvidaron su raíz, su calle, su infancia con pantalón corto y alpargatas, las tardes de juegos o las fiestas del pueblo que entonces se vivían con toda la inocencia del mundo.

Durante horas, las conversaciones fluyeron como en los viejos tiempos. Se rescataron anécdotas, se evocaron nombres ya ausentes con emoción contenida, y se brindó —más de una vez— por todo lo vivido. Porque a los ochenta, cada año cuenta, pero también cada recuerdo suma.

Hubo lugar para las risas, los abrazos, las fotografías en las que las arrugas no son más que surcos de historias, y sobre todo, para la ilusión de volver a verse. Porque si algo dejó claro esta reunión es que la edad no merma el espíritu cuando hay amistad y pueblo de por medio.

Desde la organización del encuentro, se agradeció profundamente el esfuerzo de cada uno por asistir y por mantener viva esta tradición de reencontrarse. Y en el aire quedó, como promesa compartida, el deseo de una nueva cita, “la próxima vez, con aún más compañeros”.

El reloj corre, pero en noches como la del viernes, parece detenerse. Tábara, una vez más, fue testigo del poder de la memoria, de la amistad y de ese sentimiento inquebrantable que solo se entiende cuando se dice: “soy tabarés, y lo seré siempre”.

PUBLICIDAD Tres sliders con CSS Grid