almeida – 03 de octubre de 2016.

guiso de patatas con carne

            Cuando Julián llegó al pequeño pueblo en el que había previsto finalizar esa etapa, al menos treinta peregrinos hicieron lo mismo que él.

Después de una buena ducha, se acercó hasta el pequeño bar que había en la plaza del pueblo con la intención de comer un menú del peregrino.

            La mayoría de los que habían llegado ese día, se encontraban también en el bar y algunos tuvieron que esperar más de una hora, el local estaba atendido por una sola persona que se veía incapaz de dar abasto al trabajo que tenía.

            Para que no les ocurriera lo mismo en la cena, Julián y el peregrino que se encontraba comiendo en la misma mesa, le dijeron al encargado del bar que les reservara esa mesa para las ocho y media que irían a cenar.

            -¿Vendrán de verdad? – Preguntó el camarero – a veces, dicen algunos que vienen y no cojo a nadie más y luego me toca ir al albergue a buscarles.

            -No se preocupe – dijo Julián – a las ocho y media nos tiene aquí, somos gente de palabra.

            Regresaron al albergue y se tumbaron sobre el césped que había en el patio, a la sombra de un árbol, era un lugar estupendo para descansar mientras hacían la digestión de lo que habían comido.

            Hacia las cinco, una vecina del pueblo se acercó al albergue y dijo que le habían traído leña para cuando llegara el invierno y necesitaba ayuda para meterla en la leñera ya que se la habían descargado en el corral de su casa.

            Julio, el peregrino que había comido con Julián y otro peregrino se ofrecieron para echar una mano a aquella mujer que se encontraba en apuros.

            Cuando llegaron al corral de la señora, vieron que lo que allí había al menos lo habían traído con un camión, había toneladas de leña de encina que habían dejado y estaba ocupando la mayor parte del corral.

            Los troncos habían sido cortados con una motosierra y cada uno de ellos media casi medio metro, los más finos, de las ramas de la encina eran más fáciles de transportar los quince metros que separaban el lugar donde los habían dejado de la leñera, pero los de los troncos de la encina, tenían que llevarlos entre dos ya que pesaban tanto que resultaba imposible que uno solo los pudiera acarrear.

            Después de media hora trasladando troncos, se encontraban muy cansados y les dolían los brazos del esfuerzo que estaban realizando y tuvieron que sentarse a descansar en varias ocasiones porque se encontraban muy cansados.

            -Menos mal que habéis venido vosotros – decía la señora – yo sola, hubiera tardado todo el día en colocarlos.

            Miraban a la buena mujer sin decir nada, pero los tres pensaban en los demás peregrinos a los que se imaginaban descansando en el albergue y no podían por menos que sentir algo de envidia de ellos.

            Tardaron dos horas en hacer el trabajo, cuando llevaron el último tronco, se encontraban exhaustos, aquello había sido mucho más duro que la etapa que habían recorrido ese día.

            Sacaron del pozo un cubo de agua y se refrescaron, aunque cuando regresaran al albergue se darían una buena ducha, resultaba más necesaria que la que se daban cada día cuando terminaban la etapa.

            Ya se disponían a marcharse, cuando la señora les dijo que entraran a la casa, allí en la sala sobre una mesa había unas fuentes de queso, chorizo, jamón y salchichón y un pan redondo de pueblo al lado de una jarra de vino y tres vasos.

            -Venga, sentaos y comer que os lo habéis ganado bien.

            -No hace falta señora – dijo Julián – además hemos quedado para ir al bar a cenar.

            -¡Quita! – Dijo ella – vais a comparar lo que os ponen en el bar, con esto hecho en casa y que se ha curado en el sobrado.

            La verdad, es que tenía un aspecto muy bueno y cuando comenzaron a probarlo les pareció exquisito todo lo que estaban comiendo.

            Cuando la señora veía que dejaban de comer, estaba pendiente de ellos y les decía:

            -¡Qué! ¿No te gusta?

            -Sí señora, está muy bueno, pero no puedo comer más, estamos llenos.

            -Si no habéis comido nada, además tenéis que coger fuerzas, que habéis trabajado mucho. Beber vino y veréis como se baja todo a la barriga y os entra más.

            Hasta que no dieron cuenta de todo lo que la señora les había preparado, no les dejó salir de allí. Eran más de las ocho y se habían pasado una hora larga comiendo. Estaban llenos y no podían dar ni un paso.

            -Y ahora al bar – dijo el peregrino – lo hemos prometido.

            Julián casi se había olvidado de aquello y comenzaron a entrarle sudores. Pensó que entrarían en el bar como habían prometido y como se encontrarían gente esperando para cenar, le explicarían al barman lo que les había pasado y estaba seguro que el hombre lo comprendería.

            -Venga, que son casi las ocho y media y tengo otro turno para dentro de una hora – gritó el barman – veréis qué cena os he preparado, os vais a chupar los dedos.

            Ninguno de los dos se atrevió a decir nada, se sentaron en la mesa mientras las gotas de sudor comenzaban a caer por su frente pensando en el esfuerzo que tenía que hacer ahora.

            -Este guiso de carne con patatas para empezar os va a encantar, lo ha preparado mi madre y no hay nadie que guise como ella.

            Ya no les cabía nada más en el estómago, pero aquella cazuela tan apetitosa no la podían dejar intacta, sería una descortesía para la madre del barman.

            No supieron donde lo metían, el caso es que fueron comiendo hasta que tuvieron que desabrocharse el cinturón del pantalón porque estaban a punto de reventar.

            -Y ahora un filete con pimientos – dijo el barman.

            Aquel filete, que se salía del plato era con lo que muchas mañanas habían soñado cuando llevaban tres horas caminando y no tenían ningún sitio para comer algo. Ese pensamiento le dio una idea a Julián. Abrió un pedazo de la barra de pan que les habían puesto y lo metió dentro, sería el almuerzo de mañana.

            El postre lo dejaron, en su lugar pidieron un chupito de aguardiente para ver si les asentaba un poco su estómago.

            Cuando salieron del bar, a pesar del cansancio que tenían se fueron a dar un largo paseo por el pueblo para ver si bajaban la comida que habían ingerido y comenzaba a hacerles la digestión ya que si lo hacía cuando se encontraran en la litera no conseguirían dormir si no es que les pasaba algo malo después del atracón que se habían metido.