Seguramente, es la pregunta que más veces se hacen a lo largo del día miles de zamoranos, que sienten sus tañidos una media de 3,96 veces cada día, cuando en los campanarios de cualquiera de las iglesias de alguno de los muchos pueblos de la provincia, comienzan ese monótono repique a difuntos

Nos encontramos en la provincia que tiene el triste record de ser la que cuenta con un menor crecimiento vegetativo de toda España. Con tan solo 410 nacimientos cada año, vemos que la población no se consigue regenerar, porque fallecen anualmente 1.448 personas, lo que nos lleva a la triste realidad, de que si no se pone remedio urgente y se revierte la situación, en pocos años veremos cómo la agonía de la población se va incrementando y si alguien no articula medidas que lo solucionen, nos encontraremos con una provincia muerta.

Son solo números de una fría estadística que constata una realidad terrible en la que vemos cómo cada año se nos marchan un 8,29% de las almas que habitan en estos pueblos que se acabarán quedando como un desierto demográfico, en esa frialdad que arrojan los datos que cada año la estadística va reflejando.

Pero, ¿Por qué hemos llegado a esta situación tan lamentable y desesperada?, sin duda, habrá muchos estudios en los despachos de nuestros dirigentes, que analicen profundamente cómo se llega a esta situación, pero echamos en falta el coraje de aquellos que tienen la responsabilidad y la capacidad de poder revertirla. Que se pongan a trabajar, que lo solucionen cuanto antes y si se sienten incompetentes para hacerlo, que se vayan y dejen paso a quienes por lo menos sueñan con intentarlo, porque todo problema cuenta siempre con una solución, la cuestión es únicamente, encontrar a la persona o personas que puedan solucionarlo, o al menos se dejen el alma en el intento, porque les va mucho en ello, aunque solo sea la dignidad de intentarlo.

Que Zamora se encuentre en esta situación, tiene sus responsables, que no son otros que los que asumieron la competencia de ofrecernos un futuro mejor y no lo han hecho, no han querido cumplir el contrato que en su momento firmaron con el pueblo al que pidieron su confianza y en estos casos, cuando no se sabe o no se tiene la capacidad de hacerlo, lo que dice el sentido común, es que no valen para esto y lo mas honorable es admitirlo y dejar paso a otros.

En las últimas décadas, hemos ido comprobando cómo los que un día hicieron mil promesas, las han ido incumpliendo una tras otra y en lugar de buscar el bienestar del pueblo al que aseguraban representar, solo se han preocupado de medrar en su propio beneficio, posicionarse en un estatus de privilegio en el que se sienten intocables y a costa de su propio enriquecimiento han ido permitiendo que la población se fuera empobreciendo un poco más cada año que pasaba.

No sienten ese amor por su tierra que tanto han pregonado, tampoco sienten esas raíces que nos ligan a los valores que tenemos, porque se han limitado a dilapidar el patrimonio que en su día se les confió y por supuesto, carecen de esa dignidad de quien comprueba no valer para algo y se marcha, porque siguen permitiendo que cada año seamos la triste realidad que las estadísticas nos van diciendo.

Nuestros valores no se merecen esto, no podemos continuar como estamos y menos asumir el triste destino que nos espera. Es hora que nuestro destino seamos nosotros los que lo decidamos, porque la fuerza se encuentra en nosotros mismos, que debemos creernos de lo que somos capaces.

Zamora nunca se doblegó ante la insidia y la injusticia, ese gen que se va transmitiendo de una generación a otra, necesariamente ha tenido que aportarnos algo de aquella rabia que un día sintió el guerrero lusitano o la indignación de ese pueblo que se rebeló en un motín por una sencilla trucha que representaba mucho, ya va siendo hora que dejemos de asumir en silencio nuestro destino y luchemos por el que nos merecemos y para eso, es necesario dar un paso al frente, porque si nuestro futuro lo dejamos en manos de otros, ya sabemos lo que nos espera.