almeida –17 de marzo de 2015.

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                Margarita, era una mujer feliz, toda su vida lo había sido, pero ahora vivía su felicidad de una forma muy intensa y diferente ya que había descubierto nuevos alicientes que la ayudaban a ver el futuro de otra manera.

                Ya desde la niñez, se había encontrado siempre protegida por sus padres pero con esa libertad que la permitía hacer cosas que para otras personas les estaban vedadas.

                Sus padres eran dos personas muy progresistas, en una sociedad eminentemente machista, desde que tuvieron la noticia de la llegada de una hija, se habían propuesto que ésta fuera autosuficiente en cualquiera de las facetas de la vida que quisiera realizar, por eso contó con una educación muy concienzuda en la que primaba la libertad de las acciones que se propusiera realizar y aunque se equivocara, siempre contaba con el apoyo paterno, sobre todo cuando el error se convertía en esa lección que la permitiría no volver a repetirlo.

                Aunque ella no se daba cuenta por su visiones, según fue haciéndose mayor, comenzó a comprender la diferencia de la educación que estaba recibiendo tan diferente a la de sus amigas de la infancia, las cuales estaban sobreprotegidas y no eran tan decididas como ella que siempre destacaba en cada cosa que hacía.

                Se percató de lo parecidos que eran sus progenitores, aunque había algo que les diferenciaba de una forma muy ostensible. Mientras su madre era una mujer piadosa para la que la religión era lo más importante en la vida, su padre era un agnóstico convencido. Según se enteró Margarita cuando tenía edad suficiente para comprender las cosas, fue el único impedimento que tuvieron cuando decidieron casarse, ya que su padre bajo ningún concepto quería que la ceremonia se celebrara por el rito religioso y su madre y la familia de ella, si no había una boda como Dios manda, no daban su autorización a la misma.

                Este hecho, estuvo a punto de romper una relación que parecía muy prometedora y durante un tiempo dejaron de verse ya que ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder en aquel tema que para los dos era algo más que una cuestión de honor.

                El amor que se tenían terminó prevaleciendo sobre los fuertes prejuicios a hacer algo que iba en contra de sus conciencias y fue su padre quien, temiendo perderla, dio su brazo a torcer y terminó pasando por la vicaría para formalizar ante los ojos de Dios y de la familia materna aquella unión.

                A pesar de estas diferencias que todavía eran perceptibles, ninguno de sus progenitores trató de inculcar en su hija estas creencias, consideraron que era ella la que tenía que decantarse en un futuro y dejaron que fuera el tiempo y los círculos en los que su hija se desenvolvía los que actuaran.

                Quizá fuera por eso, cuando a Margarita le plantearon hacer el Camino de Santiago, como ya se encontraba viviendo su vida con su propia familia, decidió no decirles nada a sus padres, eran unas vacaciones más y estaría fuera quince días, seguramente a su regreso compartiría con sus padres lo que había hecho, pero pensó que era mejor no hacerlo antes.

                Desde el primer momento que Margarita puso los pies en el camino, surgió una transformación desconocida en ella, disfrutaba de cada cosa que veía y cada instante en el camino lo vivía de una manera muy especial. Estaba convencida que ese no sería su último camino, se había sentido embrujada por la magia que se respiraba en aquella ruta milenaria y repetiría cada año ya que fueron unas vacaciones tan diferentes que nunca había disfrutado tanto.

                Como la experiencia había resultado tan positiva, cuando volvió a su casa, invitó a cenar a sus padres y les dijo lo que había hecho, fue detallándole cada uno de los momentos que había pasado en el camino y todo lo que éste le había aportado, sentía que había cambiado su vida.

                Esperaba que su padre le hiciera alguna observación a lo que estaba exponiendo, sin embargo éste no dijo nada, únicamente fue su madre la que cuando termino, le comento:

                -Estabas predestinada y era algo que de una forma u otra, tenía que ocurrir.

                -¡No comprendo lo que quieres decir! –comentó Margarita.

                -Veras, -dijo su madre, mientras tomaba la mano de su marido –nunca te hemos hablado de ello, pero hay situaciones en la vida en las que necesitamos creer en algo y cuando lo haces con fervor, es posible que intercedas ante el destino para que actúe de forma inesperada.

                Cuando eras muy pequeña, apenas contabas con un año de edad, caíste muy enferma, los médicos no sabían lo que te pasaba, unos hablaban de un virus, otros de una infección, el caso es que hubo un momento en el que habían perdido la confianza en que salieras adelante y así nos lo comunicaron, nos fueron preparando para ese fatídico desenlace que esperaba se produjera de un momento a otro.

                Nos sentíamos impotentes ya que no podíamos hacer nada y en uno de los momentos que me sustituyeron para que saliera a dar un paseo para despejarme, cuando pasaba junto a una iglesia, algo me decía que tenía que entrar en ella, no sé cómo explicarlo ya que tampoco era mi intención, pero una fuerza invisible me empujaba hacia el interior.

                Era una iglesia dedicada a Santiago que había al lado de nuestra casa y cuando accedí al interior, no me podía creer lo que estaba viendo, allí se encontraba tu padre, sentado en uno de los bancos más apartados con la cabeza entre las manos.

                Fui a su lado y le cogí la mano y después de estar un rato en el interior del templo con nuestro pensamiento puesto únicamente en tu mejoría, después de un tiempo que no sabría cuantificar, regresamos a casa.

                Esa noche, experimentaste una mejoría milagrosa y aunque nunca pensamos que aquellas suplicas que formulamos en la iglesia tuvieran algo que ver con tu mejoría, creo que ninguno de los dos hemos descartado alguna intercesión especial en lo que ocurrió, no hemos vuelto a hablar de ello, pero sabemos que pasó.

                -No sabía nada de eso – balbuceó Margarita.

                -Por supuesto que no lo sabías, nunca hemos querido hablar de ello, ya sabes cómo es tu padre y las creencias que tiene, pero desde el primer momento que nos has comenzado a hablar de ese camino, creo que los dos estábamos convencidos que estabas predestinada a recorrerlo y si te hubiéramos hablado de lo que te ocurrió, y lo que hicimos, es posible que hubiéramos influido en tu decisión de recorrerlo.

                Aquella confesión, ratificó más la ilusión que sentía Margarita con el camino, ahora sabía que además de lo que había sentido cuando lo recorrió, la siguiente vez que lo hiciera, de nuevo volvería a ser especial ya que por lo que había escuchado estaba predestinada a ello y ya sabemos que contra el destino, pocas cosas se pueden hacer.