almeida – 22 de junio de 2014.

Algunas veces se acercan a Santuario algunos hospitaleros con los que había coincidido en alguna ocasión en cualquier lugar del camino. Cuando se enteraban que me encontraba allí, iban a hacerme una visita y de paso charlábamos durante toda la mañana o toda la tarde recordando los momentos tan especiales que en ocasiones nos suele proporcionar el Camino.

En una ocasión me encontraba hablando con uno de estos hospitaleros que conocí hace años, pero llevábamos mucho tiempo sin vernos.

En un momento de la conversación tratamos de recordar lo más curioso que nos había ocurrido a cada uno en el Camino o en el albergue y me contó una historia que me resultó muy entrañable.

Carlo, era un peregrino que estaba haciendo un camino diferente a los demás ya que uno de sus sentidos estaba atrofiado y se estaba perdiendo parte de lo que el Camino proporcionaba a los demás.

Su falta de visión había agudizado los demás sentidos y percibía como nadie los olores y los sonidos que desprendía el Camino; pero se estaba perdiendo esas maravillas que los demás podemos contemplar.

Aunque el lazarillo que le acompañaba le iba explicando lo que veían en cada instante, no era lo mismo que contemplarlo con los propios ojos, pero en lugar de lamentarse, Carlo disfrutaba con lo que los otros sentidos le estaban proporcionando, sabía que era un privilegiado porque con su minusvalía era una suerte poder contar con alguien para hacer este Camino que llevaba planificando mucho tiempo.

El lazarillo era muy buen guía, pues era consciente que en los momentos de cansancio, cuando las piernas no responden, si para una persona en perfectas condiciones puede ser un problema cualquier tropiezo, para un minusválido visual cada una de las irregularidades del terreno puede convertirse en una trampa que le haga dar con su cara en el suelo.

Caminaban muy compenetrados y casi no se percibía la minusvalía de Carlo a no ser que te detuvieras a observarlo, ya que los dos iban acompasados y daban cada paso como si lo tuvieran ensayado desde hacía mucho tiempo.

Llegaron a uno de esos lugares del Camino en donde los peregrinos se sienten como en su casa ya que se comparte todo, se hace una cena comunitaria y los hospitaleros saben como integrar a los peregrinos que van llegando. Cuando Carlo y su lazarillo llegaron, se encontraron a una joven peregrina con la que no habían coincidido en etapas anteriores. Era Yoshiro, una joven peregrina japonesa que estaba haciendo su primer camino y nada más ver a Carlo, lo miró fijamente y no podía apartar su vista de él.

El joven no percibió este gesto de la peregrina, aunque luego decía que había sentido algo especial cuando entró en aquel lugar, pero podía ser para quedar bien delante de la joven.

Cuando fueron a preparar la cena integraron a Carlo para que fuera pelando unas zanahorias. Aunque no veía lo que estaba haciendo, tenía mucha habilidad y práctica con el rallador y los que se encontraban en la cocina bromeaban diciendo que se hacía el ciego ya que había dejado las zanahorias perfectas.

La joven peregrina se encontraba a su lado y Carlo percibió el aroma que desprendía su cuerpo y se lo dijo. Ella se ruborizó, hasta que el joven siguió diciendo que le resultaba muy agradable aquel aroma y que no lo cambiara, porque a partir de aquel momento él sabría dónde tenía que encontrarla siguiendo el aroma que dejaba.

Cenaron juntos y cuando terminó la cena salieron a la puerta del albergue para disfrutar de la noche tan agradable que hacía en el exterior. Carlo le fue diciendo los motivos por los que se había puesto en el Camino, quería sentir la libertad de los espacios libres y creía que sería un lugar estupendo para agudizar sus otros sentidos y saber que podía servirse por si mismo.

El Camino para él estaba siendo muy interesante pues aunque no podía ver, iba percibiendo otras cosas que para los demás pasaban por alto, como el aroma que ella desprendía, que era una fragancia que estaría para siempre en su cabeza y ya nunca se marcharía de ese lugar;, siempre que oliera algo parecido le recordaría a ella.

Estuvieron hablando mucho rato y de muchas cosas y cuando el resto de los peregrinos se fueron a la cama, ellos continuaron conversando hasta que el cansancio que tenían y sobre todo pensar en la etapa del día siguiente, les recomendó irse también a la cama.

Antes de acostarse la joven le preguntó si podía caminar al día siguiente a su lado, le gustaría seguir conversando con él, ver como hacía el Camino y de paso conocerle un poco más.

—Claro —dijo Carlo —así podrás ser mi lazarillo.

A la mañana siguiente, la joven estaba esperando que Carlo y su guía bajaran a desayunar y cuando percibió que la joven estaba allí esperándole, comentó a su compañero:

—Hoy no vas a tener ningún trabajo, tengo un nuevo lazarillo que va a guiarme en esta etapa.

La joven escuchó como tenían que caminar, aunque Carlo, un poco picaron, le dijo que lo mejor era que ella le dejara apoyar su mano en el hombro, así iba sintiendo como daba cada paso incluso cuando tratara de evitar algún obstáculo y a través de este contacto, le iba transmitiendo sus intenciones, aunque lo que realmente el deseaba era sentir su contacto.

Los primeros pasos con su nueva guía fueron un poco desordenados, carentes de ritmo y compaginación, hasta que fueron acomodándose el uno al otro y cuando llevaban ya varias horas estaban perfectamente compenetrados.

Fueron conversando la mayor parte de la etapa, la joven no hacía más que preguntar cosas y Carlo encantado respondía a todas ellas, aunque a veces exageraba un poco para darse más importancia.

Esa fue una etapa muy especial para los dos, Carlo pensó que la joven se estaba retrasando por su culpa y no disfrutaba como el resto de los días, por eso se sintió aliviado cuando ella le dijo que al día siguiente le gustaría volver a caminar con él, era lo que él también deseaba, pero no se atrevía a preguntarlo por miedo a un rechazo.

Cada día que pasaban juntos fue naciendo entre ellos un afecto muy especial que se convirtió en amor ya que cuando llevaban juntos una semana, con la disculpa de ir mejor, el brazo de Carlo rodeó la cintura de la joven, pero a los dos les agradaba caminar así y ya no cambiaron la forma de ir caminando.

Antes de llegar a la meta, Carlo propuso a la joven que se fuera con él a Italia, no quería que cuando terminaran el Camino se fuera también ella para siempre y no la volviera a ver. La joven, que disponía aún de tiempo libre, le prometió que le acompañaría a Italia, se conocerían mejor ya que para ella también estaba resultando muy agradable su compañía y no quería desprenderse de ella.

Cuando terminaron el Camino, por la mente de cada uno fueron pasando una serie de cosas que habían ido guardando durante su camino, pero Carlo y Yoshiro estaban pensando lo mismo y su mente solo estaba llena de gratitud al Camino por haber permitido aquel encuentro.

Regresaron a la ciudad de Carlo y al cabo de un mes decidieron unir sus vidas para siempre y se casaron, ella encontró trabajo como interprete y disponían de mucho tiempo para estar juntos.

Un año después, fruto de ese amor que había nacido entre los dos, vino al mundo una pequeña que era la alegría de la casa y la ilusión de sus padres, que disfrutaban con ella como antes no lo habían hecho, porque además de la ilusión de Carlo, también eran sus ojos y se consideraba la persona más feliz que había en el mundo pues en un año una vida que estaba casi apagada, resplandecía ahora con una dicha que era muy difícil de poder explicar.

Cuando la pequeña contaba tres años, Yoshiro le propuso que los tres podrían ir a pasar las vacaciones al Camino, no lo recorrerían ya que la niña era todavía muy pequeña, pero algunos días, en aquellos sitios que eran muy especiales para ellos, si podían ir caminando de un pueblo a otro. A Carlo le pareció una idea excelente y además de las maletas, metieron en el coche dos ligeras mochilas y una más pequeña, querían que su hija se fuera acostumbrando a ese Camino que algún día recorrería después de lo que sus padres le hablaran de él.

Cuando llegaron al albergue en el que se conocieron, lo hicieron andando desde el pueblo anterior, eran apenas cinco kilómetros completamente llanos y a la pequeña le fueron explicando las cosas que estaba viendo, como si la niña comprendiera la emoción que ellos sentían.

En la puerta del albergue se encontraba el mismo hospitalero que estaba el día que ellos llegaron y les reconoció, sobre todo a Carlo porque era el único invidente que había alojado en alguno de los albergues en los que había estado.

Los peregrinos le dijeron lo que había pasado los últimos años desde que se conocieron allí y le mostraron a la pequeña que era lo que más querían los dos en ese momento. Habían decidido llevarla al lugar en el que los padres se conocieron y habían venido caminando desde el pueblo anterior donde habían dejado el coche y tenían una habitación en un hostal. Se quedarían un momento y después regresarían caminando.

—¡De ninguna manera! —Dijo el hospitalero —esta noche os quedáis a cenar y también a dormir, el albergue no esta lleno y os puedo dejar para vosotros uno de los cuartos.

Colaboraron en la elaboración de la cena recordando como se habían conocido y se lo fueron explicando a la pequeña, que estaba más pendiente de un gatito que se había colado de la casa de al lado.

Cuando se encontraban cenando el hospitalero les contó a todos los peregrinos la historia de Carlo y de Yoshiro y como el Camino de nuevo les había devuelto al albergue.

—Por un momento estuvimos pensando en haber venido a casarnos aquí —dijo la joven —aunque no sabíamos si se podía.

—Todo se puede arreglar —dijo el hospitalero —ahora, después de la cena oficiaremos de nuevo la ceremonia.

Cuando recogieron la cena, pusieron una de las mesas a modo de altar mientras el hospitalero buscaba un faldón que le sirviera de hábito. Los peregrinos buscaron como testigos a dos peregrinos orientales y con la participación y el júbilo de todos, escenificaron esa boda que ellos habían deseado.

Carlo encargó en el bar del pueblo algunas botellas de licor y esa noche la hora de silencio se prolongó al menos dos horas más.

—Creo —dijo la joven al hospitalero —que siempre había pensado que cuando me casara con Carlo sería el día más feliz de mi vida, pero lo que hemos celebrado hoy supera la emoción que sentí en aquellos momentos.

—En este albergue los peregrinos siempre escucharan una bonita historia que un día pasó y vosotros sois los principales protagonistas de ella —les respondió el hospitalero.