Esther Cid Romero – 30 de mayo de 2018.

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        Despacio. La marcha avanzaba lentamente, casi al ritmo de las procesiones de Semana Santa. Todos juntos, en bloque. Necesitamos la proximidad del otro, su contacto, el susurro de su voz confesando lo mismo que piensa el que camina al lado.

Encabezando el paso van aquellos a los que les han arrebatado lo más querido. El violento cincel ha marcado los cuerpos con la furia de su impacto. La expresión de los rostros refleja los días de llanto, de pena, de insomnio. El maestro imaginero puso en ellos todo su empeño. Los ojos encarnados, casi vidriados, miradas al infinito, aún incrédulas. Apenas les quedan lágrimas. El alma, hecha jirones, se revela en memoria de la hija, de la hermana, de la novia, de la amiga… Reclama justicia para ella.

                La ciudad entera enmudece ante el caminar pausado de esta trágica escultura viviente. Respeto absoluto de Zamora por dolor de esta familia. Les veo abrazarse, sujetándose unos a otros cuando las fuerza fallan. Personas cercanas a las que han cercenado la alegría, la ilusión, el futuro. Corazones sangrantes para los que es difícil encontrar palabras de consuelo. Sé que les ha costado tomar esta decisión. Venir hasta aquí; encontrarse con muchos de sus amigos, de sus compañeros de trabajo; ver cientos de fotos suyas en camisetas y pancartas y en cada una de ellas mil recuerdos. Pero están aquí. Están aquí por ella y por las que fueron antes que ella. Para que no haya ninguna más.     

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          Las campanas de Santiago del Burgo se unen al homenaje, rompiendo el silencio que nos ha acompañado desde el principio. El sonido metálico me sobrecoge y mientras llama al Ángelus no puedo evitar pensar: ¿Existen los milagros?

¿Puede un chaval de 16 años “criado” a base de fusta y palo, para quien el colegio era sólo el nombre de un edificio, dejarse educar por los profesionales del centro de menores?

¿Puede un chaval de 16 años que ha dado muestras reiteradas de ser una bomba de relojería, ser desactivado después de haber explotado ya?

¿Puede un chaval de 16 años, que tristemente nos ha mostrado la brutalidad de la que es capaz, reconvertirse en adulto pacífico en los escasos años que pasará privado de libertad?

¿Puede un asesino de 16 años, que mata con violencia extrema, intenta ocultar su acto, miente a la policía y con absoluta frialdad participa en las tareas de búsqueda, reinsertarse en apenas un lustro?

Hay quien opina que sí.

Bien, espero que tengan razón. El tiempo dirá. Pero si eso sucede y los milagros existen, yo quiero pedir uno: Volver a ver a Lety decorando, con el mismo cariño de siempre, las carrozas de los Reyes Magos de su pueblo.

                Esther Cid Romero

                29 de mayo de 2018