almeida – 05 de septiembre de 2016.

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            En una ocasión, me encontraba hablando con un peregrino en uno de los albergues que se encuentran repartidos por cualquiera de los muchos caminos que hay dispersos por este sendero mágico.

            El peregrino hablaba con gran énfasis de lo que para él significaba el camino, no encontraba las palabras precisas para describir lo que quería transmitir y en un momento de la conversación tratando de que sus palabras fueran mejor comprendidas me confesó que era como un veneno que se le había metido en el cuerpo y aunque era consciente del daño que le hacía no quería por nada del mundo que le sacaran esta droga que cuando no la sentía se angustiaba pensando en ese momento en el que de nuevo volvería a poner sus pies sobre este sendero mágico.

            Había llegado a tal dependencia de la sensación que le provocaba estar caminando, que cuando se encontraba realizando su vida normal llegaba a lamentar no tener en ese momento alguna de las molestas ampollas, ese tributo necesario que cada peregrino tiene que satisfacer para poder seguir adelante.

            Se le veía feliz, además de poder dar rienda suelta a los sentimientos que le embargaban, podía compartir estas sensaciones tan especiales con personas que le comprendían porque también eran peregrinas y solo cuando uno se encuentra en este ambiente se puede comprender al interlocutor ya que los sentimientos son muy comunes.

            Solo lamentaba no estar acompañado por su pareja, ella aún no había sentido esa llamada que en un momento de la vida hace el camino a esos elegidos que saben sentir todas las sensaciones que están sobre él para que puedan ser saboreadas por los peregrinos.

            Confiaba que un día esa droga que el probó en una ocasión y sin la que ahora no puede vivir, también la probara su compañera y en ese momento sería completamente dichoso ya que tendría siempre alguien con quien poder hablar y cuando sientan que la angustia se va acercando a sus almas, los dos podrían coger sus mochilas y perderse por esos caminos que siempre se dirigen a poniente.

            Dejé que el peregrino fuera expulsando de su interior todo lo que se había estado acumulando durante tanto tiempo. A veces abría los ojos como mostrando cierta sorpresa por lo que me estaba diciendo y en otros momentos asentía como comprendiendo todo lo que quería contarme.

            No le dije nada, porque el tiempo me ha enseñado que hay personas que en un momento determinado no necesitan consejos, solo desean hablar y sobre todo ser escuchados y yo estaba aprendiendo a escuchar y a aprender porque sé que cuando más se escucha, más vamos ampliando los conocimientos de las cosas y de las personas que tenemos a nuestro lado.

            Me miraba como si fuera uno más de esos a los que su tema de conversación no les interesara lo más mínimo, pero sabía que él no podía cesar de hablar, una vez que había encontrado a alguien que le escuchaba ya no podía ni deseaba detenerse.

            Lo que él desconocía, era lo que estaba pasando por mi mente, todas las sensaciones que estaba teniendo, yo ya las había experimentado años antes y desgraciada o afortunadamente me estaba compadeciendo de él ya que sabía que por suerte no había ningún remedio que pudiera curar su dolencia y cada día se iría haciendo más grade, porque ese, es el embrujo que tiene la ruta de las estrellas, que cuando se introduce en alguien se va agrandando hasta que no se puede pensar sin vincularlo a ella.