almeida – 15 de marzo de 2015.

Fontaneria

                Supongo que como le ha ocurrido a la mayoría de los peregrinos que lo han escuchado en alguna ocasión, cuando oímos esa frase; “Santi, siempre provee” pensamos en esa frase hecha a la que no damos mayor importancia.

                Pero con el tiempo, también nos damos cuenta que nosotros la decimos y cada vez solemos hacerlo con más frecuencia, entonces ya dejamos de verlo como esa frase hecha y empezamos a darle el significado que realmente tiene.

                Cuando las situaciones no son como esperamos y surge lo inesperado o llega a faltar lo que más necesitamos, recurrimos a ese dicho que parece que va a solucionar el problema y si no es así, al menos nos ayuda a llevarlo mejor, nos alivia pensando, o sabiendo que todo se va a solucionar y generalmente, aunque parezca mentira, se acaba solucionando.

                Una de las últimas ocasiones en las que recuerdo haber dicho esa frase, no fue para sentir ese bálsamo que me producía escucharla, algo en mi interior me decía que iba a comprobar una vez más, la fuerza que a veces tienen algunas palabras.

                Me encontraba en uno de esos albergues a los que a mí me gusta ir. La comodidad, suele brillar por su ausencia, pero el confort que hay en su interior se respira en cada uno de los rincones en los que te encuentras.

                Era un albergue que anteriormente había sido una cuadra en la que se guardaba ganado y aperos de labranza. Las condiciones eran deplorables, pero en ocasiones se consigue ese milagro que hace que las cosas vayan saliendo porque tiene que ser así.

                Como no se contaba con medios para reformar aquel establo, unos cuantos valientes decidieron cambiar su hábito y costumbres peregrinas para convertirse en fontaneros, albañiles, electricistas, en fin todos los gremios imaginables y los nuevos que surgieron mientras se encontraban allí.

                En ocasiones eran personas implicadas en el camino que aunque no conocían ninguno de los gremios que iban a suplantar, lo hacían con tanta ilusión que la perfección de lo realizado casi les convertía en profesionales. En otras ocasiones eran los peregrinos que estaban haciendo el camino los que se quedaban unos días para colaborar para que un día aquello pudiera ser una realidad.

                El resultado no pudo ser más espectacular, la vieja cuadra, se había convertido en un acogedor sitio para que los peregrinos realizan un alto en su camino y aspiraran esa magia que había entre aquellas paredes, la que supieron impregnar los que lo levantaron y los que posteriormente pasaron por allí.

                Era algo irregular, no había dos puertas iguales, tampoco las paredes guardaban una simetría perfecta porque quizá fueron hechas por distintas personas, pero la armonía presidía aquel sitio y llegabas a darte cuenta que cada una de las cosas que se encontraban entre las cuatro paredes era perfecta y solo desentonaría cambiar alguna de ellas.

                Cuando un peregrino abandonaba aquel sitio, lo hacía llenándolo de alabanzas, era imposible encontrar en todo el camino un lugar más acogedor que aquel sitio, por lo menos ellos no lo habían encontrado hasta ese momento.

                Pero como ocurre con todas las cosas, llega un momento que se quedan pequeñas o se van degradando y el creciente número de peregrino hizo que el baño y la ducha que se habían puesto al reformarlo se quedaran pequeños para quienes llegaban hasta el albergue.

                Era necesario ampliar esta parte tan necesaria porque los peregrinos nada más llegar lo que desean es quitarse el polvo y la suciedad que han acumulado durante el camino y por eso, a pesar de los pocos medios  y las necesidades que siempre había se pensó en que la prioridad número uno era ampliar esta parte tan necesaria en el albergue.

                Como la casa era grande, se destinaría una de las salas a cubrir esta carencia, se harían dos baños, diferenciados por sexos y en cada uno se instalarían dos duchas y dos baños además de un lavadero para que los peregrinos pudieran quitar también el polvo y el sudor a la ropa que habían llevado ese día.

                En esta ocasión, no fueron los peregrinos los que se encargaron de hacer esta obra, ya se contaba con algunos medios para poder afrontar su coste y se encargó a unos profesionales que la hicieran.

                La obra relucía, aunque quizá para el gusto de algunos, aquella simetría que había en todos los elementos que se habían puesto contrastaba con la irregularidad del resto de la casa, era tan perfecta que se veía que le faltaba esa magia con la que se había construido todo lo que había a su alrededor.

                No transcurrieron dos meses, cuando comenzaron los problemas; las duchas no tragaban bien porque se atascaban con los pelos que se iban desprendiendo de las cabezas de los peregrinos, los wc se atascaban porque los desagües que se habían puesto eran muy pequeños, las piletas de lavar la ropa se obstruían cortantemente, en fin había un número tan elevado de incidentes que se pensó en reformar de nuevo lo que se acababa de reformar. Pero eliminar una parte tan necesaria del albergue, era algo difícil de hacer por lo que se esperaría a los meses de invierno en los que se cerraba el albergue y entonces se podría acometer la obra sin contratiempos.

                Cuando fui a hacerme cargo del albergue, me fueron explicando qué productos eran buenos para desatascar cada una de las cosas que de un momento a otro, estaban convencidos que se iban a atascar, aunque como ya pasaban pocos peregrinos, no lo harían con tanta frecuencia como antes.

                Los primeros días que estuve allí, apenas hubo ninguna incidencia y cuando me avisaban de alguna cogía el desatascador y lo solucionaba, aunque me di cuenta de la chapuza que se había construido ya que cada vez que apretaba con el desatascador en un sitio, como todo estaba comunicado, salía por cualquier otro, la incógnita era saber por cuál iba a desbordarse porque siempre lo hacía por un sitio distinto. Pero, fui agregándome como buenamente pude, hasta que llegó el día fatídico.

                Ese día, daba la impresión que se habían puesto todos de acuerdo para alojarse en el albergue, la capacidad habitual se había triplicado, apenas dábamos abasto para acoger a tantas personas y como era previsible, los baños comenzaron a dar problemas que fuimos solucionando oportunamente hasta que nos dio la impresión que se había solucionado por completo y antes de ir a la cama, hice una revisión general y pensé que lo peor ya había pasado y esa noche pude dormir tranquilamente.

                Cuando estaba preparando el desayuno para los peregrinos, comenzaron a venir algunas quejas de la obstrucción de los baños, como suele ocurrir en estos casos, siempre las peores cosas suceden en los momentos menos oportunos, el momento del desayuno, cuando tienes que poner tantas cosas en tan poco tiempo y sobre todo reponer lo que se va terminando, no puedes estar pendiente de otras cosas por lo que cuando me dijeron que los baños estaban inservibles lo primero que pensé en voz alta fue cerrarlos momentáneamente hasta que pudiera repararlos, pero una vez más surgió Santi para proveer en estos casos como suele hacerlo habitualmente.

                -No te preocupes, me dijo uno de los peregrinos que se encontraban en el comedor, tu sigue con lo tuyo que soy fontanero y yo me encargo de ello.

                Reparó toda la instalación y no volví a tener ningún problema durante el resto de los días que estuve en aquel lugar. Una vez más el dicho de “Santi siempre provee” acabó haciéndose realidad.