almeida – 17 de enero de 2016.

            Siempre he concebido la peregrinación como ese viaje iniciático que hacemos alguna vez y nos desplazamos caminando con todo el esfuerzo que esto representa, desde nuestro lugar de origen hasta esa meta que representa nuestro objetivo, generalmente un sitio emblemático en el que vamos a expresar a los restos que allí se encuentran nuestro respeto y nuestra gratitud porque ha sido posible que hayamos podido conseguir lo que para todos representa un gran esfuerzo.

            Cuando realicé mi primera peregrinación por el camino de las estrellas lo hice caminando, como lo habían hecho la mayoría de los antiguos peregrinos que llenaron de magia este camino y también como lo hacen gran parte de quienes lo recorren en la actualidad. Con frecuencia nos sobrepasaban algunos peregrinos diferentes, algunos los llaman bicigrinos pero no dejan de ser peregrinos que hacen de una forma diferente su peregrinación.

            Cada vez que me superaban, pensaba lo afortunado que era por hacer mi peregrinación caminando, por el esfuerzo que debía realizar ya que cuando caminas, aunque las subidas se hacen con dificultad, también en los descensos tienes que hacer un esfuerzo importante y este no desaparece cuando el terreno es más llano.

            En cambio, quienes recorren el camino sobre dos ruedas, realizan un esfuerzo quizá mayor en las subidas, pero cuando no hay ningún obstáculo por delante, este es mínimo y en las bajadas, el esfuerzo es nulo ya que solo debes controlar que la maquina sobre la que te desplaces no se salga del camino.

            Cuando he tratado de comprender a las personas que hacían el camino de una forma diferente de la que lo hacía yo, trataba siempre de comprenderlos. A pesar de los argumentos que me daban, nunca llegaron a convencerme de que me replanteara mi forma de peregrinar, ya que la perspectiva con la que se ven las cosas cuando vas caminando, es imposible tenerla si lo haces a más velocidad o tienes que ir pendiente de otras cosas que no forman parte de ese encanto que desprende el camino. No obstante, traté de respetar siempre la forma que cada uno tenía de sentir su peregrinación.

            Hubo un momento que llegué a cambiar de opinión, no en cuanto a la forma de realizar la peregrinación, sino en comprender a todos los que la hacían, fuera de la forma que fuese.

            Cuando me presenté a hacer el cursillo de hospitalero voluntario para saber cómo recibir a los peregrinos que acudían al albergue en el que me encontraba, una de las cosas en las que los monitores insistieron mucho, fue en hacernos comprender el esfuerzo que realizaban los ciclistas que van peregrinando a Santiago, ya que deben hacer etapas muy largas y se pasan muchas horas subidos en sus máquinas. Al final acabé asumiendo que todos los que íbamos a Santiago teníamos los mismos derechos cuando llegábamos al albergue ya que es difícil medir el esfuerzo que cada uno realiza a lo largo de una dura jornada.

            Se dice que el tiempo nos hace ver las cosas de forma diferente, la perspectiva que nos da el paso del tiempo hace que antes de emitir un juicio apliquemos todas las variables que la experiencia nos ha ido enseñando a observar.

            Creo que en mi caso, el paso del tiempo no ha hecho sino radicalizarme en mis convicciones iniciales y cada vez creo que me estoy volviendo más crítico con quienes peregrinan de una manera en la que no fue concebida esta forma de desplazamiento de las masas.

            Después de diez años, la última vez que estuve recorriendo el camino, hubo numerosos momentos en los que pensé que los bicigrinos me expulsaban del camino hasta que opté por no hacer ningún caso de ellos e ignorarlos, incluso cuando me apremiaban para que me apartara de su itinerario, no deseaba que me ocurriera como a una peregrina mayor a la que en un sendero la echaron literalmente del mismo haciendo que se cayera al tratar de apartarse y verse vencida por el peso de su mochila.

            Cuando caminamos por un sendero ancho, no hay mayor problema ya que hay espacio suficiente para que varias personas vayan por él, de todas formas se siente algo de miedo sobre todo cuando vas por un terreno que tiene algo de desnivel y sientes cómo el zumbido de las ruedas se acerca a gran velocidad por uno de tus lados y según te supera solo percibes algo del aire que desplazan cuando te dejan atrás. En esos momentos solo piensas en hacer un gesto involuntario extendiendo la mano en la que llevas el bordón y ver si por casualidad éste se introduce entre los radios y frena la máquina de forma instantánea dando con los dientes del veloz bicigrino en el polvo y las piedras del camino. Pero no deja de ser un pensamiento, los peregrinos generalmente somos buenas personas y aunque podemos pensar cosas así no las hacemos y si alguna vez ocurren seguro que será de forma accidental e involuntaria.

            Analizando este fenómeno que cada vez es más habitual, unos dicen que es por falta de tiempo, otros porque así hacen ejercicio y el resto porque aman este deporte. Para mí son como la comida basura, que en lugar de consumir un plato que requiere su tiempo de lenta cocción, buscan una forma que les permita cubrir un objetivo por la vía más rápida. De esta forma, he llegado a considerar varios tipos de bicigrinos y aunque puede haber más, los he ido clasificando en cuatro categorías, sobre todo en esos tramos en los que el camino se estrecha y a duras penas solo deja pasar por él a una persona.

            En la primera categoría colocaría a los bicigrinos considerados, que son esos que cuando te ven, unos metros antes de llegar a tu altura gritan: ¡permiso!, con la intención que te apartes del estrecho sendero, te subas a un barranco o te metas entre los arbustos para dejarles la vía libre para que ellos puedan seguir sin alterar su ritmo.

            También están los indiferentes, son los que en la misma situación se olvidan de toda consideración y simplemente gritan: ¡paso!, para que les dejes expedita esa vía de la que ellos parecen los dueños absolutos.

            Luego están los cagaprisas, estos generalmente suelen surgir en las bajadas o a primeras horas de la mañana cuando se encuentran fuertes y han puesto los platos de la bici de tal forma que cada vez que dan una pedalada avancen un número muy considerable de metros. Éstos se limitan a gritar a pleno pulmón: ¡voyyyy!, ya solo el grito hace que te asustes y des un salto de forma inconsciente sin tener en cuenta donde te va a dejar el impulso que acabas de dar a tu cuerpo, aunque no deje de sorprenderte de dónde has podido sacar fuerzas para ese salto que acabas de dar cuando ya creías que habías perdido todas las fuerzas que llevabas.

            Por último, estarían los que podíamos agrupar en el grupo de los maleducados. Son esos que en el momento que vas observando la naturaleza y tratas de agudizar todos tus sentidos para escuchar el piar de los pájaros que hay junto al camino o te entusiasmas con el murmullo que produce el agua en el rápido de un río, o cuando entra por tu nariz ese aroma que solo sabe producir el campo y las plantas que crecen en él o cuando contemplas un paisaje que te hace comprender la grandiosidad de la naturaleza. Entonces un tintineo metálico: ¡ring, ring, ring, ring!, hace que se evapore todo lo que los sentidos habían conseguido captar y vuelvas a la realidad, es cuando te das cuenta que estás en el camino y llevas detrás de ti a un maleducado que como va a otro ritmo y en otra onda no podrá comprender todo lo que estaba pasando por tus sentidos unos momentos antes.

            Ahora que me considero con la suficiente experiencia para saber cuál es mi sitio en cada momento, he tomado la firme determinación que cuando me encuentre peregrinando en el camino, el lugar por el que van desplazándose mis pies, me pertenece únicamente a mí y lo defenderé con uñas y dientes ante quien trate de arrebatármelo ya que ese palmo del terreno es mío, solamente mío y de nadie más a no ser que yo quiera compartirlo.