almeida –  03 de marzo de 2017.

Cada vez que iniciaba un nuevo camino, Ricardo era de esos peregrinos que disfrutaban haciéndolo solo,

no concebía adecuarse al ritmo de los demás o que estos tuvieran que adaptarse al suyo y en lugar de percibir las sensaciones que le estaba aportando la naturaleza tener que estar hablando con otra persona, en ocasiones de temas que eran banales.

            Pero esta vez más que nunca, deseaba caminar solo siempre que le fuera posible. Salía desde Sevilla y tenía por delante mil kilómetros de soledad en los que esperaba conocerse un poco más y eso solo era posible no teniendo cerca a nadie que enturbiara sus pensamientos.

            Había llegado a la capital andaluza en el primer tren de la mañana y se dirigió directamente a la catedral, allí pondría el primer sello en su credencial y comenzaría a caminar porque el camino partía desde este gran templo, el mayor que se había construido por los cristianos en la península.

            Cuando iba a acceder al barrio de Triana, vio delante suyo a un joven con una mochila a su espalda y se imaginó que era un peregrino que como él, se disponía a realizar este camino.

            Como no deseaba caminar desde el primer momento con nadie, se metió en el primer bar que encontró, allí desayunaría con calma y de esa forma le daría el tiempo suficiente al peregrino para que se fuera alejando. Ya le encontraría cuando llegaran al albergue y trataría de enterarse a la hora que salía al día siguiente para él hacerlo una hora antes o después y seguir con su propósito de caminar solo.

            Cuando había transcurrido más de media hora y se imaginaba que el peregrino se encontraba varios kilómetros por delante, cogió de nuevo su mochila y salió a las calles que comenzaban a encontrarse muy bulliciosas y mezclándose con la gente fue dando sus primeros pasos para abandonar la ciudad.

            Un gran puente cruzaba el Guadalquivir, el caudal del río se notaba que descendía un tanto mermado por la falta de lluvia de las últimas semanas. Se fue fijando en las marcas que suele dejar el nivel del agua en las orillas del río cuando baja más embravecido o con las crecidas que a veces ocasionan las fuertes tormentas que suelen producirse tierras arriba.

            Iba pensando en estas cosas mientras cruzaba el puente y cuando llegó al otro lado, sentado sobre una piedra se encontraba el peregrino que había visto antes. Ricardo no sabía dónde meterse o pensó también en seguir adelante sin decir nada como si no le hubiera visto, pero el peregrino cuando estaba a unos pocos metros de él, llamó su atención.

            -Hola – dijo el joven con un fuerte acento extranjero – eres peregrino como yo.

            -Sí – respondió Ricardo un tanto contrariado.

            -Te estaba esperando – dijo el joven.

            -Cómo que me estabas esperando, ¿me habías visto antes? – preguntó Ricardo.

            -No – dijo el extranjero – pero sabía que ibas a llegar.

            -¿Y cómo lo sabías si no me habías visto? – volvió a decir Ricardo.

            -Es porque había algo que me decía que tenía que ir caminando con alguien y debía esperarle en el puente para iniciar el camino a su lado.

            -A mí me gusta caminar solo – le dijo Ricardo tratando de no ser descortés.

            -También yo prefiero ir caminando solo, no tenemos que ir juntos, pero sí cerca, porque así lo ha determinado el camino.

            Ricardo pensó que se encontraba ante uno de esos iluminados que suele haber por el camino que creen ver señales en cada una de las cosas con las que se cruzan y llaman su atención.

            Siguió caminando y sentía que el peregrino estaba haciendo lo mismo y le estaba siguiendo a muy poca distancia, pero Ricardo no quiso comprobarlo mirando en ningún momento hacia atrás.

            Cuando llegaron a Santiponce, Ricardo se detuvo a descansar y el joven hizo lo mismo, este no hablaba si Ricardo no le preguntaba alguna cosa y se fue dando cuenta que aquel joven era una persona con una sensibilidad especial y estaba comenzando a agradarle caminar al lado de otra persona.

            Cuando ese día finalizaron la jornada, fueron juntos a un bar a reponer energías y el joven le fue contando la visión que él tenía del camino y como lo concebía. Coincidía bastante con la forma en la que lo solía afrontar Ricardo cada vez que lo estaba recorriendo.

            También Ricardo era consciente que es el camino el que suele dictar su ley y se encarga de poner a las personas que deben estar caminando a tu lado por lo que fue asumiendo esta compañía como uno de esos caprichos que el camino tenía de vez en cuando y ya no hizo nada por evitarlo.

            El joven hablaba poco, pero cada vez que lo hacía le aportaba muchas cosas que en alguna ocasión habían pasado por la mente de Ricardo, pero nunca se había detenido con la suficiente calma para pensar en ellas como lo había hecho el peregrino.

            Se fue dando cuenta que era una persona con unos valores espirituales muy sólidos fruto seguramente de muchas reflexiones que había estado haciendo durante mucho tiempo.

            Cuando llevaban unos diez días caminando juntos y completamente solos, un buen día el joven le dijo que a partir de entonces ya no seguirían caminando juntos, cada uno debía seguir desde aquel momento su camino y era preciso que en ese momento se separaran.

            Ricardo esperaba encontrarse cuando finalizara la etapa de nuevo al joven, ya que los albergues no abundan en ese camino y las etapas suelen ajustarse a los lugares que cuentan con sitio de acogida para los peregrinos, pero ese día el joven no llegó aunque Ricardo le estuvo esperando toda la tarde y tampoco a la siguiente jornada coincidió con él, ya nunca volvió a verle durante los días que continuó caminando.

            Ahora comenzaba a echarlo de menos, añoraba esos momentos en los que el joven hablaba de las reflexiones que le había aportado el camino y sobre todo sentía que no se encontrara a su lado. Hubo algunos momentos en los que su compañía hubiera sido como ese bálsamo que sabe curar esos largos momentos de soledad que frecuentemente se suceden en esta larga ruta.

            Algunas veces llegó a pensar que se había tratado solo de un sueño que apareció cuando menos lo esperaba y sobre todo cuando menos lo deseaba y desapareció de la misma forma, de repente, solo que ahora lo necesitaba más que cuando inició su camino.

            Pero su aparición resultó un tanto prodigiosa, las pocas cosas que pudieron hablar, fueron como profecías que el joven le fue haciendo en momentos puntuales que a lo largo del camino de Ricardo, de una o de otra forma se fueron cumpliendo o Ricardo creyó ver en muchas cosas algo que el joven le había comentado en algún momento.

            Ha pensado muchas veces en aquel joven y sobre todo que habrá sido de él y cada vez que lo hace siempre le ve aconsejando a algún peregrino que lo necesita como lo hizo con él los días que estuvieron caminando juntos.