almeida –23 de marzo de 2015.

Pilar, siempre había sido una mujer muy individualista, se sentía diferente a los demás y por eso apenas contaba con amigas, únicamente Silvia, que la conocía desde la infancia, sabía que había en ella algo que merecía la pena y representaba prácticamente su única compañía.

Generalmente salía poco y cuando lo hacía era con su amiga de la infancia, por lo que según se iba haciendo mayor, cada vez se encontraba más sola, aunque ya se había acostumbrado a ello y tampoco le importaba mucho.

Debido a esta situación se había hecho un tanto huraña y era muy poco dada a compartir no solo las cosas materiales, también era muy celosa en guardar sus pensamientos y sobre todo sus debilidades.

                Silvia trataba de hacerla cambiar, pero siempre se daba por vencida ya que predominaba el comportamiento y la forma de ver las cosas de Pilar que no deseaba cambiar.

En una ocasión, las vacaciones que Silvia decidió realizar, era en compañía de dos amigas más recorriendo el camino, le propuso a Pilar que las acompañara, pero ésta descartó la idea ya que no deseaba la compañía de otras personas y sobre todo encontrarse con gente que no conocía y con la que estaba convencida que se encontraría incomoda.

Cuando regresó, Silvia no hacía más que contarle a su amiga todo lo que había visto y sobre todo sentido en ese camino que acababa de recorrer, estaba convencida que si Pilar se animaba a recorrerlo le ayudaría a desprenderse de ese escudo que se había ido formando para aislarse de los demás, pero por más que insistía, más reticencias se encontraba en su amiga.

Cuando la habló de la soledad que se puede llegar a sentir en el camino, consiguió que aquello sí captara su atención ya que encontrándose sola, no tendría que abrirse a los demás, eso ya comenzaba a agradarle y al final también se fue contagiando del entusiasmo que Silvia trataba de contagiarla.

Después de darle todos los consejos que consideraba necesarios, un día, la acompaño a la estación de autobuses, Pilar disponía de una semana libre y necesitaba evadirse de la rutina diaria, por eso siguió los consejos de su amiga.

Silvia estaba convencida que el Camino era lo único que podía cambiar a su amiga, si sentía lo que ella había experimentado, no le cabía ninguna duda que se produciría ese milagro que la convirtiera en ese ser más sociable para convivir en sociedad.

Los primeros días que Pilar paso en el camino, lo hacía aislada de los demás peregrinos, ella iba a su aire y cuando se encontraba con alguien, con cualquier excusa se desprendía de su compañía, incluso cuando llegaba a un albergue, en lugar de sentarse con los peregrinos que habían hecho esa jornada con ella, lo hacía en el lugar más apartado para evitar el contacto con desconocidos.

Una mañana, llegó a un pueblo importante y en lugar de entrar en un bar a desayunar, vio una pastelería y decidió coger una docena de lazos de hojaldre que tenían un aspecto estupendo. La empleada se los puso en una pequeña caja que ella guardó en su mochila y salió del local disponiéndose a sentarse en la plaza y comerlos mientras contemplaba una hermosa iglesia románica que destacaba en aquella población.

Cuando salía del establecimiento, se cruzó con un peregrino que le resultaba familiar, habían concedido en algún lugar del camino los últimos dos días.

El peregrino había observado desde el escaparate lo que estaba comprando Pilar y le pidió a la empleada que le pusiera lo mismo.

Al verla sentada en un banco de la plaza, el peregrino hizo lo mismo que Pilar, se sentó en el mismo banco aunque a un metro de ella y en medio había una caja de cartón con los lazos de hojaldres que al estar recién elaborados todavía desprendían ese aroma que proporciona el horno sobre la masa que ha cocinado.

Pilar, abrió la caja y cogió uno de los lazos, pensó que había sido una buena idea haberlos comprado y salir de la rutina del mismo desayuno todos los días. Cuando lo introdujo en su boca, le pareció exquisito y mientras masticaba el hojaldre lo saboreaba con deleite.

El joven hizo lo mismo, cogió un hojaldre y al verlo, Pilar lo miró de una forma molesta, pensó que era un atrevimiento que un desconocido sin pedirle permiso se tomara la libertad de coger algo que consideraba suyo, pero no dijo nada, solo una mirada despectiva fue todo lo que transmitió al desconocido, tampoco era cuestión de enfadarse por un solo hojaldre, los peregrinos estaban acostumbrados a compartir las cosas según había podido observar en las cenas que se hacían en los albergues.

Pero cada vez que Pilar cogía un nuevo hojaldre, el joven hacia lo mismo, aquello ya era excesivo pensó ella, no podía soportar aquel atrevimiento, pero lo hacía de una forma tan espontánea y natural que si no le había dicho nada la primera vez era como si con su silencio le hubiera consentido que siguiera haciéndolo.

Cuando cogió el tercer hojaldre, con disimulo, acercó la caja a donde ella se encontraba en lugar de que estuviera entre los dos. Entonces el joven se acercó un poco más a ella y estiro su mano para coger un nuevo pastelito y mientras lo degustaba hacía gestos de complacencia tratando de indicar que estaban buenos.

La situación a Pilar le estaba resultando insoportable, no podía quedar así, no lo toleraría y le increparía al joven sobre su comportamiento que estaba resultando muy descarado y sobre todo la estaba haciendo sentirse muy incómoda, pero cada vez que miraba al joven para decirle lo que estaba pensando éste le mostraba una sonrisa que desarmaba todo lo que en su mente estaba a punto de estallar.

Así, fueron comiendo uno tras otro todos los pastelitos de hojaldre hasta que no quedó en la caja más que uno, ella se había comido la mitad y el joven había comido uno menos que ella.

Pilar pensó que no sería capaz de comerse también el ultimo y le miro de una forma que solo con la mirada casi le fulmina, pero el joven no perdía esa sonrisa inocente y al ver que en la caja solo quedaba un pastelito, lo cogió y sin apartar los ojos de la mirada penetrante de la que estaba siendo objeto, con las dos manos lo partió por la mitad y ofreció una de las mitades a Pilar.

Ya había aguantado más de lo que en ella era costumbre, ahora no podía dejar pasar la ocasión de decirle cuanto pensaba de su comportamiento, pero un pedazo de hojaldre se había quedado en su seca garganta y buscó en la mochila la botella de agua para aclararse la voz antes de dejar escapar la reprimenda que pensaba dar.

Cuando abrió la mochila, metió la mano en su interior tratando de palpar la botella, ya que la mirada no se había apartado en ningún momento de los ojos del joven.

Algo de lo que palpo con la mano le hizo cambiar la mirada y sus ojos fueron al contenido de la mochila, allí estaba la caja que ella había comprado. En su ofuscación, no se había dado cuenta que los hojaldres que estaban comiendo no eran los suyos sino los del joven.

Sin darse cuenta, soltó una carcajada, hacía tiempo que no se reía de esa manera, saco la caja y la puso en el lugar de la que estaba ya vacía y le ofreció al joven que cogiera ahora de sus hojaldres.

Entonces se dio cuenta de lo que tanto le había hablado Silvia y sintió que aquella hermosa lección que acababa de recibir, de forma inconsciente le había permitido cambiar su forma de ser y de comportarse.