almeida – 7 de enero de 2015.

pastoralemanEra un pastor alemán diferente a los de su raza. Sus progenitores tenían un pedigrí especial y prestaban su olfa­to para las necesidades que las fuerzas de

seguridad tenían cuando buscaban determinadas sustancias y productos que se encontraban camuflados en los lugares más insospecha­dos que solo un buen olfato podía detectar.

 

Había nacido en el año 96, pasó la mayoría de las prue­bas que los especialistas exigían para que fuera un buen perro policía, pero al final fue descartado. Él no comprendía nada de lo que se hacía a su alrededor y, como cualquier cachorro, era feliz porque estaba bien cuidado e ignoraba su destino.

Cuando se vio descartado, se lo ofrecieron a Toño para que lo cuidara. Este tenía pensado irse a vivir a Castrojeriz, por lo que pensó que allí podría ser feliz y lo aceptó, así sería su compañero y cuidaría de la casa en la que se dispo­nía a vivir.

Toño adquirió una vivienda en la calle Real y en la plan­ta baja puso un bar. Aún era muy incipiente el paso de los peregrinos que se dirigían a Santiago pero esperaba que, con el tiempo, la invasión que predijo D. Elías Valiña fuera una realidad.

En este tranquilo lugar, Berni jugueteaba libremente. En la calle se pasaba la mayor parte del tiempo y, según fue creciendo, cada día se fijaba más en unos seres extraños que venían ataviados con ropas diferentes a las que usaban las gentes del pueblo. Portaban a sus espaldas grandes bultos y se ayudaban con un bastón que llevaban en su mano derecha.

Poco a poco, Berni se fue acostumbrando a estos seres extraños. Siempre era el centro de atención y los peregrinos solían ser generosos con él ofreciéndole parte del bocadillo o del pincho que degustaban en el bar.

Algunos días, Berni se marchaba detrás de los peregrinos. Al principio los acompañaba hasta la plaza del pueblo y cuando iba cogiendo confianza lo hacía hasta las afueras del pueblo pero nunca se atrevía a ir más allá del límite que marcaba la carretera. Desde allí veía desaparecer a los peregrinos por el camino que les conduce a Mostelares y él regresaba al cobijo del bar, donde su dueño le reñía cada vez que tardaba en regresar.

Un día, Berni vio llegar a un peregrino que venía con dos muletas, algunas veces observaba que los peregrinos se apoyaban en dos bastones, pero nunca había visto unos tan grandes y tan raros. Lo acompañó como siempre hasta la salida del pueblo, pero al llegar a la carretera se detuvo, entonces el peregrino le invitó a que la cruzara y lo hizo. Comenzó a explorar los límites de su universo, caminaba al lado del peregrino de los dos bastones y cuando el camino comenzó a elevarse, Berni iba delante de él moviendo su rabo y animándole a que subiera aquella cuesta. Cuando coronó el alto de Mostelares se dio la vuelta, dejando que el peregrino siguiera su camino.

Aquella experiencia para él fue muy agradable, había cruzado la frontera que tenía asignada y experimentó esa libertad que dan los espacios abiertos y se quedó maravillado de los paisajes infinitos que podía ver desde las alturas.

A la mañana siguiente, Berni salió antes que de costum­bre de su caseta. Se puso en la puerta del bar sentado sobre sus patas traseras y esperó la llegada de los peregrinos que habían salido esa mañana de Hontanas.

Vio aparecer por el comienzo de la calle a una peregrina que caminaba con dificultad, tenía su cara llena de arrugas fruto de los años que llevaba viviendo. Decidió que esa sería su compañera del día.

Ella se sintió protegida ya que Berni no permitía que ninguno de los molestos perros del pueblo atosigara a quien él había elegido. Caminaba jugueteando con la peregrina, correteaba haciendo círculos alrededor de ella y la peregri­na se sentía feliz, casi sin darse cuenta llegó a lo más alto de Mostelares. Cuando se encontraban en la cima, la peregrina extrajo de su mochila unos frutos secos y se los ofreció co­mo premio a Berni por la compañía que le había hecho.

Ahora Berni se sentía importante porque era querido por los peregrinos. Cada día él escogía al peregrino que veía más desvalido para que fuera su compañero de la jornada y le animaba con su compañía durante los siguientes kiló­metros.

Un día se fue detrás de un peregrino autista, este se sin­tió muy protegido por el animal y le acariciaba y le abraza­ba, Berni también estaba feliz y en esta ocasión no quiso dejar al peregrino y le acompañó hasta Frómista donde fi­nalizaba su etapa.

Al verse en una nueva población que él desconocía, se perdió entre sus calles y no supo encontrar el camino de regreso. Deambuló toda la noche por el pueblo hasta que le reconocieron y avisaron a su propietario para que fuera a recogerlo.

Berni recibió una dura reprimenda por parte de Toño, pero no le importaba, había sido tan feliz que continuaría caminando con sus amigos los peregrinos.

En ocasiones desaparecía más de uno o dos días. Toño, que sabía por dónde encontrarlo, cuando le echaba de me­nos, iba en su búsqueda. Al verlo, Berni agachaba las orejas y movía alegremente su rabo y Toño dejó ya de regañarlo porque le veía feliz y también los peregrinos que habían oído hablar de él iban al bar a buscarle porque ese día querían ser ellos los elegidos.

El universo de Berni fue creciendo, ya Mostelares se le había quedado corto y experimentaba a veces nuevos hori­zontes, aunque generalmente se circunscribía a la etapa que realizaba el peregrino que él había elegido.

Se estaba convirtiendo en una institución en el camino. Los peregrinos cuando regresaban a sus casas y escribían las experiencias de su camino, hablaban de este peregrino tan especial, algunos llegaron a denominarlo «el ángel del camino» .

Así se pasó siete años siendo el velador y el ánimo de los peregrinos más desfavorecidos, aquellos que él elegía por­que veía sus deficiencias y ese día serían sus inseparables compañeros.

Un mal día, Berni tardaba en regresar. Entonces Toño recibió una llamada de un peregrino diciéndole que había visto al animal tirado en una cuneta, parecía que aún respi­raba, pero se encontraba inerte estirado en el suelo.

Toño dejó lo que estaba haciendo y se apresuró en bus­ca de su perro, lo encontró tirado a unos metros del camino. Al sentir la presencia de su dueño, trató de abrir un ojo, pero lo veía todo nublado, su boca arrojaba una espuma blanca que no presagiaba nada bueno.

Le llevaron a un veterinario que le hizo un lavado de es­tómago, pero había transcurrido el tiempo suficiente para que el veneno colocado para capturar alimañas fuera alojándose en sus órganos vitales haciendo un efecto irreversi­ble en su organismo.

Después de dos días agonizando, Berni dejó de respirar. El veneno había causado un mortal efecto y todos los cui­dados para reanimarlo fueron en vano.

Cuando se conoció la noticia, muchos peregrinos lo la­mentaron. Para algunos se había marchado su ángel del camino, el mejor compañero que consiguieron tener en el camino, aunque el espíritu de Berni sigue vagando libre­mente en las cercanías de Mostelares y algunos elegidos consiguen percibirlo.