almeida – 28 de noviembre de 2014.

Carlos llevaba años planificando el Camino de Santiago, era una deuda que había contraído con su padre antes de que muriera. Éste lo había recorrido en varias ocasiones y siempre desearon hacerlo juntos, pero su prematura muerte impidió ver cumplido su sueño.

Cada verano surgían contratiempos y justificaba su conciencia pensando que era muy joven y aún disponía de mucho tiempo para cumplir la promesa que le hizo cuando su enfermedad presagiaba un fatal desenlace.

De ese año no pasaría, pensó el primer día de enero cuando todos nos hacemos propósitos de mejora para el año que acaba de nacer. Tendría que dejar resueltos algunos problemas, pero a primeros de junio se pondría en camino. Antes debía tomar una importante decisión. Dos años antes había adquirido un cachorro de pastor alemán que era en la actualidad su única compañía. No quería forzar al animal a acompañarlo, pero por otra parte tampoco se sentía capaz de dejarlo durante un mes encerrado en una guardería canina, porque resultaría muy duro para los dos esta separación.

Tras consultar con algún conocido que había realizado el camino con su perro, se decidió a hacerlo juntos. Esto modificaba la planificación que había realizado, ya que en muchos albergues no acogerían al animal, tendría que equiparse con una tienda de campaña para plantarla en los lugares que no admitieran a su perro.

Se informó sobre las lesiones que podría padecer el animal así como lo necesario para los cuidados que debería tener para su higiene y su limpieza. Una vez que se prove­yó de todo lo necesario, se dispuso a realizar su camino.

Los contratiempos surgieron desde el primer momento. Desplazarse con el animal en un transporte público plan­teaba numerosos problemas y tuvo que convencer a un amigo para que les llevara en su coche hasta Roncesvalles.

Carlos siempre había sido una persona muy solitaria. Tenía un círculo de amistades muy reducido, aunque se po­día considerar una persona físicamente normal, nunca ha­bía tenido mucho éxito con las mujeres por lo que había volcado todo su cariño hacia su perro Nube con quien com­partía todo su tiempo libre.

Los primeros días del camino debieron hacer uso de la tienda de campaña. Aquello no les importaba porque el tiempo era muy bueno y la suavidad de las noches hacía que casi se agradeciera dormir al aire libre. Carlos solía utilizar la infraestructura que le ofrecía el albergue, pero con el permiso del hospitalero desplegaba su tienda de campaña lo más cerca del albergue y dentro dormía con su perro.

Nube disfrutaba como nunca lo había hecho. Tanta na­turaleza y todo el día correteando por el campo era nuevo para él, que solo salía una hora cada día para dar un paseo en las cercanías del piso donde vivían. Tantas sensaciones, olores nuevos y multitud de sonidos hicieron que en pocos días sus sentidos se agudizaran de una forma muy espe­cial.

Los tramos que debían recorrer sobre el asfalto, en las horas de más calor, eran muy molestos para Nube. Su compañero procuraba que siempre fueran por los caminos en los que la tierra y la hierba hacían más cómodo el cami­nar del animal.

Estaba resultando una experiencia muy gratificante y los dos se sentían mucho más unidos, procuraban disfrutar de cada instante que juntos recorrían el camino. A Carlos le estaba permitiendo cumplir su sueño y sentía el alivio de quien paga una deuda contraída tiempo atrás y Nube parecía contagiado de la felicidad de su dueño. Para él también es­taba resultando algo mágico.

Al llegar a Villasirga, Carlos se detuvo a contemplar el imponente pórtico de la iglesia que nació con vocación de colegiata. Extasiado ante tanta belleza, no se percató de que a su lado se había detenido una peregrina que también es­taba impresionada por la majestuosidad del templo.

Cristina era una joven morena con una larga melena y unos brillantes ojos de color azabache. Al girarse, Carlos vio una pre­ciosa sonrisa que le cautivó. Enseguida dejó de contemplar el templo para admirar la hermosura que estaba a su lado.

Reiniciaron juntos el camino. Fueron contando las sen­saciones que para ambos estaba suponiendo el camino. Car­los hablaba apresuradamente de las vivencias que estaba teniendo. Lo hacía con tanta vehemencia que ni él mismo se reconocía.

Cuando terminaron la etapa, Cristina se alojó en el albergue y Carlos ubicó su tienda en una zona verde en la parte trasera del lugar de acogida. Después de acomodarse, fueron juntos a cenar y surgió algo especial entre ellos. Carlos se sentía feliz porque la peregrina le comprendía. Todos los miedos que había sentido en otras ocasiones cuando había estado con una chica habían desaparecido. Tenían los mismos gustos y hablaban con la misma pasión del camino. Después de anochecer regresaron al albergue. Por el camino provocó que sus manos se tropezaran torpemente y lacogió de la mano, así llegaron juntos al albergue. Carlos sentía que estaba en la gloria. Cuando Cristina se despidió de él le dio un beso en la mejilla dejando sus labios posados en su cara el tiempo suficiente para que a él le pareciera una eternidad.

Aquella noche casi no pudo dormir. ¿Habría sido solo un sueño? Se sentía tan feliz que pronto le asaltó una terri­ble duda: no le había dicho a qué hora saldrían mañana. Le apetecía tanto caminar junto a su nueva compañera que se esforzó por descansar para evitar quedarse dormido por la mañana y que cuando comenzara a caminar ella se hubiera ido. Sería una tragedia.

Cristina también había sentido como surgía esa chispa que aparece en los momentos especiales. Pasó toda la noche como si tuviera mariposas en el estómago. Por la mañana se levantó muy pronto, no quería empezar a caminar sin su nuevo compañero de camino, por lo que desde la ventana del albergue observó como Carlos recogía su tienda. Cuando vio que había terminado, se colocó la mochila a su espalda y provocó un encuentro casual.

Comenzaron a caminar juntos. Nube correteaba delante de ellos espantando a todos los pájaros que se afanaban por recolectar los granos de trigo que la cosechadora había de­jado en la tierra al recoger el cereal.

Enseguida sus manos se volvieron a juntar. En esta oca­sión fue una acción premeditada, cuando Carlos fue a darle un beso en la mejilla, Cristina giró su cara, buscando la bo­ca que se acercaba dándole un apasionado beso.

Ese día resultó muy especial para los dos. Tardaron más de dos horas de lo previsto para terminar la etapa. Cual­quier lugar solitario que encontraban era bueno para reini­ciar sus caricias.

Cristina le propuso que esa noche en lugar de dormir en una litera del albergue, lo haría con él en la tienda de campaña. Nube no comprendió como esa noche tuvo que dormir fuera de la tienda, siendo su lugar ocupado por una extraña que habían conocido el día anterior. Para Carlos esa noche resultó diferente, apenas se acordaba de su perro y disfrutó de una noche llena de pasión.

A Nube ya no le hacía mucha gracia haber sido reemplazado por la peregrina. Carlos ya no le hablaba como lo hacía todos los días ni le lanzaba piedras para que corriera a buscarlas. Comenzó a mostrar de una forma muy ostensible su animadversión por Cristina. Esta situación se produjo durante los siguientes días hasta que cuando la peregrina le regañaba llegó a enseñarle las fauces mostrando su aversión hacia ella.

Después de esta reacción, Cristina le dijo a Carlos que debía elegir seguir caminando con su perro o continuar con ella ya que los tres no podían continuar juntos. Carlos no tuvo muchas dudas para tomar una decisión. Dejaría a Nube en aquellos parajes y regresaría a buscarlo cuando finalizara el camino.

Llamó a Nube que se abalanzó hacia donde Carlos estaba, echaba en falta sus muestras de atención hacia él. Le sorprendió como colocaba una correa alrededor de su cuello y le ataba a un árbol. Aquello le inquietó ya que siempre había estado suelto y libre. Al ver que Carlos se alejaba, aulló desesperadamente, tiraba de la correa perdiendo todas sus energías tratando de soltarse pero se quedó exhausto. La tristeza se reflejaba en su cara de forma muy ostensible, las lágrimas comenzaron a brotar en sus ojos.

Casi sin aliento, se quedó dormido. Al encontrarse a unos metros del camino nadie podía verlo. Pronto llegó la noche. Fue una noche terrible. La tristeza por haber sido abandonado, la oscuridad y el miedo a lo desconocido hicieron que toda la noche la pasara aullando, pero nadie acudió en su auxilio.

Por la mañana, al sentir la presencia de unos peregri­nos, aulló de nuevo implorando ayuda, pero los peregrinos se asustaron y aceleraron su paso. Otros peregrinos que venían por detrás, al contemplar la escena, acudieron en su auxilio y le soltaron. Dejaron algo de comida en el suelo para que se alimentara y le dejaron con su melancolía.

Nube no lograba comprender la nueva situación en la que se hallaba. Cuando oía acercarse a alguien corría hacia él pensando que Carlos regresaba a buscarlo, pero siempre eran caras nuevas, cientos de peregrinos que pasaban por allí, incluso algunos se detenían para dejarle comida. Poco a poco se fue acostumbrando a sus nuevos compañeros, con algunos recorría uno o dos kilómetros y luego regresaba al lugar solitario que ahora era para él su nuevo hogar.

Algunas personas del pueblo también venían a verlo y a traerle comida. En varias ocasiones trataron de llevarle has­ta el pueblo para darle un nuevo hogar, pero Nube siempre regresaba al lugar donde fue abandonado. Algunos llegaron a pensar que era la reencarnación de algún peregrino para quien aquel lugar era un sitio muy especial y por eso no quería moverse de allí.

Mientras, Carlos disfrutaba con su camino. En algunas ocasiones la conciencia le recriminaba su mal comporta­miento con su compañero, pero la pasión que estaba vi­viendo con Cristina enseguida le hacía olvidarlo.

Cuando llegaron a Santiago, Carlos quiso que aquello no se terminara. Cristina le había comunicado que una vez terminada la peregrinación, regresaría de nuevo a su casa, la estaban esperando. Carlos la suplicó que volviera con él. No podía terminarse lo que habían vivido las últimas sema­nas, pero la peregrina no era libre, para ella había sido una etapa muy bonita de su vida que debía terminar. En la plaza del Obradoiro le dio un fuerte abrazo y un beso de despedi­da perdiéndose entre la multitud de peregrinos y mochilas.

Entonces Carlos añoró a Nube, cogió el primer autobús para regresar a buscarlo. ¿Estaría allí todavía?, se preguntó. Al llegar a la zona donde le había abandonado le llamó, Nu­be salió de entre los arbustos. Al ver a su antiguo dueño fue corriendo hacia él, Carlos fue a acariciarlo pero Nube al sentir el aroma que aún permanecía en su cuerpo y en sus ropas de aquella que tanto daño le había hecho, no quiso saber nada de él. Le mostró los dientes ladrando de una forma endiablada expulsando baba y espuma por la boca. Car­los se asustó. No le había visto nunca así y sintió miedo. Mien­tras se alejaba pensó que era el pago justo a su ingratitud.

Nube se quedó de nuevo solo en lo que ya era su hogar. Pero ahora era feliz porque todos los días tenía nuevos ami­gos a quienes acompañaba por ese tramo del camino que se había convertido en su dominio.