almeida – 09 de enero de 2016.

            Reconozco que alguna vez he sentido algún tipo de prejuicios por quienes hacían el camino de una forma diferente de como yo lo concebía. No comprendía a los ciclistas que en ocasiones iban avasallando a los que recorrían el camino caminando. Haciendo sonar los timbres de sus máquinas infernales para que quienes solo llevábamos el impulso de nuestros pies nos apartáramos de su trayectoria para dejarles el camino libre. Cuando pasaban a nuestro lado dependiendo las condiciones en las que se encontrara el camino, a veces levantaban una polvareda que literalmente nos echaba del mismo y de la trayectoria que ellos habían seguido.

            Afortunadamente vamos evolucionando y llega un momento que nos hacen ver que también quienes recorren de esa forma el camino en ocasiones realizan un esfuerzo importante, lo he comprobado en algunos albergues donde los ciclistas después de muchos kilómetros y con una climatología adversa, en ocasiones llegan sin poder sujetar los pies cuando los apoyan en el suelo.

            Últimamente casi todos me parecen peregrinos, aunque siempre sentiré un poco más de admiración por los que cargan con la mochila a sus espaldas y digo casi, porque siempre puede haber alguna excepción como la que me ocurrió un día cuando me encontraba prestando mi colaboración en uno de los albergues tradicionales del Camino Francés.

            Una tarde, cuando ya casi todos los peregrinos habían llegado al albergue y solo faltaban algunos rezagados o los que venían en bici que solían llegar a última hora, accedió a la recepción del albergue un curioso peregrino. Llegó más fresco que los demás, apenas se le veía cansado y solicitó alojamiento para él y antes de coger sitio para él, quería un buen lugar para dejar protegida su bicicleta, ese interés por la máquina me pareció algo especial por lo que fui hasta donde la había dejado para conducirle al lugar que teníamos destinado para ella.

            La bici era diferente de cuantas había visto hasta entonces, se trataba de una máquina muy robusta y con una envergadura mayor que las que frecuentemente llegaban, disponía de una gran batería casi como la de los coches y en el manillar había unos mandos que no servían para cambiar las marchas de los platos, más bien, se parecían a los cambios con los que están equipadas las motocicletas.

            El peregrino, viendo el interés o la curiosidad con la que miraba a su compañera de camino comenzó a describir todas las virtudes que ésta tenía.

Me dijo que le había costado más de seis mil euros ¡un millón de las antiguas pesetas! disponía de una batería con la que no era necesario dar pedales. En el momento que le apetecía pedalear, ya se sabe, por hacer algo de ejercicio, entonces dejaba las marchas a cero y pedaleaba. Pero cuando el camino se hacía algo más complicado ya que picaba para arriba, entonces le ponía la marcha corta y solo tenía que sujetar el manillar, luego cuando llegaba a lo alto y debía descender, otra vez ponía a cero las marchas y dejaba que el impulso fuera quien le trasladara a la parte más baja donde dependiendo del terreno volvía a repetir la misma operación. Incluso cuando deseaba coger algo de velocidad metía una marcha superior y entonces volaba ante el asombro de los peregrinos.

Se le veía tan orgulloso de su máquina que solo le faltaba decir lo tontos que eran los que se esforzaban caminando con la mochila a sus espaldas sudando sin parar y perdiéndose esa tranquilidad con la que él recorría los kilómetros.

Me quedé muy sorprendido sobre todo de lo convencido que estaba comentando lo fácil que resultaba hacer la peregrinación. Guardamos la valiosa máquina bajo llave y una vez que vio que estaba segura, fue quitando de la bici las mochilas y las cosas que llevaba para dejarlas junto a la litera que iba a ocupar.

Mientras recogía sus cosas, los dos hospitaleros estuvieron comentando lo que hacían las nuevas tecnologías y cómo iban a modificar este milenario camino.

         ¿Y cómo crees que cargará la batería? – dijo uno de los hospitaleros.

         Pues no lo sé – respondió el otro – supongo que llevara algún generador que según se va pedaleando va cargando la batería.

         Pues tiene que tener una buena capacidad de carga – dijo el primero – porque si cada día hace unas ocho horas no creo que se pare por el camino a cargar la batería.

Mientras los hospitaleros estaban tratando de responder a todas estas interrogantes que para ellos eran desconocidas, el peregrino llegó con todas las cosas que transportaba sobre la bicicleta cargadas a su espalda y como si de un tesoro se tratara traía la gran batería en sus manos.

         Donde puedo poner a cargar esto – comentó eufórico.

         Pues aquí no va a poder ser, el albergue tiene una instalación eléctrica muy antigua y no está permitido cargar cosas eléctricas, por eso no hay enchufes – le dijo el hospitalero.

         ¿Y qué hago yo ahora?

         Pues tú veras, mira a ver si en un bar te permiten cargar esa batería tan grande, aunque me imagino que la carga deberá llevar varias horas y el bar cierra a las diez.

Contrariado, el peregrino dejó todo lo que traía al lado de la litera que le correspondía y se marchó a la calle para ver donde podía captar toda la energía que al día siguiente iba a necesitar. Mientras los hospitaleros jocosamente se quedaron comentando cómo afrontaría al día siguiente la subida de Mostelares si le faltaba la carga de la batería.