- La mañana del Domingo de Resurrección ha regalado una tregua climatológica que ha permitido a Tábara celebrar, con todo su esplendor y fervor, uno de los momentos más entrañables y esperados de la Semana Santa: la procesión del Santo Encuentro, en la que la fe, la tradición y la ternura se dan la mano.

Bajo un cielo azul, los verdaderos protagonistas de esta jornada, los niños y niñas del pueblo, portaron con orgullo y responsabilidad al Niño de la Bola, guiados en todo momento por Carmina, cuya atención y cariño velaron por el correcto desarrollo del recorrido. Sus indicaciones, firmes y llenas de experiencia, fueron fundamentales para que todo transcurriera con la solemnidad y el recogimiento propios de esta tradición tan querida.
Como manda la costumbre, el Niño salió por la izquierda de la Plaza Mayor, mientras que la Virgen Dolorosa, aún cubierta con su manto negro, avanzó por la derecha, acercándose al punto de encuentro. El momento más esperado no tardó en llegar: el emotivo cruce de miradas entre la Madre y su Hijo Resucitado, simbolizado por las tres reverencias que marcan el Santo Encuentro.

Entre suspiros, lágrimas discretas y cantos, los fieles entonaron con emoción: “Quita el manto negro, pon el de alegría…”, y en ese instante, las mujeres del pueblo procedieron a vestir a la Virgen con ropajes blancos y un manto azul claro, gesto cargado de simbolismo que anuncia el gozo de la Resurrección y el fin del dolor.
Con la Virgen ya transfigurada en su alegría, la procesión reanudó su paso hasta la iglesia parroquial, esta vez presidida por el Niño Resucitado. Allí, tuvo lugar la Santa Misa del Domingo de Pascua, celebración litúrgica que cierra oficialmente la Semana Santa tabaresa, aunque no su espíritu festivo.
Mañana, lunes, debería tener lugar la tradicional Romería de San Mamés, que marca la verdadera culminación de estas fechas tan especiales. Sin embargo, el tiempo amenaza con empañar la jornada, aunque en Tábara ya está todo preparado para partir hacia la pradera de San Mamés y honrar a los santos San Mamés y San Blas, como dicta la tradición.
La fe, una vez más, ha brillado incluso entre las nubes. Y aunque el cielo no siempre ha acompañado, en Tábara está claro que la devoción y el amor por lo propio son más fuertes que cualquier inclemencia. Con paso firme y corazón encendido, el pueblo sigue celebrando la vida, la resurrección y sus raíces.






































