almeida – 5 de diciembre de 2014.

Observándoles por la espalda, eran dos peregrinos más. Quizá les diferenciaba un poco el ritmo con el que los dos caminaban, aunque, según me fui acercando a ellos, vi algunas diferencias más, pero no muchas. La más importante era la edad. Les separaban tres generaciones, pero conversaban como dos amigos. Juan trataba en todo momento de infundir ánimos al anciano peregrino que renqueaba en los duros ascensos.

—¡Venga, abuelo, que tú puedes! —le decía Juan tratando de animar a Andrés y éste buscaba fuerzas de donde ya no le quedaban. Apretando los dientes trataba de superar ese repecho por el que caminábamos, que le estaba dejando sin resuello.

Les superé tratando de animar con un gesto a Andrés que me hizo una seña para no gastar ni un ápice de energía diciendo unas palabras. Me hizo comprender que, a su ritmo, conseguiría superar esta pequeña tachuela.

En lo más alto había una zona de descanso donde me detuve un momento. Observaba como los dos peregrinos lentamente se acercaban y Juan seguía siendo el único que hablaba. No oía lo que decía pero me imaginaba las cariñosas palabras que el nieto le transmitía a su abuelo. Seguía pensando en lo que escuché cuando pasé a su lado e imagi­naba que las palabras serían muy similares.

Cuando llegaron a mi altura, Andrés estaba muy fatiga­do. Le ayudé a desprenderse de la mochila y le ofrecí una botella de agua fresca que acababa de coger de una fuente que había a escasos metros. Andrés saboreó el agua y bebió dos sorbos, con su mirada supo agradecer el avituallamien­to que le había ofrecido.

Cuando recuperó de nuevo el aliento, me confesó que aquello ya no era para él. Se encontraba muy cansado y ca­da día le costaba más terminar cada etapa.

Andrés había cumplido hacía años los setenta. Era muy menudo y su rostro transmitía bondad. Me comentó que estaba cumpliendo sus sueños ya que antes de jubilarse ha­bía soñado hacer el Camino de Santiago para agradecer al Apóstol todo lo que le había dado en su sencilla pero intensa y reconfortante vida. Fue una experiencia inolvidable y se propuso que antes que llegara su hora debía compartir esta vivencia con sus cuatro nietos.

Tuvo que esperar unos años para que estos tuvieran una edad que les permitiera afrontar este reto. Había comenza­do tres años antes con su nieto mayor. Fue algo que no po­día explicar con palabras, superior a todo lo que había he­cho antes ya que le permitió conocer a su nieto y éste, además de compartir y convivir un mes con su abuelo, con­servó un recuerdo imborrable que permanecería con él toda su vida. Al año siguiente realizó el mismo camino con su segundo nieto y ahora estaba con Juan. Sólo le quedaba caminar con su nieta por la vía de las estrellas para comple­tar su sueño, aunque lo veía tan lejano ya que comenzaban a surgir las dudas de si el próximo año las fuerzas le permi­tirían ver realizado ese deseo.

Con los ojos completamente abiertos y encendidos co­mo teas, Juan observaba con una mezcla de admiración e ilusión lo que su abuelo decía, ya que le estaba enseñando algo que jamás podría olvidar, y cuando terminó de hablar Andrés, como si se tratara de dos buenos amigos, le dijo que no se quejara tanto ya que estaba hecho un chaval y podría no solo cumplir su sueño sino que además vería cumplido el sueño de sus nietos, que se habían propuesto recorrer jun­tos el camino dentro de dos años, ya que para ellos estaba siendo un premio y querían juntos compartirlo con su pro­genitor.

Andrés asintió mostrando una tierna sonrisa. En su gesto pude observar una pizca de amargura de quien ya sabe de antemano que eso no iba a ser posible. Seguramente había llegado a ese punto de sabiduría que le permitía conocer su futuro. Con aquella mueca me dio a entender que él vería cumplido su sueño pero sus nietos no podrían disfrutar del suyo.

Fue uno de esos momentos tiernos que surgen en cada rincón del camino. Anécdotas inolvidables que luego, con calma, cuando las recuerdas, ves como la sabiduría que en­cierran las gentes sencillas es la que se obtiene a lo largo de la vida y no se aprende en los libros, pero es la verdadera esencia de nuestra existencia. Con un gesto, que no sé si An­drés llegó a captar, traté de decirle que le había comprendido y a la vez le agradecí que hubiera compartido conmigo ese sueño que quizá era el que le había permitido prolongar su vida, al menos hasta verlo realizado.

Juan, sin percatarse de la intensidad y la profundidad de las palabras de su abuelo, siguió insistiendo que cada día se quejaba más, aunque estaba cada día con más vitalidad y, como pensando en alto, decía, dirigiéndose a su abuelo, que en las últimas etapas no se le notaban los años ya que estaba caminando a un ritmo mayor que muchos peregrinos más jóvenes que caminaban con ellos, y finalizaba apostillando de nuevo mirándole a los ojos «tú sí que puedes, abuelo».

Me despedí de ellos comprendiendo que Juan tenía razón. Su abuelo había podido y podría el año próximo, porque era su sueño y cuando la voluntad es tan fuerte, todos los sueños se acaban convirtiendo en realidad.