almeida –10 de febrero de 2015.

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La primera vez que escuché que el peregrino era una especie a proteger, no se si sonreí o directamente me rey ante aquella aseveración que me hacían. Creo que estábamos hablando del camino y del peligro que corría

en aquellos momentos ya que por los derroteros que estaba tomando, le pronosticaban un peligro inminente y aseguraban que mas tarde o temprano acabaría desapareciendo, pero alguien afirmo que mientras hubiera un solo peregrino, el camino seguiría existiendo, a pesar que hubieran desaparecido los lugares de acogida, los hospitaleros, las asociaciones incluso la señalización, siempre habría alguien en busca de ese lugar en el horizonte por el que se oculta el sol y solo con que una persona lo fuera buscando habría camino, por eso a quien había que proteger era a los peregrinos que estaban siendo una especie en extinción.

                He de confesar que aquellas palabras me sonaban a broma, estábamos en pleno apogeo del nuevo resurgir del camino y éste se encontraba más vivo que nunca y las infraestructuras que había era insuficientes para acoger a tantos peregrinos como lo recorrían en las épocas estivales.

                Pero no pude por menos de pensar en ello, tampoco era ninguna locura la afirmación que se había hecho, solo había que volver la vista atrás y analizar la evolución que el camino había tenido a lo largo de la historia,

                Desde que se descubrió la tumba en la que se aseguraba que se encontraban los restos del apóstol, las riadas de gentes en busca de este lugar donde descansaba uno de los discípulos del Maestro, fueron incrementándose de una forma espectacular y ya en el siglo XII los hospitales que acogían a los peregrinos fueron insuficientes para dar alojamiento a un número de personas que parecía que no iba a descender nunca. Ni tan siquiera los más de treinta hospitales que había en ciudades como Burgos eran capaces de darles acogida.

                Pero como todas las modas, el fenómeno fue descendiendo y llegó un momento en el que la peregrinación se daba casi por extinguida, aun se conservaban media docena de lugares que por tradición seguían acogiendo a los escasos peregrinos que deambulaban por la ruta y a veces podían transcurrir hasta meses sin que nadie recibiera la hospitalidad.

                Comencé a darle vueltas a lo que habíamos estado hablando y me di cuenta de la razón que tenían en lo que habían estado exponiendo.

                Así como en la edad media el camino fue creciendo a lo largo de los años o quizá de los siglos, tuvo un incremento natural que llevó mucho tiempo conseguir que alcanzara las cotas de popularidad que llegó a tener en su momento, en la actualidad el crecimiento ha sido más artificial ya que el boom se ha producido en apenas dos docenas de años y en esta ocasión sí que puede considerarse una moda y ya se sabe, las modas, lo mismo que aparecen, tienden a desaparecer con la misma velocidad con la que fueron concebidas.

                La condición humana, ha hecho que el hombre siempre tienda a buscar esas cosas que necesita ver por si mismo y si no las puede ver al menos desea sentirlas para comprobar que es cierto lo que le han contado o lo que él ha sentido, ese afán de descubrir lo desconocido siempre le llevará a buscarlo, no habrá nunca barreras que puedan frenar su avance.

                Hace apenas medio siglo, también de vez en cuando podía verse alguna persona por el camino buscando eso que para él resultaba vital, no le importaba que el camino estuviera señalizado ya que él siempre sabia hacia dónde tenía que caminar, el sol se encargaba de guiar sus pasos. Tampoco le hacía falta que cuando terminaba su ornada hubiera un albergue donde le dirán acogida, la hospitalidad es más antigua que todos los inventos que se han ideado para darle forma y siempre había un alma caritativa que le ofrecía un lugar donde pudiera descansar a cobijo de las inclemencias del tiempo y si no ocurría esto, el pórtico de una iglesia o cualquier otro lugar resguardado le servía para pasar la noche y descansar.

                Ese tipo de peregrinos han existido siempre y es difícil que se puedan extinguir. Pero con el renacer del camino y las comodidades que se buscan para los peregrinos, los que no pedían más que un techo, se van mezclando con los que exigen cada vez más comodidades y estos últimos, se están adueñando del camino relegando a los otros a buscar esa soledad que tanto añoran y solo la encuentran en aquellos caminos que no están tan masificados y donde lo importante es saber saborear todo lo que el camino y la naturaleza han puesto a nuestra disposición en lugar de ser los primeros en tener asegurada una litera cuando llegan al albergue.

                Por eso, los caminos más transitados dejarán de tener esos peregrinos que buscan otra cosa en el camino. Seguirán caminando por él en los meses más inhóspitos, cuando los demás crean que es incómodo recorrerlo, pero también en estos meses se irán llenado de esos peregrinos que quieren sentir la esencia del camino en soledad, eso sí, siempre con buenas infraestructuras y acabarán también echando a los otros peregrinos que se irán a caminos más solitarios por las dificultades que entrañan, pero para no hacer el cuento muy largo, como la pescadilla que se muerde la cola, estos caminos, también acabarán poniéndose de moda y finalmente ese peregrino diferente, acabará por abandonar definitivamente el camino y cuando la moda se pase, ya no habrá quien realmente no lo haya considerado nunca como tal y también habrá desaparecido.

                Por eso, a veces pienso en la verdad de aquellas palabras y soy cada vez más consiente que el peregrino es una especie en extinción que debemos proteger, porque si deja de haber peregrinos, el camino acabará desapareciendo, aunque también soy realista y sé que mientras haya un solo peregrino, y siempre lo habrá, el camino no desaparecerá.