Manu Mediaoreja – 13 de agosto de 2014.

Capítulo décimo. Últimos capítulos del serial telenovelado de «Los Personajes que se esconden en el cartel de fiestas, Tábara 2014».

Otra de tantas, de aquellas tradiciones que nos vienen de lejos, por lo menos desde que yo tengo uso de razón, era la de gigantes y cabezudos, que recorrían las calles a golpe de tambor y melodías de dulzaina en pasacalles y presentes en todos los días de fiesta grande. La mayor de las veces, eran anunciados por cohetes que subían al cielo bufando veloces, explosionaban y dejaban una peculiar marca en el azul inmenso y que anunciaba de lejos que aquel día no había de ser un día al uso pese a que ya alguno estuviera desde tempranas horas laborando en el campo, que garbanzos, legumbres de viejas y «jodías» blancas o pintas, tomateras, zanahorias, ajos y frutales no entienden de fiestas y la necesidad de riego a trabajar obliga.

El pasacalles tenía como una de sus funciones el congregar y llamar a los vecinos, generalmente, a la Misa en días de Fiesta Mayor, Boda o cualquier otro acontecimiento importante donde Padrino o Mayordomo hubiéranse gastado sus buenos «cuartos» contratando músicos para tal. En otros lares linderos lo llaman «alborada», más pausado su ritmo binario -su «que me l’an tentao» que canta el tambor-, acompañando a la gaita de fole, autóctona de estas latitudes y con antigüedad pareja y no menos renombre que aquellas gallegas o asturianas. Estas «alboradas» entonadas «al alba», es decir, con las primeras luces, despertaban a los parroquianos anunciando, bien de mañana, el comienzo del Día Grande. En esto difiere del pasacalles, en la función de «despertador» que en éste último no está presente ya que suele ejecutarse a horas menos tempranas. Aunque según sea el caso, para muchos que habíamos ido la noche anterior al bosque a dormir al raso y preparar aquel chocolate de puchero en la ya perdida «Chocolatada», aquel pasacalles que recorría las calles de Tábara un 15 de agosto a eso del medio día, era una «alborada» en toda regla que nos arrancaba de nuestro sueño apenas dos horas después de haber cogido la cama.

Volviendo a los cabezudos, recuerdo que me daban más miedo que cualquier poster de payasos llorones en la habitación de tu hermana, aquellos cabezones grotescos de quijadas abiertas dispuestas a zamparse a un muchacho de menos de medio metro que debía ser yo. Recuerdo también estar en brazos de mi padre y romper a llorar con aquella cabeza de gargantúa de cartón-piedra que amenazaba engullirme como si fuera yo magdalena de La Paloma o un apetecible «saladico mantecoso»; y recuerdo como el mozo que la portaba quitábase su celada de monstruo para mostrarme su verdadera naturaleza humana; pero ya daba lo mismo, yo había visto al ogro y el lloro estaba ya empezado…

Ahora vemos revivida tal tradición después de un parón de unos años sin salir, aunque ya no lo hagan ni gigantes de los reyes católicos ni cabezudos con cara que a mi se me daba un aire al Brutus, eterno rival de Popeye, pero sí lo hacen estos dos amigos y colegas en blanco y negro que tanto gustábamos de ver en sus películas mudas. Películas en blanco y negro que visionábamos en televisores en blanco y negro.

Y así, descoloridos y en estricto blanco y negro, habían de aparecer en el cartel de fiestas para este año 2014.

¿Los tenéis ya localizados? ¿Dónde es que se esconden estos protagonistas del celuloide?