almeida – 3 de septiembrede 2015.

Aquellas navidades Marga necesitaba desconectar de todo y de todos y pensó que la mejor forma en la que podía hacerlo era recorriendo el Camino,

era una de las cosas que tenía pendientes y en esas fechas muy pocos pensarían como ella y encontraría esa soledad que tanto buscaba y tan necesaria para pensar.

            Los días eran especialmente fríos, las heladas que caían por las mañanas, dejaban todo el campo con un manto blanco que en muchas ocasiones no desaparecía durante todo el día.

            Los caminos se encontraban desiertos y solitarios y en los campos de cultivo todo parecía muerto, se había secado por el frío que llegaba a congelar la savia de todas las plantas y en algunos casos hasta la tierra helada congelaba las raíces.

            Cuando llegaba a los pueblos, se encontraba el mismo panorama, no veía ni un alma en las calles y todas las casas permanecían cerradas a cal y canto como si las viviendas se encontraran abandonadas, únicamente el humo que salía de algunas chimeneas hacia imaginar que en su interior vivía alguien, pero nadie abandonaba el calor de sus casas.

            Como había imaginado no se encontró a nadie en los días que estuvo caminando, ni tan siquiera en los albergues coincidió con algún peregrino lo que hizo que en varios momentos llegara a replantearse si no estaba haciendo una de esas locuras de las que más tarde se arrepentiría.

            Pero su mente estaba preparada para afrontar aquellas adversidades y bien arropada afrontaba por la mañana cada jornada esperando ver si en una de ellas podía intercambiar con alguien las sensaciones que estaba teniendo.

            Hasta que se fue acostumbrando, algunas mañanas llegó a pensar que el gélido aire que penetraba por su tráquea se congelaba en los pulmones porque lo sentía según se iba introduciendo en su cuerpo como si fuera un puñal que la iba desgarrando por dentro.

            En esas condiciones tan extremas, hubo algún momento de alegría cuando en su camino se cruzaba algún pequeño animal en busca de su comida o los pájaros que desde el calor de sus nidos emitían algunos trinos como si la saludaran al pasar.

            Algunos días, las distancias que tuvo que recorrer parecía que no se iban a terminar nunca porque la mayoría de los albergues para peregrinos estaban cerrados y eso la obligaba a hacer un sobreesfuerzo importante llegando en ocasiones cuando ya había anochecido.

            Cuando se acercaban los días de navidad, se encontraba caminando en plena meseta y aunque para ella la festividad que muchos celebran en el calor de la familia, carecía de significado especial, esperaba que esos días pudiera encontrarse a alguien para no estar sola en los fríos albergues.

            Cuando llegó a una de las poblaciones tradicionales del camino y localizó el albergue, trató de buscar algún lugar en el que poder comprar algo para cenar, era nochebuena y ese día pensaba preparar algo especial, pero se encontró cerrada la tienda que había en el pueblo y el bar estaba también a punto de cerrar para ir a la reunión familiar que iban a tener esa noche.

            Compró en el bar una barrita energética que era lo único comestible que vio y una lata de refresco, esa iba a ser la cena diferente que esa noche esperaba con ella homenajearse.

            Cuando se disponía a cenar, escuchó en el exterior del albergue que abrían la puerta y se sobresaltó porque no esperaba a nadie y vio como por la puerta accedían al interior dos peregrinos que estaban haciendo también el camino pero estos lo estaban recorriendo en bicicleta.

            Cuando se hicieron las presentaciones uno de ellos dijo que después de ducharse compartirían lo que tenían para cenar y esa noche cenarían los tres juntos. Aquel cambio animó de una forma especial a Marga porque lo que pensaba que iba a ser una fría noche en el camino se había animado con la llegada de aquellos dos peregrinos.

            Marga puso sobre la mesa lo que había adquirido en el bar ante el asombro de uno de los peregrinos que no pudo por menos que exclamar:

            -Mecagüen, pero que mariconada vas a comer.

            Ella encogiéndose de hombros quiso con aquel gesto decirle que no había encontrado nada mejor pero apenas le dio tiempo porque el peregrino sacó de una de sus alforjas un buen pedazo de chorizo, otro de queso y uno grande de turrón casero y con la navaja fue haciendo trozos de todo que extendió sobre la mesa.

            En ese momento el peregrino recibió una llamada en su móvil, era de su hermano que quería felicitarle las fiestas y de paso saber cómo se encontraba.

            -Espera que estamos con una peregrina muy majica y voy a sacar una foto y te la mando para que veas como celebramos la nochebuena.

            Miró la cámara tratando de ver por donde tenía que disparar porque era la primera vez que utilizaba aquella modernidad y le daba vueltas por todos los lados hasta que ofreciéndosela a la peregrina le dijo.

            -Mira a ver si tú la entiendes porque veo las caras en el cuadro pero tienen cortadas las cabezas y no sé porqué me da que eso no es así.

            -¿Tu eres maño? –preguntó Marga.

            -Mecagüen – dijo él –¿en que lo has notado?

            Los tres se rieron a carcajadas y disfrutaron de una de esas noches que difícilmente se les iba a olvidar en mucho tiempo.