Manu Mediaoreja – 24 de julio de 2014.

Capítulo segundo. Los Santos, San Mamés y San Blas.

santos mames blasEste año repiten estos tan queridos personajes y vuelven a tener un lugar

de honor en el cartel de las fiestas de este año. Queridos por todos los tabareses, aquellos nacidos en estas tierras como los que hemos nacido en otras más lejanas pero, en definitiva, tabareses de sangre o de corazón.

 

Y son estos santos y no otros, los que también salían en el cartel del año pasado y que transmutara cierto periodista corresponsal de la zona en su artículo de la Opinión de Zamora, que me los cambió, a pesar de que todo el mundo los reconociera, ya que bastaba saber un poco de las costumbres de la villa o preguntar a algún paisano como para no caer en el error y confundirlos con otros menos conocidos por estos montes, como lo son los santos Froilán y Atilano, que, según parece, fundaron el cenobio tabarés, entre otros, en estos valles.

No, hombre, no.

Esos santos varones bien merecían igualmente salir en el cartel de fiestas, tanto del pasado año como del presente, pues son parte de la historia de la villa. Pero, si una pareja de santos por excelencia mora en los corazones de sus gentes, éstos no pueden ser otros que los Santos Mamés y Blas. Cuya ermita y santuario fue testigo del robo de sus tallas -tal vez de época barroca- cuando yo tan sólo contaba, cuántos?…seis? ocho? diez años? Ya ni recuerdo. Pero sí recuerdo el día que, vía conferencia con el pueblo, informaron a mis padres de que a los santos, los tan queridos santos…¡habían sido robados! Tan sólo la cacha de San Mamés habíase salvado por caérsele al mal nacido caco en su huída.

Unas tallas que habían permanecido allí en su ermita tantos años que la gente no llegaba tan siquiera a recordar; en un humilde edificio bajo, de muros de cantos, de barro y cal revestidos, abierto siempre para abrigo de pastores y romeros. Tallas que algún ricote tendrá en su salón, junto con algún antiguo manuscrito y hasta, quién sabe, alguna miniatura de las mutiladas del códice que se copiara y miniara precisamente en Tábara, allá por el 970, curiosamente, mil años antes de nacer éste que escribe.

San Mamés y San Blas. Unos santos a los que yo en mi mente de niño los trocara en amigos y compañeros de piso. ¡Claro! viviendo ambos en la misma casa, su ermita, otra cosa no podían ser. Je, je je…cómo es la niñez y cuán fecunda es su imaginación surrealista y sin límites. Santos a los que los tabareses, a muy temprana edad, comenzamos a amar y por los que acabamos teniendo gran devoción.

De cuántos catarros nos ha librado el bueno de Blas, al que recuerdo con pelo lacio y con cierta semblanza con la sota de copas y que parecía el pobre estar medio asfixiado, llevando su mano hacia la gola en gesto de dolencia. Efectivamente -entendía yo a mi modo- por eso es que cura los males de garganta.

Y de cuántos dolores de reuma nos habrá evitado el guapo de San Mamés -y es que de los dos, según las abuelas, el que mejor porte tenía era Mamés, con su pelo castaño ondulado, como un galán de cine mudo- al que yo, en mi insaciable fantaseo, hacía labrador u hortelano, como lo era mi abuelo, ya que portaba una tornadera en sus manos. Hoy día se que tal tornadera es realmente un tridente de gladiador, ya que el muy santo fue martirizado en la arena, lanzado a los leones. ¡Ay, cuitado!

San Mamés, que mostraba su rodilla desnuda, a lo que yo seguía inventando y me creía, lo hacía el santo para enseñarnos sus heridas por caer al suelo. Como aquellas mismas heridas que llevábamos todos los muchachos de esas edades y que por no parar quietos un segundo besábamos el suelo cada dos por tres. Era por eso que Mamés, por sufrir en sus carnes nuestras mismas dolencias, heridas y costras, cual un muchacho más, curaba tales males en los genollos; pues de aquellos otros dolores, que decían de reuma, ni llegaba a saber yo lo que éstos eran.

Y así, en el día de su romería, se pasaba un pañuelo por la garganta de San Blas para de seguido pasarlo por la propia de uno; y haciendo lo mismo por la rodilla de San Mamés quedaba uno salvo hasta el año siguiente de males de huesos y de las vías respiratorias..

Qué recuerdos éstos, subiendo a la ermita donde moraban los Santos Mamés y Blas, aquellos amigos y compañeros de piso, como esos otros en blanco y negro de nombres tan peregrinos como Epi y Blas y que salían por el VHF… pero, aquellos primeros, bien santos.

Unos santos que para mí siempre serán,

Blas el de la cacha, pastor;

y Mamés, el de la tornadera, labriego.

Ambos, como lo era mi abuelo.

¿Los has localizado ya en el cartel/programa de estas fiestas?

Si es así, no lo reveles y permite que otros jueguen también.