almeida – 27 de noviembre de 2014.

En uno de los albergues del camino que está en un lateral de la iglesia, encima de la bóveda, hay habilitado un espacio que sirve de lavadero y

tendedero de ropa para los peregri­nos. Un pequeño muro separa esta zona de servicio de un desnivel de tres o cuatro metros donde podemos contemplar una silueta de un ser humano hecha con pintura blanca. Es una imagen como las que hemos visto numerosas veces en las películas para señalar la posición en la que se había en­contrado a una persona muerta de forma violenta.

 

Según me contaron, un buen día el hospitalero del alber­gue, cuando se disponía a hacer la limpieza, subió al lavade­ro, siempre había peregrinos que dejaban olvidada alguna prenda colgada en las cuerdas del tendedero, su sorpresa fue mayúscula ya que además de los olvidos habituales se encon­tró el cadáver de un peregrino que estaba sobre la cúpula de la iglesia.

Inmediatamente lo puso en conocimiento de la guardia civil y del juez de guardia que iniciaron las pesquisas tratan­do de resolver este hecho. Comprobaron la relación de todos los peregrinos que esa noche se habían alojado en el alber­gue y los fueron reteniendo a lo largo de la etapa hasta que pudieron tener a todos los posibles implicados.

Un interrogatorio muy selectivo hizo confesar a uno de los peregrinos que él había sido el causante de su muerte. Lo detuvieron junto a su compañero como posible cómplice hasta que llegó la celebración del juicio.

Cuando el fiscal comenzó su interrogatorio, el principal acusado comenzó a narrar los hechos que habían concluido en el fatídico suceso.

El peregrino había salido con su compañero desde su ciudad de origen, en el otro extremo del país, y se dirigieron a Roncesvalles para juntos recorrer el camino. Una ilusión y un sueño que tenían hacía mucho tiempo.

En Roncesvalles coincidieron con un peregrino francés, enseguida trabaron amistad y se fueron a cenar juntos, los tres amaban el camino por lo que resultó muy fácil que enseguida congeniaran.

Al día siguiente, comenzaron a caminar juntos. En la primera parada que hicieron para desayunar quiso invitarles el peregrino galo, decidieron que lo mejor era que cada uno pagara lo suyo. Los dos peregrinos habían puesto un fondo común por lo que quien llevaba el bote del fondo se hizo cargo de lo suyo y el peregrino francés aportó su tercera parte.

En la comida ocurrió lo mismo y, como tenían previsto caminar juntos, acordaron que el peregrino francés también se incorporara al escote. De esa forma sería más cómodo para todos.

Ese primer día compartieron experiencias, camino, comida y a la hora de dormir, también compartieron ronquidos. El gabacho les había advertido que era roncador, pero hicieron bromas sobre ello, diciendo que era una de las penitencias del camino y quien no lo aceptara así no estaba obligado a estar allí para soportarlo.

Por las noches después de cenar, solían continuar la tertulia en la mesa del restaurante con algunas copas o unos combinados. Se encontraban muy a gusto y estaba supo­niendo uno de los ratos más agradables de cada jornada.

Aquellos excesos que se producían algunos días, in­crementaban los decibelios por la noche. El peregrino francés lo hacía de una forma muy especial que padecían todos los que se encontraban a su lado.

La noche anterior al suceso, se excedieron algo más con las copas. Al no tener un horario en el que se cerrara ese día el albergue, visitaron dos veces los tres bares del pueblo por lo que llegaron bastante cargados al albergue, buscando a tientas las colchonetas sobre las que habían dejado su saco de dormir y las mochilas.

Al dormir sobre el suelo, el espacio que había entre los peregrinos se había reducido considerablemente. La col­choneta no tenía más de un metro de ancho, por lo que cuando el peregrino francés se movía, en ocasiones su boca quedaba a escasos centímetros de la oreja del acusado. Con los efectos del alcohol, los ronquidos resultaban inso­portables. Parecía que en la boca se había puesto un am­plificador.

De nada sirvió el constante castañeo que hacía con la boca o las patadas que le daba, ya que había un breve rece­so, pero a los pocos minutos comenzaba de nuevo la ruido­sa y desafinada sinfonía.

Lo malo de esa noche no fue no haber pegado ojo, el problema del acusado fue el estado de nerviosismo y exci­tación en el que se había pasado toda la noche.

Por la mañana el peregrino francés se levantó como nuevo. Había descansado perfectamente ayudado en parte por los efectos del alcohol que había consumido, el cual se fue evaporando a lo largo de la noche a través de su boca.

Mientras recogían la ropa, que habían dejado tendida, el peregrino francés bromeaba con el descanso y los ron­quidos que se habían producido durante la noche. El acusado, aún en un estado de nervios y muy excitado, le empujó haciéndole caer por el desnivel y produciéndose el fatal desenlace.

El juez apenas necesitó tiempo para deliberar, enseguida dictó sentencia dando la libertad al acusado, ante el asombro de quienes se encontraban en la sala.

Al ver la extrañeza que se había producido, el juez quiso razonar su decisión y explicó que él también era peregrino y sabía por experiencia que cuando se sufre al lado a un gran roncador, a la mañana siguiente quien lo ha padecido no es responsable de sus actos.