almeida – 23 de octubre de 2015.

            La etapa de la jornada había resultado excesivamente dura. Las tierras asturianas no están hechas para el entrenamiento, ya desde el principio debes estar muy preparado si no quieres sufrir muy pronto las consecuencias.

            A la dificultad orográfica se había sumado otra con la que no había contado previamente, era pleno verano y este tramo del camino es idóneo para recorrerlo en esas fechas, cuando el verdor de sus prados y la abundante vegetación suele suavizar las inclemencias con las que el sol castiga a los caminantes, pero esos días se produjo un fenómeno meteorológico nada frecuente en la zona, sufríamos una ola de calor con lo que las temperaturas se incrementaron de una forma considerable.

            El camino discurría en medio de una vegetación exuberante, el verdor de los laterales del camino contrastaba con la inclemencia del sol que expandía sus rayos sin ninguna clemencia.

            Esos tres condicionantes al que debemos añadir que era el segundo día de camino, estaban haciendo que la etapa se alargara excesivamente y daba la impresión que no se terminaría nunca.

            Afortunadamente en estas tierras abundan las fuentes y los manantiales, por lo que los líquidos que el cuerpo iba expulsando a través de la sudoración, podía reponerlos con frecuencia, cada vez que encontraba una fuente, ingería un litro y medio de agua y llenaba la botella para consumir otro litro y medio antes de la siguiente fuente.

            Notaba como los pantalones y la camiseta rezumaban el líquido que el cuerpo iba perdiendo, jamás me había ocurrido algo semejante, por lo que ya el segundo día caminando me planteé seriamente abandonar el camino porque en las condiciones que lo estaba haciendo, si continuaban durante unos días, tarde o temprano tendría que hacerlo.

            Por la tarde, por fin divisé mi objetivo, a escasos dos kilómetros se encontraba el pueblo en el que voy a hacer el final de etapa. Creo que son los momentos más gratificantes de una dura jornada, cuando ves que tu meta está tan próxima. Entonces la mente ya no transmite ninguna sensación de dolor o de cansancio, solo está ocupada pensando en el momento mágico que llegas al albergue. Cuando te desprendes de la mochila y mientras fumas un cigarrillo vas cogiendo de nuevo el aliento que tantas veces ha llegado a faltar a lo largo del día y sobre todo en la ducha, ese momento tan especial cuando sientes como el agua que cae sobre tu cabeza se va deslizando por todo el cuerpo arrastrando con ella toda la fatiga, la suciedad y el cansancio que has ido acumulando en la jornada.

            Al ver el albergue vino la primera decepción, se trataba de un local inmundo, con apenas seis literas que ya estaban ocupadas y una ducha que no había visto la lejía ni el desinfectante hacía mucho tiempo.

            Apliqué el dicho que “el turista exige y el peregrino agradece” y aunque no agradecí estar en aquel lugar, asimilé pronto que era lo que tenía y por lo menos podía refrescarme y descansar, aunque me dieron ganas de, en lugar de haberme metido bajo la ducha, introducirme en un río de agua cristalina que bajaba de la montaña y discurre junto al albergue.

            Una vez que descansé lo suficiente, fui hasta la plaza del pueblo para sentarme en una terraza y disfrutar de ese relax en el que habitualmente sueles poner la moviola y al ver de nuevo en tu mente la etapa que acabas de realizar y disfrutas con aquellos momentos y lugares que el cansancio no te permitió hacerlo con tranquilidad.

            En la mesa de al lado estaban dos personas que no tenían el aspecto de peregrinos que estuvieran haciendo el mismo camino que yo, tampoco les había visto antes, pero uno de ellos me peguntó que si era peregrino y me invito a compartir su mesa con ellos.

            El más joven, hablaba con mucho entusiasmo del camino, a pesar de su juventud era un consumado peregrino y este se había introducido tan dentro de él, que había abandonado todo en su ciudad y estaba buscando un lugar idóneo para poner un albergue donde poder estar todos los días del año en contacto con los peregrinos.

            Al enterarse de las condiciones en las que iba a dormir esa noche, me ofreció su casa, disponía de una cama en la que podría descansar con comodidad, pero había estado caminando con otro peregrino y deseaba dormir en el albergue, aunque fuera en el suelo. Él no insistió porque lo comprendió enseguida. El peregrino disfruta mucho más de la incomodidad de un albergue que la comodidad de una buena cama en cualquier otro lugar.

            Al día siguiente tenía por delante un ascenso un tanto complicado y me comentó que unos kilómetros después de llegar a la cima, me fijara en una casa que había a la derecha del camino, ese era el lugar que había elegido para establecer el albergue de sus sueños, sería un lugar estupendo para poder descansar después de la difícil ascensión.

            Agradeciendo sus detalles, nos despedimos como lo hacen los peregrinos, con un sentido abrazo y no nos dijimos adiós, sino hasta la vista, hasta que Santi o el camino volvieran a hacer que coincidiremos de nuevo en cualquier punto de la ruta de las estrellas.

            Cuando pasé junto a la casa amarilla, la imaginé llena de frutales y de peregrinos que disfrutarían descansando a la sombra de los árboles y me acordé de nuevo de este hospitalero, porque aunque aún no disponía de un albergue, se veía a la legua que era un excelente hospitalero.

            La casa amarilla, con el tiempo se ha convertido en un paraíso para los peregrinos que recorren el camino primitivo, es un oasis donde encuentran el perfecto descanso para su cuerpo y la paz que algunos espíritus necesitan.

            Ahora cuando viene a mi mente la palabra o el sentido de la hospitalidad, siempre me acuerdo de Alesito que ha sabido encarnar este espíritu que le han transmitido o él ha sabido copiar a la perfección de las enseñanzas de los antiguos benefactores del camino.