almeida – 21 de junio de 2014.

No he podido acostumbrarme a ellas, cada vez que llegaba un peregrino a Santuario y me disponía a ayudarles a desprenderse de sus mochilas, en algunas ocasiones la tarea resultaba bastante complicada, ya que al liberar una de las correas del hombro del peregrino, una serie de tubos se iban enredando con las correas y tenía que mantener a pulso la mochila mientras el peregrino liberaba lo que se había enredado.

Se excusaban diciendo que las nuevas botellas de agua que algunos llevan, se habían enredado y para evitar que se rompiera la goma o el propio recipiente había que hacerlo con cuidado.

Siempre he odiado este artilugio que se está imponiendo cada vez más entre los peregrinos, no se trata de llevar la clásica calabaza, que sigue siendo el recipiente mejor para conservar el frescor del líquido que contiene, ni tampoco de las voluminosas e incomodas cantimploras de aluminio, sino de las prácticas botellas, bien sean de plástico o de aluminio, que siempre me han parecido el mejor recipiente para transportar el agua.

Pero muchos peregrinos de forma incomprensible prefieren esas bolsas que siempre me han recordado a las tradicionales bolsas de agua caliente que nuestras madres o nuestras abuelas nos ponían en la cama en los días fríos de invierno para que los pies estuvieran calientes.

Estos artilugios que algunos llevan casi adheridos a su cuerpo o distribuidos en algún rincón de la mochila, tienen un largo tubo de plástico que me recuerda a ese cordón umbilical que mantiene unido el líquido con la boca.

Imagino que en una extensión tan grande como tiene la bolsa, el agua se calentara más de lo normal y cuando la beban no sentirán esa frescura con la que deben introducirla en sus cuerpos.

Pero parece que a ellos les gusta, según van caminando, sin tan siquiera detenerse, desprenden la boquilla que se encuentra al extremo del largo tubo y van dando los tragos que necesitan para que su cuerpo se encuentre hidratado.

Creo que uno de los momentos más especiales del Camino es cuando sentimos sed y vamos buscando ese rincón especial donde podemos hacer una parada para saciarla, generalmente suele ser allí donde hay una piedra o el tronco de un árbol que suele encontrarse en esos sitios estratégicos que luego mantenemos en la memoria.

Cuando lo encontramos, con paciencia, nos vamos desprendiendo de la mochila dejándola apoyada en el suelo y es entonces cuando nos sentamos y sacamos de uno de los bolsillos la botella y dando sorbos más o menos grandes, a la vez que nos refrescamos y saciamos la sed que se va agudizando, podemos contemplar lo que la naturaleza a puesto a nuestra vista para que pueda ser admirado en momentos como ese.

Todo esto es lo que se pierden aquellos que por medio del cordón umbilical se unen a su mochila cuando les veo como se la cuelgan cada mañana; tienen que hacer algunos ajustes para que todo esté en su sitio y no haya nada que les moleste, aunque cuando se van a quitar la mochila, bien sea para descansar o para hacer cualquier cosa, tienen que repetir esta complicada operación dos veces.

Cada mañana, cuando veía como los peregrinos se preparaban para marchar, inconscientemente solía hacer esa distinción entre los que disfrutan dando un trago de agua de aquellos que la llevan ya incorporada.