almeida – 29 de noviembre de 2014.

Cuando pensaba que ya había visto casi todo como hospitalero, un buen día comprobé que aún había en mi mente espacio para la sorpresa. Creo que es importante que en la vida aún podamos sorprendernos con cosas y situaciones que si alguna vez habíamos imaginado no pensábamos que nuestros ojos las llegaran a ver.

Cuando ya se habían alojado casi todos los peregrinos que ese día se quedarían en el albergue, solo quedaban los más rezagados; aquellos que disfrutan de la plenitud del camino como si estrujaran cada instante.

A esas horas solía estar en la puerta del albergue, sentado fumaba un cigarrillo y conversaba con las personas que estaban demasiado cansadas para visitar el pueblo. La fuerza de la costumbre hacía que mi vista se dirigiera con frecuencia a la calle Mayor, la arteria por la que llegaban los peregrinos. A lo lejos una estampa que parecía extraída de una postal o de una foto antigua. Un peregrino muy anciano tiraba del cordel animando a terminar los últimos metros que les quedaban a su pequeña burrita.

Pongo, que así se llamaba el peregrino, procedía de Bélgica. No hablaba castellano, pero enseguida acudió en nuestro auxilio un joven peregrino que había coincidido con él en algunas etapas, con quien se entendía a la perfección y nos sirvió de intérprete.

Quería saber si le dábamos acogida a él y a su burrita en el albergue. «¡Buena pregunta! », pensé, ya que no se había presentado antes esta situación y no sabía cómo actuar, por lo que decidí llamar al responsable del albergue para que me dijera qué hacer. Pero como suele pasar en estas situa­ciones tenía conectado el buzón de voz, por lo que le dejé un recado para que me llamara urgentemente tras insistir va­rias veces.

Pongo era un personaje muy carismático. Tenía un as­pecto mezcla de bohemio y de santón. Era espigado, con una barba y un pelo muy largos y blancos como la nieve. Llevaba un pequeño gorro similar a la kipá judío hecho de hilo blanco. Hacía el camino con muy pocos medios. Su pe­regrinación era muy humilde como pudimos confirmar más tarde, según nos comentó el improvisado intérprete era sa­cristán en una iglesia de Amberes desde donde había salido en peregrinación.

La burrita se llamaba Miriam. Más que una burrita era una pollina que aún no había alcanzado su primera fase de desarrollo. Tenía el pelo plateado, era la imagen que seguro imaginó Juan Ramón como compañera de su Platero. Traía unas alforjas donde Pongo llevaba sus escasas pertenencias, en lo alto de su lomo portaba una tienda de campaña redonda que más se parecía a una antena parabólica. Estaba acostumbrada a la presencia de gente a su lado, pero extra­ñaba verse dentro de un gran portal en el que el suelo de canto rodado hacía que el choque de sus pezuñas en el suelo retumbara en la estancia. Estaba nerviosa hasta que Pongo rodeó su cuello con sus brazos y le susurró algo al oído ha­ciendo que se calmara.

Al no recibir ninguna respuesta al recado que habíamos dejado, debíamos tomar una decisión y optamos por llevar al asno a un gran patio en el que unas vallas, de las obras que se estaban realizando en el nuevo albergue, nos permi­tirían hacer un improvisado corralito.

Para acceder al patio debíamos salvar tres escalones. Pongo nos dijo que él conseguiría que Miriam los subiera, lo que no pudo hacer fue pasar por la puerta que daba acce­so al patio. Tuvimos que despojarla de las alforjas y de todo lo que llevaba encima.

La acomodamos en el lugar que habíamos preparado y buscamos algo de hierba para depositarla en una caja que hacía de pesebre y que le sirviera de cena. Pongo se quedó largo rato con Miriam hasta que ésta se tranquilizó en su nuevo alojamiento, entonces se fue en busca de su litera. Resultó un acto muy emotivo donde quedó patente el cariño que ambos se tenían.

Por la noche, nuestro anciano peregrino se sentó en el patio cerca de Miriam y después de darle una pieza de fruta, se dispuso para cenar un pequeño pedazo de queso y una manzana. Le invitamos a que compartiera la mesa con otros peregrinos y con los hospitaleros. Le servimos un plato ca­liente de sopa de verdura y lo que nosotros estábamos com­partiendo en la cena. Él agradeció todo y sólo aceptó la so­pa. Para él era suficiente, se sentía lleno y agradecido. Imaginé que su alimentación en el camino debía ser un po­co precaria.

Durante la noche, la burrita no se hizo notar. Ni siquie­ra protestó por el constante alborozo de los gallos ni por el repiqueteo constante del reloj de la torre de la catedral que nos recordaba cada quince minutos la hora del día en la que estábamos.

Por la mañana estuve pendiente de Pongo. Al verle le invité a desayunar, pero rehusó. Me pidió algo de pan duro que hubiera sobrado de días anteriores, lo busqué y cuando lo tuvo en sus manos, fue a darle los buenos días a Miriam y a llevarle el desayuno. La pollina, según iba comiendo de la mano de su amigo, movía su cabeza y la acercaba a la de él. Fue un gesto muy cariñoso y tierno como en pocas parejas lo había visto antes. Una vez complacida Miriam, Pongo accedió a tomar un café con leche y una tostada con mante­quilla.

Lentamente, como habían llegado, le fue poniendo con sumo cuidado para no hacerle ningún daño las cosas que ella debía portar en la etapa. Una vez preparados, agrade­cieron todas las atenciones que les habíamos dispensado, que no fueron otras que hacer que dos peregrinos se sintie­ran cómodos al finalizar una jornada. Así se lo dijimos o tratamos de hacernos entender, aunque hablábamos dife­rentes lenguas y ya no contábamos con el intérprete. No importó, estoy seguro de que los dos logramos entendernos a la perfección.

Cuando salieron por el portón del albergue, ambos se giraron y Pongo hizo una ligera reverencia con su cabeza, luego prosiguieron su camino. Sé que muy pocas veces dos peregrinos, durante el camino, dependerían tanto el uno de la otra y estoy seguro de que compartieron muchas cosas a lo largo de su camino.