almeida – 11 de abril de 2014.

Santuario, desde el primer momento, solía ejercer un embrujo especial en quienes se encontraban allí. No resultaba en absoluto tangible,

pero se percibía esa sensación diferente que flotaba en el ambiente.

 

En una ocasión estuve allí con Isabor, ella me comentó que percibía una energía que en muy pocos sitios había observado. Y desde que he llegado, yo también la he sentido y la llevo permanentemente conmigo, ya que mi comportamiento está cambiando, hago cosas que en otras circunstancias me sentiría un poco cohibido, pero ahora las manifiesto con total desinhibición.

También lo observo en algunos de los peregrinos que se encuentran aquí descansando. Algunos se mueven con gran respeto por cada uno de los rincones de la casa y se detienen cuando algo llama su atención, observándolo en silencio durante muchos minutos, a veces me da la sensación de que se encuentran rezando o que están meditando, y procuro pasar a su lado en silencio como si no quisiera alterar ese momento tan especial que están experimentando.

Otros en cambio, cuando llegan en grupo no perciben absolutamente nada, para ellos es un lugar más del camino y procuran pasar la tarde que tienen que estar aquí de la forma más cómoda posible.

Recuerdo un día que fueron llegando varias parejas de italianos, eran siete u ocho personas mayores muy dicharacheras y bastante ruidosas; cuando se juntaban, hacían sentir enseguida su presencia, las bromas que se gastaban eran tan sonoras que alteraban por completo la tranquilidad y la paz que el resto de los peregrinos trataban de mantener.

Uno de ellos se puso a conversar con una joven, hablaban del camino que estaban haciendo y ella le comentaba la magia que se respiraba en cada una de las jornadas que estaban recorriendo. Para el peregrino, cada etapa era un día más que podía tachar de su personal calendario y un día menos para llegar a su objetivo, solo le preocupaba llegar y cuanto antes lo hiciera, más pronto volvería a su casa.

Durante la cena, los peregrinos italianos no hicieron una excepción. Cuando la mayoría ya se encontraban sentados a la mesa, llegaron ellos, venían algo alegres de tomar unas cervezas en el bar.

Como los peregrinos se habían ido sentando en los primeros sitios que encontraron, ocuparon la mayoría de los asientos, dejando libres algunos sitios sueltos, por lo que el grupo de italianos tuvo que sentarse disperso en la mesa.

Uno de ellos, el que parecía tener la voz cantante, enseguida fue organizando y moviendo a todos los demás peregrinos para que dejaran libres los sitios que ellos necesitaban para estar todos juntos.

Yo, observaba estas maniobras en silencio, no quise intervenir, aunque me resultaba poco enriquecedor lo que estaba haciendo, pues con sus amigos se encontraba todos los días y a todas horas; y ahora era ese momento en el que podía enriquecerse intercambiando experiencias con otros peregrinos que podían aportarle cosas nuevas.

Este peregrino, además de destacar entre todos por su voz de mando, era quien solía tener la última palabra; era un hombre un tanto rudo y tosco, poseía una gran corpulencia y su voz también era fuerte y muy rotunda.

Durante la cena se encargó de animar a sus amigos y al resto de los peregrinos, puesto que se atrevió a entonar algunas canciones de su tierra que fueron cantadas también por sus amigos y tarareadas o aplaudidas por el resto de los peregrinos.

No contaba con ellos para la oración de la noche, pensaba que seguirían la juerga que tenían montada en el jardín o volverían al bar para seguir animándose; pero está visto que nunca llegamos a conocer suficientemente a las personas o éstas siempre guardaban esa sorpresa con la que querían obsequiarnos.

Ese día también estaba en Santuario mi amigo Txema, un músico excelente. Cuando se encontraba en Santuario, cogía la guitarra que estaba en la sala de recepción de los peregrinos y la subía a la pequeña capilla; porque allí las notas sonaban de una forma diferente y las letras de cada canción parecían adquirir toda la riqueza con la que Txema las plasmó en el pentagrama. Eran verdadera poesía del camino, de cada uno de esos momentos que el compositor había conseguido captar y daba la sensación de que los revivía cada vez que los interpretaba de nuevo.

Fuimos repartiendo los deseos que otros peregrinos habían dejado para que fueran leídos por los que allí se encontraban. Cuando le llegó el turno al peregrino ruidoso, comenzó a leer su nota con esa fuerza que nos resultaba tan conocida, ya que durante toda la tarde fue lo que más se escuchó en Santuario.

Pero según iba leyendo, su voz se fue quebrando, en algunos momentos se hizo una barrera en su garganta que impedía que llegara a su boca cualquier sonido que deseara sacar de su interior.

Presté atención a lo que decía aquella nota, era de un peregrino que había perdido a la persona que más quería en el mundo, y estaba tratando de comprender porqué se la habían arrebatado de su lado cuando más la necesitaba; y ahora trataba de poder seguir viviendo sin sentir su presencia.

Cuando terminó la lectura de todas las notas, comenté a los peregrinos que quizá alguno se identificaría con lo que había leído; y en el caso de que no fuera así, buscaran en su camino a alguien que sufriera lo mismo que el peregrino había dejado en la nota que cada uno había leído, y si lo encontraban, trataran de ayudarle.

Observé oómo los ojos del peregrino se estaban empezando a empañar, solo faltaba un ligero parpadeo para que las lágrimas hubieran desbordado el globo ocular y se escurrieran por sus mejillas.

Le hice una señal a Txema, quien comenzó a arrancar algunos acordes a la guitarra. Las notas sonaron graves en la pequeña capilla, daba la sensación de que cada una de ellas iba arrancando una pena del corazón de los peregrinos; y cuando comenzó a cantar una hermosa canción, algunos peregrinos cerraron los ojos para que solo su sentido del oído fuera el que se enriqueciera con aquel regalo que en Santuario les estábamos ofreciendo.

El peregrino italiano llevó sus manos a los ojos cubriéndose la cara con ellas, observé como los sollozos silenciosos que estaba dando convulsionaban aquel cuerpo tan robusto; y vi como permaneció así hasta que Txema dejo de cantar.

Algunos de sus amigos, que comprendieron lo que le estaba pasando, apoyaron sus manos en su espalda y con ligeras palmadas trataron de consolarle.

Recuerdo haberle visto de nuevo conversando con la peregrina con la que estuvo por la tarde, ahora el tono de su voz y de sus palabras era diferente. Aunque no quise escuchar lo que estaban hablando, no pude por menos de oír cómo la peregrina le decía que la magia estaba en el camino y se encontraba en lugares como Santuario. Mientras ella le decía estas cosas, el peregrino ruidoso en completo silencio, asentía moviendo su cabeza de arriba abajo.