almeida – 29 de octubre de 2015.

Hay expresiones y determinadas palabras que se quedan en el subconsciente y jamás desaparecen, parece que el disco duro del cerebro las ha almacenado en ese lugar que únicamente se encuentra destinado para acoger ciertos recuerdos.

            Recuerdo con nostalgia, cuando al calor que en los meses de invierno proporcionaban las brasas de la lumbre y en el escaño de la casa, me sentaba a escuchar las historias de los mayores, esas aventuras que seguramente las había escuchado cientos de veces pero que siempre sonaban de una forma diferente, seguramente porque quien las contaba no recordaba haberlo hecho antes ya su antojo cambiaba alguna parte de la historia.

            Las escuchaba casi siempre en silencio, pero en ocasiones, no perdía la oportunidad de hacer algún comentario y ya se sabe, los críos, a veces no piensan lo que su imaginación va fabricando y en un momento inesperado pueden llegar a decir el mayor de los disparates que nada tiene que ver con la historia o con su contenido.

            -¡Que sabrás tu mostrenco! –era una de las frecuentes palabras que los mayores solían utilizar en esas ocasiones para que les dejara seguir contando lo que detallaban con tanto interés.

            Por descontado que aquella palabra carecía de significado para mi, pero generalmente la solía escuchar cuando decía alguna burrada o cuando alguna mala acción me precedía, pero daba lo mismo que yo conociera o no su significado, estaba convencido que trataba de definirme en esos momentos que no hacia o decía algo que era incorrecto.

            Con el paso del tiempo, deje de escuchar esta palabra, porque tampoco había una lumbre alrededor de la que sentarse ni un escaño de madera en el que poder hacerlo y fue quedándose en el olvido, en ese olvido que no llega a desaparecer del todo, porque la memoria a veces nos sorprende con la cantidad de cosas que tiene guardadas.

            Más de medio siglo después he vuelto de nuevo a escucharla, en esta ocasión de labios de un hombre muy anciano, uno de esos centenarios que ya lo han visto todo en la vida y esperan pacientemente el momento en el que puedan reunirse con todos aquellos que le han precedido.

            He de confesar que cuando la escuche de nuevo, no me sorprendió en boca de una persona que tiene la sabiduría de la vida, pero había llegado a pensar que era una expresión de unos pocos y que no era algo con un significado determinado por lo que fui al diccionario y confirmé que era una de esas palabras que la Real Academia de la Lengua tiene registrada y su significado era el que yo siempre había creído que debía tener.

            Reconozco que ya los tiempos van cambiando, las personas con las que habitualmente nos movemos también y algunas palabras no tendrían significado alguno y además serían incomprensibles para nuestros interlocutores.

            Pero considero que es una palabra bonita y he tratado de recuperarla en mi lenguaje coloquial, aunque en la labor que hago con los peregrinos es muy difícil poder hacerlo porque ninguno llegaría a comprenderla y entre los que llegan al albergue, consideraba que estaba fuera de lugar porque siempre he pensado que los peregrinos, en casi un cien por cien, son personas estupendas que van mostrando en el camino lo mejor que cada uno de ellos tiene.

            Después de casi dos años en el albergue, manteniéndolo abierto los 365 días del año, al llegar esos días en los que los peregrinos comienzan a ser esporádicos, un día que no llegó nadie al albergue, consideré que era el momento oportuno para hacer una limpieza en profundidad, de esas en las que eliminas casi hasta los pensamientos que alguno haya podido dejar en las instalaciones.

            Una labor de este tipo, cuesta decidirse a hacerla porque pones patas arriba todo el albergue desmontando la parte en la que los peregrinos se instalan, pero llega ese momento que crees conveniente afrontarla pensando en ellos, en esa higiene necesaria que tiene que tener un espacio por el que pasan casi dos mil personas al año.

            Decidí que era el momento, ese día que me encontraba solo y no llegó nadie, fue cuando tomé la decisión, pero siempre con la incógnita de que va a pasar los siguientes días, porque el camino es imprevisible y un día no hay nadie y al día siguiente se te presentan una docena de peregrinos, pero la decisión estaba tomada.

            Lo comenté a la institución responsable última del albergue y se lo notifiqué a los tres albergues anteriores para que se lo transmitieran a los peregrinos y me puse manos a la obra.

            Era preciso desmontarlo todo; colchones, literas, fundas de colchones y de almohadas, cubre colchones, en definitiva, poner el cuarto de los peregrinos patas arriba y mientras con la vaporetta iba aplicando un calor que ningún insecto puede resistir, en la lavadora iba lavando lo que se podía a altas temperaturas para que eliminara todo ser viviente invisible que pudiera alojarse en ellas.

            Reconozco que es uno de esos días que no deseas que lleguen, pero no queda más remedio, porque ante todo, está la responsabilidad de tener en condiciones el lugar donde van a dormir los peregrinos.

            Cuando ya todo estaba listo para dejar que el viento lo fuera secando, creí que había llegado el momento del descanso, un merecido descanso después del ingrato y duro trabajo realizado durante toda la mañana y buena parte de la tarde.

            Como había advertido a los albergues anteriores  que las instalaciones permanecerían cerradas y también había puesto un gran cartel en el albergue, estaba convencido que nadie se acercaría hasta allí porque sabrían que no podían alojarse.

            Pero siempre hay que esperar lo inesperado y cuando más a gusto me encontraba en un merecido sueño, sentí como aporreaban la puerta del cuarto en el que me encontraba.

            Salí para ver qué era lo que no habían entendido de la información facilitada y vi que no habían comprendido nada o seguramente no querían comprender nada. Primero se molestaron porque no hablaba su idioma. Traté de explicarles que por su interés había procedido a hacer una limpieza en condiciones en las instalaciones, pero ellos no estaban para recibir explicaciones. Entonces les invite a que entraran y vieran las condiciones en las que se encontraba el cuarto con todo patas arriba, pero ellos insistían en que les acondicionara un espacio para dormir, a pesar que les explicaba que era imposible porque se iba a complementar la limpieza expandiendo un desinfectante que eliminara cualquier insecto que se hubiera evadido de la acción del vapor y que las medidas que se estaban tomando eran únicamente por el bien de los peregrinos.

            Me di cuenta que a las personas no las separan las diferentes lenguas sino la voluntad de muchos de no querer entenderse porque el día anterior estuvo un compatriota de estos peregrinos y a pesar de no hablar ni una sola palabra en mi idioma, no hubo en todo el día ningún problema para poder comprendernos.

            Malhumorados y sobre todo echando toda clase de exabruptos se alejaron por donde habían venido, no sin alterar alguno de los elementos del albergue como una coz que debió dar uno de ellos al cartel que anunciaba el albergue, que pude ver más tarde casi en el suelo.

            Me di cuenta que a veces el camino se hace tan enorme, que todo tipo de personas pueden estar sobre él, aunque no sean merecedores de seguir los pasos que otros, la mayoría han ido dejando porque con actitudes y comportamientos como el descrito, lo único que hacen es mancillar la senda que están recorriendo.

            A pesar de las explicaciones que de forma amable se les fueron dando mientras trataba que comprendieran que era imposible que pudieran pasar allí la noche, mi sorpresa fue todavía mayor cuando unas horas más tarde se personó la guardia civil en el albergue porque habían presentado una queja por un comportamiento hacia ellos inadecuado y carente de educación.

            Los agentes pudieron ver que el estado de las instalaciones no era el apropiado para pasar en él una noche de descanso y entiendo que comprendieron cuál era la parte que estaba mintiendo.

            Lo más lamentable es que no se trata de un caso aislado aunque es la primera vez que lo presencio personalmente, pero ahora comprendo esas reiteradas quejas de algunos hospitaleros que están sufriendo estos inapropiados comportamientos un día si y otro también. Qué lejos van quedando esos tiempos, aunque solo hayan pasado unos años, en los que el Camino se encontraba lleno de peregrinos que buscaban sentir esa magia que siempre ha caracterizado esta ruta.

            Las modas no entienden de gratitudes, solo buscan satisfacer las necesidades personales de cada uno y la exigencia cada vez impera más en una ruta en la que siempre se agradecía cada gesto o los pequeños detalles que se daban con el corazón y se convertían en ese mismo instante en cosas grandes e importantes.

            No sé por qué después de tanto tiempo, me vino esa bonita palabra de nuevo a la primera línea de la mente, pero seguro que tuvo algo que ver con las sensaciones que tuve a lo largo de ese día y sobre todo con quienes las provocaron.