Almeida – 9 de abril de 2014.

Con frecuencia, llegan hasta el albergue algunos peregrinos que su comportamiento les hace especiales. Se percibe enseguida que son diferentes y cuando a la mañana siguiente inician una nueva jornada en su camino, suelen dejar ese poso de satisfacción que ratifica lo que estas haciendo.

Generalizar suele conducirnos a formarnos ideas erróneas de algunas personas, por lo que siempre he huido de estos tópicos que califican a los peregrinos dependiendo del lugar del que procedan, prefiero quedarme siempre con las excepciones que suelen encontrarse en cada regla.

Al albergue de Peregrinos de Tábara, llego un matrimonio francés, que nada más traspasar la cancela que da acceso al patio del albergue, me di cuenta que eran muy diferentes a otros peregrinos de su país.

Según fuimos profundizando en la conversación, vi que había muchas cosas que teníamos en común. Además de peregrinos, en su país colaboraban con una asociación que agrupaba a los peregrinos y trataba de llevar la misma filosofía que se esta aplicando en el albergue de Tábara, la acogida tradicional a los peregrinos. Ese espíritu que algunos esperan volver a encontrar en el Camino y desgraciadamente se esta perdiendo.

Desde el primer momento, se ofrecieron a colaborar en cuantas cosas estábamos haciendo, pero entendieron que no aceptáramos su ofrecimiento porque consideramos que el peregrino que llega al albergue tiene que descansar y reponerse del esfuerzo que supone hacer cada jornada y en el caso de ellos, todavía un poco más, porque se trataba de un matrimonio mayor.

La cena comunitaria, resulto muy amena y agradable en la que el Camino fue el protagonista de la mayoría de las conversaciones, a pesar que en algunos momentos se acusaba la barrera del idioma.

Cuando por la mañana, los peregrinos se disponían a recorrer una nueva jornada, el peregrino francés, con una sonrisa preñada de felicidad vino a agradecer las atenciones que habían recibido y antes de partir, me preguntó si no sentía tristeza cuando veía a los peregrinos partir y a los que seguramente ya no volvería a ver nunca más.

Esa siempre ha sido uno de esos momentos en cada jornada en la que los sentimientos suelen ser contradictorios porque has convivido durante unas horas con algunas personas con las que te sientes muy a gusto y les ves partir, pero en esos casos, siempre me he quedado con la satisfacción que como en su caso me obsequió con una bonita y sincera sonrisa que ratifica que la labor que estoy haciendo va por el camino correcto, porque la mayor satisfacción del hospitalero es cuando ve como los peregrinos se marchan felices y alegres por las atenciones que les has dispensado.

Asintió a las palabras que le decía dándome la razón y creo que también estaba de acuerdo conmigo que en el Camino, las cosas que más valen son las que no tienen precio y una sincera sonrisa es lo más valioso que podemos ofrecer a los demás.