almeida – 27 de mayo de 2017.

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            La etapa de la juventud, es esa parte de nuestra vida en la que nos sentimos en la posesión de la verdad y lo único que deseamos es poder cambiar el mundo, algo tan natural en la evolución humana que hace que éste siga avanzando.

            Sergio e Isidro, eran dos jóvenes que todavía no habían llegado a la veintena y también en ellos se veía ese espíritu de cambio. Consideraban que tenían una misión en sus vidas y debían ponerla en práctica cuanto antes, ahora que contaban con esa vitalidad que les permitía convencer a los demás con los argumentos que bullían en su interior y estaban deseando sacarlos para compartirlos y que la gente que les escuchara los hiciera suyos, esa era su contribución a la sociedad para poder cambiar las cosas.

            Se dieron cuenta que en su círculo más cercano todo lo que hacían o decían tenía poco calado, unas veces pensaron que era porque quienes convivían a diario con ellos eran también personas de su misma edad y similares ideales y otras porque su mensaje ya estaba suficientemente escuchado. Por eso pensaron que debían buscar nuevos horizontes que les permitieran conocer a personas distintas, un campo que todavía estuviera en barbecho donde la semilla que ellos iban sembrando, germinara sin mayor dificultad.

            Isidro le propuso a su amigo, que las siguientes vacaciones que tuvieran, podían ir caminando por ese camino del que en alguna ocasión habían escuchado alguna cosa o habían leído que era recorrido por gente tan diferente entre sí, no solo por las edades, también por las costumbres de quienes estaban en él, sería el lugar ideal donde poder predicar esa filosofía que se había convertido en su forma de vida.

            Los dos estuvieron de acuerdo que ese año, sus vacaciones las dedicarían a recorrer ese sendero mágico en el que darían rienda suelta a su afán de cambiar las cosas si conseguían convencer y cambiar a las personas.

            Empezaron a caminar por uno de los senderos menos transitados de todos los caminos y a la vez uno de los más duros, por las dificultades que presentaba y desde el primer día. No solo con los pocos peregrinos que se encontraban, también con la gente llana del campo con la que se iban encontrando les planteaban sus argumentos de cómo estaba la sociedad que ellos habían heredado y lo que pretendían hacer para ir cambiándola poco a poco con el propósito de dejar una herencia mejor que la recibida.

            Enseguida se dieron cuenta del acierto que habían tenido en la decisión que habían tomado, las personas con las que se encontraban cada día sabían escuchar, mucho más que sus círculos más próximos que habían dejado atrás. Tuvieron la ocasión de compartir todos sus ideales con todo lujo de detalles, pero también los que caminaban junto a ellos les fueron transmitiendo las cosas que sentían y sobre todo los valores que para ellos eran importantes en la vida.

            Según iban pasando los días, los dos amigos se fueron percatando que cada jornada que pasaba hablaban menos y fueron escuchando un poco más. Fueron dejando que en sus mentes soñadoras entraran nuevas ideas y sobre todo nuevos valores en los que no se habían parado a pensar detenidamente antes de iniciar el camino que ahora estaban recorriendo.

            Todo lo que aprendían cada día, les estaba enseñando a ser mejores y sobre todo más completos. La visión que tenían de las cosas, aunque en lo más profundo de cada uno de ellos permanecía inalterable, se había ido enriqueciendo con cada una de las aportaciones que les estaban haciendo las personas tan diferentes que cada día tenían la suerte de coincidir con ellos.

            Cuando yo les conocí, llevaban más de medio mes en el camino. Estaban en uno de esos albergues en los que se respira un ambiente diferente a la mayoría de los que ellos habían estado anteriormente y deseaban hablar, querían compartir esas sensaciones que habían tenido la jornada anterior o las que se habían ido acumulando dentro de ellos los últimos días que llevaban en el camino.

            Les dejé hablar, lo hacían con casi tanta vehemencia como seguramente cuando comenzaron a caminar el primer día, pero enseguida me di cuenta que ya no ponían tanto énfasis en el mensaje que ellos deseaban exponer a los demás. Ahora hablaban mucho más sobre lo que estaban aprendiendo, sobre todas esas aportaciones que cada día les estaba obsequiando el camino bien a través de las personas con las que coincidían o simplemente por medio de lo que la naturaleza les estaba regalando.

            Enseguida me percaté que su mensaje ya no estaba siendo el mismo que el que aseguraron que deseaban exponer para cambiar el mundo, ahora habían aprendido a escuchar y sobre todo a asimilar esas cosas que van calando poco a poco en nuestro interior sin necesidad de que nadie trate de imponerlas, simplemente porque han encontrado un lugar fértil donde poder crecer y las raíces que van echando son tan fuertes que nadie podrá fácilmente desprenderlas de donde han germinado.

            Les comenté que era muy loable lo que ellos hacían y también como queriendo cambiar el mundo habían llegado a un lugar, en este caso el camino que les había ido cambiando poco a poco, sin que ellos casi se dieran cuenta y después de dos semanas ellos ya no eran los mismos ni volverían a serlo jamás.

            Se miraron y creo que por primera vez fueron plenamente conscientes que en su deseo de cambar el mundo, habían estado recorriendo un camino que les había cambiado a ellos.