Aseguraba hace cosa de medio siglo uno de esos hombres sabios que nos ha legado la historia, que una de las desgracias de esta sociedad en la que nos había tocado vivir, era que las personas sabias, las que empleaban la ciencia para ratificar cada uno de sus conocimientos, siempre iban a estar relegados por los políticos cuando se hacen proyectos de sostenibilidad, porque siempre van a primar las motivaciones económicas antes que ese objetivo de preservar los pocos bienes con los que contamos.

            Viene esto a cuento porque en el mundo en el que vivimos, la naturaleza que es sabia porque es muy vieja, siempre ha sabido preservar las amenazas que de vez en cuando se producían y contaba con los mecanismos necesarios para esa auto regeneración con la que siempre ha sabido protegerse.

            No es, ni será la última vez, que una amenaza incontrolada ponga patas arriba todos los conocimientos que hemos ido adquiriendo y buscamos la forma de poder erradicarla, pero al final siempre es esa autorregulación, la que hace que todo vuelva a su estado natural.

            El científico, se ocupa de estudiar estas anomalías y busca la forma de solucionarlas mediante la lógica y el razonamiento y generalmente suele colocar los cimientos para que cuando vuelva a producirse una situación similar, se tengan los medios para poder encontrar una pronta solución.

            El político en cambio, suele tener una visión más limitada, su horizonte está siempre situado a cuatro años, que es inicialmente el tiempo en el que sabe que va a estar en el cargo en el que le han puesto.

            Por eso cuando tiene el compromiso de gobernar, solo busca ese resultado a corto plazo, sin importar lo que pueda ocurrir una vez que él lo deje, lo importante es que pueda presumir de los resultados que ha conseguido mientras estaba gobernando.

            Estos resultados se cuantifican siempre en función de la rentabilidad que se haya conseguido en cada uno de los proyectos y sobre todo, que estos sean competitivos frente a los de sus adversarios.

            Si para ello se han tenido que bordear algunos limites que van a dejar como un solar el próspero terreno en el que se ha conseguido esa rentabilidad, que más da, ya lo arreglarán los que vengan detrás y si no, tampoco pasa nada, siempre contará en su haber con el logro conseguido.

            Antiguamente, eran los más sabios de cada pueblo los elegidos para la prosperidad de la comunidad, esos sabios que ya lo habían demostrado todo en su vida y ahora sus conocimientos los dedicaban a la prosperidad de los demás, pero con el paso del tiempo, son muy pocos los hombres sabios que acceden a gobernar a su pueblo, porque son conscientes que no les van a permitir hacerlo ya que el resultado, prima más que las ideas.

            Resulta inconcebible que los proyectos de futuro estén ahora siempre en manos de los que nos dirigen, que aunque se dejen aconsejar por los que conocen de cada tema, también sufran influencias de los que solo van buscando la rentabilidad como objetivo final y las aportaciones de los sabios no van a ser tenidos nunca o muy pocas veces en cuenta.

            La sabiduría cada vez está menos considerada dentro de nuestras prioridades, por eso seguramente hasta sobra en el titular, o no sé cómo se habrá metido por ahí porque me suena que el dicho popular suele ser de otra forma.