almeida – 2 de junio de 2014.

Luca y Fabiana, tenían muy buena presencia, formaban un matrimonio de unos cincuenta años que habían llegado a Santuario como una pareja más de peregrinos que llegaban cada día.

Observé que Luca estaba pendiente en todo momento de su mujer, deseaba complacerla en todo y se preocupaba constantemente por ella interesándose por saber cómo se encontraba. Fabiana solía asentir con la cabeza y a veces hacía gestos con la mano, pero en pocas ocasiones la escuché decir nada.

Por la tarde, estuvieron la mayor parte del tiempo sentados en uno de los bancos más alejados que había en el jardín. No escuchaba lo que decían, pero veía como hablaban constantemente y de vez en cuando Luca le hacía una caricia mesándole los cabellos, otras veces se apartaba de donde se encontraba frente a ella y se colocaba a su lado, pasando su brazo por el hombro o por su cintura y la acercaba suavemente hacia él; permanecían así largos minutos.

Era una pareja más de las muchas que llegaban a Santuario y su comportamiento no debía haberme llamado la atención, pero no sé por qué, me fijé en ellos durante el rato que permanecieron allí porque habían conseguido captar mi atención.

El resto de la tarde participaron como los demás en las cosas que se hacían en Santuario, no destacaban por nada en especial y sin embargo les observaba porque algo me decía que eran diferentes, quizás fuera esa presencia que los dos tenían lo que había llamado mi atención.

Los dos eran atractivos y esbeltos, tenían una elegancia natural y aunque llevaban prendas deportivas, les sentaban a los dos como si las hubieran confeccionado a su medida.

Cuando se realizó el encuentro de los peregrinos en la pequeña capilla, se sentaron en uno de los extremos como si quisieran pasar desapercibidos o no quisieran molestar. Durante la media hora que permanecimos allí, habían unido sus manos y, hasta que salieron del cuarto, estuvieron cogidos de la mano.

Algunos días, cuando terminaba la oración, me gustaba quedarme en la gran sala tomando un café, solía en esos momentos meditar sobre lo que había dicho en la oración y sobre las reacciones que habían tenido algunos peregrinos.

En ese instante entró la pareja de peregrinos, supongo que estaban despistados y al ver la puerta abierta y la luz encendida, quisieron ver quién se encontraba allí. Al verme solo y meditando, me dio la impresión que se excusaban por haberme interrumpido y cuando se disponían a darse la vuelta y salir les dije:

—¿Os apetece un café o un té?

—Gracias —dijo él —un té a estas horas nos vendría bien.

Cogí del mueble dos tazas, las llené de agua y las introduje en el microondas y cuando el agua comenzó a hervir, metí en cada una de ellas una bolsita de té. Rechazaron el azúcar que les ofrecía y mientras daban pequeños sorbos les dije:

—¿Puedo haceros una pregunta?

—¡Claro! —dijo él.

—Me gustaría saber que estáis experimentando en el Camino, que sensaciones tenéis al caminar. Me interesa mucho conocer esas sensaciones que tienen los peregrinos.

Los dos se miraron, en ese momento sentí que me había metido en algo íntimo que seguramente no querrían contar o a mí no me debía interesar.

—Si he hecho una pregunta indiscreta, no tenéis porque decirme nada —traté de justificarme.

—No es indiscreta, es un motivo muy personal —comentó Luca.

—Pues como he dicho, no es necesario que respondáis.

—A veces —dijo Luca —es bueno compartir ciertas cosas porque al hacerlo sentimos que nos liberamos un poco.

Me comentó que los dos eran médicos de un prestigio reconocido cada uno en su especialidad. Se habían conocido en la universidad cuando hacían sus carreras y tenían un hijo de veintiún años.

Su vida era sencilla, pero muy agradable y satisfactoria ya que habían visto como se cumplían sus sueños que se habían ido haciendo desde que se conocieron.

Tenían un trabajo que les gustaba a los dos; además, les permitía estar juntos mucho tiempo ya que aunque cada uno se había especializado en una cosa, al trabajar en el mismo hospital, iban juntos al trabajo, comían juntos y regresaban también juntos a su casa.

Contaban con buenos amigos, la mayoría eran colegas de profesión pues se conocían desde su época de estudiantes y los nuevos amigos que se habían ido incorporando a su círculo, también eran personas relevantes en la sociedad de su ciudad.

Disponían de una buena casa que habían ido configurando a su gusto ya que se encontraba en la mejor zona de la ciudad.

Como tenían los mismos gustos, teatro, opera, conciertos, siempre iban juntos a los lugares que les servían de entretenimiento y de diversión.

Y lo más importante era que su hijo se había decidido a seguir la trayectoria de sus padres y se había matriculado dos años antes en la universidad para estudiar medicina.

Lo tenían todo, cuando su hijo enfermó, no dijeron de qué había sido ni yo me atreví a preguntarlo, todos sus esfuerzos y los de sus amigos por hacer que mejorara habían sido inútiles y con veintiún años, en lo mejor de la vida, había fallecido.

Un amigo les aconsejó que una forma de compartir y afrontar el dolor que estaban teniendo era recorrer juntos el Camino de Santiago, se trataba de un buen amigo que siempre les había dado buenos consejos y por eso se encontraban aquí.

—¿Y habéis conseguido encontrar ese consuelo? —les pregunté.

—Sí, todos los días nos acordamos muchas veces de nuestro hijo, sobre todo cada vez que vemos a un joven caminando, nos hacemos la ilusión que podría ser él, procuramos caminar a su lado y le ayudamos si vemos que en algún momento lo necesita, eso nos hace sentirnos bien. También cuando encontramos lugares como este, hallamos esa sensación de paz que tanto necesitamos.

—O sea, ¡que está siendo una experiencia positiva para vosotros!

—Sí, la pena es que solo vamos a estar dos días más caminando, pero ya lo hemos decidido, en unos meses volveremos y retomaremos el Camino donde lo hemos dejado, entonces llegaremos hasta el final, lo haremos por Bruno y por nosotros.

A la mañana siguiente, cuando se disponían a marcharse, les abracé y les dije:

—Estoy convencido que el Camino os ayudará a sobrellevar la pena que tenéis y creo que Bruno se sentirá orgulloso de vosotros viéndoos y comprobando como ayudáis a los demás a cumplir su camino.