almeida – 12 de junio de 2015.

peregrino

Algunas personas recorren el camino llevando encima un gran peso que en muchas ocasiones les impide seguir adelante. Pero no se trata de ese peso físico que se puede sacar de la mochila y dejar en cualquier sitio para caminar más liviano, generalmente, se ha introducido en lo más profundo del alma de donde resulta mucho más difícil sacarlo fuera.

                Uno de los remedios en estas situaciones es compartir las penas que se llevan con los demás, eso ayuda a superar las adversidades y en ocasiones a poder escuchar consejos que permitan superar estas adversidades, ya se sabe lo que dice el refranero, “las penas compartidas, lo son menos”.

                Pero hay verdaderos dramas que en muchas ocasiones resultan inconfesables, unas veces por vergüenza y la mayoría porque son tan grandes que no hay persona en el mundo salvo quien las está padeciendo que llegue a creerse que han ocurrido de verdad.

                En muchas ocasiones, en el camino, nos encontramos con esos lugares que se van convirtiendo en pequeños santuarios de los deseos. Seguramente un peregrino dejó allí una nota para los que venían por detrás y poco a poco los demás fueron imitándole y al final aquel lugar se convierte en un pequeño altar en el que se van dejando esos deseos o los agradecimientos que los peregrinos de forma anónima comparten con los que tengan la paciencia de leerlos.

                Hay especialmente dos sitios en el Camino en los que me suelo detener para observar lo que los peregrinos han ido dejando, uno es la hornacina que hay en los restos de lo que fue la sede principal de los Antonianos y el otro es la Cruz de Ferro, uno de los míticos emplazamientos del Camino.

                Suelo fijarme en las cosas que se van dejando y en alguna ocasión hay una nota que llama mi atención y me detengo a leerla para conocer los sentimientos de quien la depositó en aquel lugar.

                Entre las breves notas de saludo y agradecimiento, una nota más extensa llamó mi atención y la cogí para ver qué era lo que se decía en aquel legajo tan extenso.

                Estaba firmada por María, imagino que no sería realmente el nombre de la persona que la escribió, pero me llamó la atención el título que se encontraba escrito en letras mayúsculas que decía “ENSÉÑAME A PERDONAR”.

                Según la persona que había escrito esta nota, desde que había comenzado su camino a pesar de todas las experiencias agradables que le estaba proporcionando, no conseguía encontrar la paz, aunque estaba convencida que si en algún sitio podía hallarla, era en ese lugar.

                Había comenzado el camino tres semanas antes. Su intención inicialmente era estar recorriéndolo una semana, esperaba en ese tiempo encontrar las respuestas que estaba buscando, sobre todo aprender, como ella decía en el encabezamiento, a perdonar, pero no lo había conseguido y desde entonces estaba en una permanente huida hacia delante, no sabía hasta dónde llegaría, pero lo que sí estaba segura era que tenía que ser siempre hacia delante, porque huía del pasado, no quería volver a él, era algo que deseaba olvidar, aunque sabía que le iba a resultar imposible.

                Había tenido una vida normal conviviendo con una familia que para ella también resultaba normal, por lo que su infancia y la adolescencia habían resultado como la de la mayoría de las jóvenes de su edad.

                Tenía un gran amor a su madre que siempre de forma abnegada había buscado lo mejor para ella, por eso la quería como solo una hija puede hacerlo y por su padre sentía pasión, era su referente, esa persona fuerte y vigorosa que sabe afrontar las adversidades, era la imagen que siempre había tenido de sus padres.

                Su padre era maestro, para María era la persona más culta que había sobre la tierra, porque siempre que le hacia cualquier pregunta por difícil que ésta fuera, siempre había una respuesta a las dudas que tenía.

                Pero un día, lo que parecía una fortaleza sólida, se transformó en un castillo de naipes y se vino abajo todo el mundo que María se había formado.

                Su padre fue acusado de abusos en el colegio en el que impartía clase y según se fue tirando de la madeja se llegó a demostrar que además de los abusos habían existido algunos casos de violación lo que originó un escándalo mayúsculo en toda la ciudad y desde ese momento, María y su madre, se sintieron como leprosas, seres que habían convivido con un hombre despreciable y se fueron recluyendo en el interior de su casa hasta que llegaron a perder el contacto con el resto de los que, hasta ese momento, habían sido su mundo.

                El padre de Maria fue detenido por estas graves acusaciones que poco a poco se fueron demostrando y quedó a la espera de ese juicio en el que se resolvería su responsabilidad y se decidía el castigo que debía imponérsele.

                María trató de comprender el comportamiento de su padre, pero era incapaz, no podía entender como aquella persona que era tan importante para ella se había comportado de una forma tan despreciable.

                Cuando reunió las fuerzas suficientes, fue a visitarle a la prisión, deseaba comprender porqué lo había hecho. Su padre avergonzado de hablar de estas cosas tan delicadas con su hija solo sabía decir que lo sentía y lo lamentaba, que en esas situaciones no era él se trataba de otra persona que entraba en su mente y actuaba por él.

                Ninguna de estas explicaciones justificó para María el comportamiento que su padre había tenido, pero desde ese momento, se reunió con algunos especialistas médicos que le hablaron de la doble personalidad y comportamientos inevitables en algunas personas y María comenzó a comprender,  aunque en ocasiones pensaba que se engañaba ella misma tratando de ver que el comportamiento que había tenido su padre era ajeno al padre que ella conocía y comenzó a compadecerse de él y a sentir lástima por aquel ser que antes despreciaba.

                Fueron pasando los días y de la mente de María no se apartaba esta situación y poco a poco fue aprendiendo a comprender y quizá a perdonar, hubo un momento en el que estando con su padre, llegó a asegurarle que le perdonaba al ver las lágrimas de aquel que siempre había sido una persona tan fuerte.

                Pero según se iba acercando la fecha del juicio, las investigaciones que la policía estaba llevando de este caso, aportaron nuevas pruebas y además de las niñas del colegio descubrieron nuevos casos de abusos y violaciones, en esta ocasión en el cercano entorno familiar, aquello fue un mazazo para Maria que se marchó de la cuidad antes que se hicieran públicos los nombres de los familiares. Ya no podrían vivir en aquella ciudad sintiendo cómo se clavaban en ella las miradas de cualquier ciudadano y después de los nuevos descubrimientos, tampoco iba a contar con la comprensión de la familia que siempre suele estar en estas situaciones.

                Ahora, por más que lo intentaba no podía pensar en la palabra perdón, tampoco estaba segura que después de la nueva información quisiera perdonarlo, pero no se resistía a intentarlo, por eso se había alejado de todo lo que representaba el pasado tratando de comprender ¿Por qué? Y quizá con la esperanza de un día encontrarse con alguien que tuviera los conocimientos suficientes para enseñar a perdonar.

                Me pareció impactante aquella nota que procuré dejarla en la misma posición que me la había encontrada y sujeta con el mismo canto que había sobre ella para evitar que se la llevara el viento.

                Los días siguientes fui pensando en María, cada vez que me encontraba con alguna peregrina trataba de imaginarme que era ella, pero eran tantas las que caminaban como yo que resultaría imposible.

                Intentaba mirar a los ojos de las peregrinas, los ojos no saben engañar y en ocasiones nos llegan a decir más cosas de las que se pueden explicar con palabras, en aquellas situaciones que observaba unos ojos especialmente tristes trataba de caminar más tiempo a su lado y generalmente buscaba palabras de consuelo para generalidades que percibía que eran recibidas con agrado.