almeida – 10de abril de 2016.

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Siempre que he iniciado un camino en el que iba a estar más de dos semanas recorriendo este sendero de ensueño, me sentía como un primerizo, tenía la sensación que era como la primera vez que lo hacía y la semana antes de comenzar notaba esas mariposas que suelen revolotear en el estómago.

            También como la primera vez, la noche anterior a mi partida me resultaba imposible conciliar el sueño, daba una y mil vueltas en la cama y por la mañana todo el cuerpo me dolía, parecía que me hubieran dado una terrible paliza o hubiera subido media docena de veces el Cebreiro.

            Una vez que daba el primer paso, todo desaparecía, las mariposas volvían a revolotear a mi lado y el cuerpo se encontraba recuperado, dispuesto a disfrutar de cada instante.

            Las sensaciones que mi cuerpo experimentaría, ya las conocía de sobra. A pesar de la preparación previa, la primera semana siempre era de adaptación, resultaba quizá la más difícil. Realizas todos los días una distancia muy larga a la que el cuerpo no está acostumbrado y tiene que ir adaptándose poco a poco. Las dos siguientes semanas son para disfrutar ya que a pesar del esfuerzo, las piernas siempre responden muy bien porque se van acostumbrando a caminar y una vez que entran en calor, es difícil que lleguen a flaquear. En cambio, la última semana es la de los sentimientos encontrados, por un lado está la alegría de llegar a la meta soñada y por otro la pena de saber que la aventura estaba llegando a su fin.

            En medio había muchas sensaciones y muchos sentimientos, pero hacia la mitad del camino, invariablemente siempre aparecían uno o dos días en los que el ánimo decaía y hacía que me viniera abajo.

            Ese día, no sé qué pasaba, pero llegaba a cuestionarme muchas cosas, incluso llegué a plantearme ese camino. Pensaba en el día de calor o de lluvia que estaba soportando, en la incomodidad que me propician los roces que la mochila hacía en mi espalda, en la falta de agua cuando más la necesitaba, no encontrar una piedra para sentarme a descansar o no disponer de una litera en el albergue debiendo dormir en el suelo.

            Entonces acudían a mi mente el sofá de casa, el equipo de música, esa bebida tan fresca que había en la nevera, la cama y la almohada que tanto echaba en falta y entonces solía preguntarme: ¿pero qué coño hago yo aquí?

            Era lo que con el paso del tiempo consideraba que era mi pájara particular del camino, aunque para mi sorpresa, cuando he comentado esta debilidad a mis amigos peregrinos, algunos han llegado a confesarme que a ellos también les ocurría lo mismo.

            Lo bueno es que enseguida esta sensación desaparecía, no solía durar más de dos días, pero mientras permanece el bajón es completo.

            Luego, según van pasando los días, se olvida enseguida y desaparece por completo de la mente, el camino consigue borrarla por completo.

            De la misma forma, en el hábito de nuestra vida diaria, cuando nos pasamos muchos meses soñando con el camino, vuelve a producirse esta sensación de vacío que tenemos al sentir esas ganas crecientes de volver a caminar, también en esos momentos llegamos a preguntarnos ¿pero qué coño hago yo aquí?