almeida – 07de abril de 2016.

03 albergue de tabara

            La libertad que siente el peregrino cuando recorre el camino es una sensación que en muy pocos lugares se puede experimentar como cuando se está en contacto con la naturaleza sin otra preocupación,

cada día, que seguir avanzando hasta conseguir llegar a la meta que suele ser el final de la peregrinación.

            Siempre he añorado esta libertad que encontraba en el camino, por eso cada vez que me disponía a hacer un nuevo camino, los días anteriores me encontraba inquieto pero era porque los días que faltaban para mi salida, según se iba acercando el día, se me hacían cada vez más largos y me daba la impresión que no iba a llegar nunca.

            Cuando por diversos problemas físicos tuve que descartar volver a hacer grandes distancias, el camino se había metido tanto dentro de mí que los años que pasé sin sentir su contacto fueron diferentes. Durante las vacaciones no llegaba nunca a descansar porque en mi mente solo estaba el camino y la sensación de compartir experiencias con los demás peregrinos que lo estaban recorriendo.

            La única forma de volver a sentir esas sensaciones que no quería que se perdieran, era hacerme hospitalero. En los albergues, volvería a vivir esas experiencias que hacían que el agarrotamiento que tenía en mi estómago se fuera relajando. Pero el gran problema que veía a esta nueva idea era la pérdida de esa sensación de libertad que tenía cada vez que estaba en el camino.

            Solo había una forma de no perder esa libertad y era ir a esos lugares en los que el hospitalero está porque le da la gana, porque quiere dedicar sus días libres a los demás, pero sin que haya ningún interés económico de por medio y eso solo se consigue en los albergues de donativo.

            El hecho de tener que sufragar todos tus gastos (desplazamiento, comida,…) mientras trabajas como hospitalero, proporciona esa libertad del que actúa haciendo lo que le gusta y lo que hace es porque disfruta con ello.

            Siempre me ha gustado ir a estos albergues que se sustentan con la aportación que hacen los peregrinos y no a aquellos que nada más ponerte el sello en la credencial lo siguiente que te dicen antes de asignarte la litera es el importe que debes abonar por tu estancia en aquel lugar.

            También los peregrinos que van a estos albergues suelen ser diferentes, entienden la hospitalidad de otra forma, aunque cada vez hay más variedad de peregrinos que solo buscan ese lugar en el que no van a pagar nada y tampoco dejan su donativo, prefieren dedicarlo a otros menesteres como puede ser tomar unas copas o simplemente para que sus vacaciones sean más baratas, hay de todo en el camino.

            El comportamiento de los peregrinos suele ser exquisito, saben que quienes estamos en estos lugares lo hacemos porque nos gusta el camino, porque somos ante todo peregrinos y sobre todo porque disfrutamos con lo que estamos haciendo, por eso siempre colaboran en todo lo que pueden y las despedidas son más sentidas que en otros lugares en los que se han detenido anteriormente.

            Pero cuando hay algún peregrino que destaca sobre el resto y resulta impertinente o descarado y trata de hacer lo que quiere, siempre tengo esa libertad para recriminar su actitud y llamarle la atención por su comportamiento, porque yo estoy allí porque me da la gana; limpio el albergue para que esté en condiciones cuando ellos llegan, porque me da la gana; les recibo con una sonrisa y con un vaso de agua, porque me da la gana; escucho sus alegrías y comparto sus penas, porque me da la gana y si hay alguien que no sabe comportarse, no tengo ningún rubor en reprenderle y lo hago porque me da la gana.

            De esta forma, también en los albergues sigo teniendo esa libertad que siempre me ha dado el camino.