almeida – 13 de Julio de 2015.

            A Ana, le habían hablado tanto del Camino que llegó ese memento que solo pensaba en él, deseaba saber si cada una de las cosas que le habían contado era cierta y sobre todo, quería comprobar si todos y cada uno de los sueños que se había ido formando sobre este sendero mágico se iban ajustando a la realidad.

            Deseaba tanto estar ante los pies del Apóstol que llegó en un momento a pensar que solo él podía solucionar ese problema que se había presentado en su vida, Santi, como ahora le llamaba, le ayudaría a encontrar esa luz que tanto buscaba en la oscuridad, la que le ayudaría a reconducir parte de los problemas que la estaban agobiando y salir de las tinieblas en las que se había sumergido.

            Cuando dispuso de diez días, no se lo pensó más y fue guardando todo en su mochila. La llenó de esperanzas, de deseos, de sueños, de ilusiones y también de lo que iba a necesitar durante esos días que se iba a encontrar caminando.

            Fue tanto lo que puso en aquella mochila que apenas podía levantarla del suelo, pesaba el doble de lo que le habían recomendado, pero la fuerza que le impulsaba a enfrentarse a aquel reto, estaba convencida que la dudaría en los muchos momentos de dificultad que se fueran presentando a lo largo del camino.

            Con la ilusión del novel, se presentó en la capital maragata y enseguida se dio cuenta que se encontraba en un lugar especial y sobre todo diferente porque cuando sus pies sintieron el contacto con el Camino, el ánimo un tanto decaído que llevaba se vino enseguida arriba y sobre todo afloraron rápidamente esas ilusiones sobre lo que esta ruta la iba a deparar.

            La ilusión con la que se puso a caminar el primer día hizo que su mente se fuera dispersando por todo lo que había a su alrededor, eran tantas las sensaciones que le estaba proporcionando el camino que se olvidó enseguida de lo que la había llevado hasta allí y también se fue olvidando del peso que llevaba encima y afrontó esa jornada con la satisfacción de quien realiza algo por primera vez y se siente reconfortado por haberlo conseguido.

            Había conocido a muchas personas en esos pocos kilómetros, eran seres anónimos que en condiciones normales hubieran pasado desapercibidos, pero cuando llegó al final de esa jornada, algunos tenían la impresión de conocerles de mucho tiempo. Era esa sensación inexplicable que solo un peregrino consigue comprender y la peregrina se estaba dando cuenta que la decisión que había tomado era la acertada.

            El alivio que sintió al desprenderse del peso que llevaba sobre su espalda fue una sensación tan agradable que pocas veces recordaba algo parecido y en el momento que le asignaron una litera, fue haciendo lo que veía o había escuchado al resto de los peregrinos. Primero quitarse la ropa de esa jornada y una buena ducha que consiguiera dejar todo el rastro de fatiga en el desagüe.

            Cuando se quitó las zapatillas, notó en uno de los dedos del pie una sensación de dolor, pero ella lo achacó a la falta de costumbre de caminar durante tantas horas y sobre todo a hacerlo con aquella carga tan grande que llevaba.

            La jornada siguiente, ya se consideraba casi una veterana, al menos no era la inexperta del día anterior y afrontó esa segunda jornada con una ilusión especial. Se empaparía de cada cosa que el camino había dispuesto para ella y disfrutaría plenamente de cada una de las cosas que fuera dejando atrás.

            Ésta no fue una etapa como la anterior, las molestias que sentía en su pie, iban cada vez en aumento y se fue preocupando por no poder llevar el mismo ritmo que había mantenido hasta entonces y sobre todo, temía por el dolor que cada vez era más agudo y la obligó a detenerse en varias ocasiones.

            Cuando el dolor se estaba haciendo insoportable, se descalzó y al retirar el calcetín, se dio cuenta que se había ido formando una peligrosa ampolla en la uña de uno de los dedos y la fricción hacía que cada paso que daba se fuera incrementando.

            No le quedó más remedio que ir a una consulta médica donde después de analizar la zona afectada, la única opción que el medico vio fue cortar aquella ampolla y vendar la zona afectada y antes que Ana abandonara la consulta, el médico fue tajante:

            -En las condiciones que te encuentras, es una temeridad que sigas adelante, mi consejo es que dejes el Camino para otra ocasión porque así no puedes continuar.

            Aquellas palabras fueron como un mazazo para las ilusiones de Ana, no dijo nada porque las lágrimas que se estaban acumulando en sus ojos le impedían articular ninguna palabra y nada más salir de la consulta rompió a llorar, se sentía hundida y sobre todo, estaba decepcionada por tener que abandonar ese sueño del encuentro esperado con el Apóstol, ya no podría decirle las cosas que quería confiarle y sobre todo, ya no llegaría como peregrina y no podría experimentar esa sensación que se tiene al llegar con el esfuerzo personal que te concede esa licencia para poder hablar con el apóstol abiertamente y pedirle lo que tantas veces retumba en tu cabeza y necesitas sacarlo de donde se encuentra.

            Analizó las opciones que tenía; una era dejarlo como le había recomendado el médico y regresar derrotada a su casa, la otra era coger un autobús y llegar hasta Santiago, pero esta no la convencía, no tendría el valor de mirarle a los ojos, porque sentiría que le estaba defraudando. Ninguna de las dos opciones satisfacía la voluntad de Ana porque cualquiera de ellas era peor que la anterior, no importaba el orden en el que fueran puestas.

            Pero había una tercera opción que era seguir adelante, esa era la que nadie le aconsejaría pero se estaba convirtiendo en la única que tenía algo de sentido y de valor para Ana.

            Seguramente, las horas que siguieron a la consulta, fueron las que Ana sintió más cerca la presencia de Santi porque se encomendó a él en cada uno de sus pensamientos y trató de imaginarse que es lo que él podía aconsejarle, necesitaba más que nunca su ayuda y estaba convencida que no la iba a dar la espalda.

            Hubo una extraña sensación que le hizo comprender que esta tercera opción era esa prueba que Santi le tenía reservada para conocer realmente la devoción con la que la peregrina estaba recorriendo aquel Camino, es esa prueba que en ocasiones la vida nos pone en nuestro camino y si no lo intentamos solo estaremos lamentando el resto de nuestros días no haberlo intentado.

            Ana, cada vez estaba más convencida de ello, sabía que se encontraba allí por algún motivo y se había dado cuenta que el esfuerzo que tendría que hacer iba a ser muy grande, pero también era muy importante lo que la había llevado hasta allí y no podía dejarlo en el primer contratiempo.

            Fue una noche muy dura la que pasó en aquel albergue berciano, pero cada pensamiento que acudía a su mente iba ratificando la decisión que había tomado y sobre todo, se estaba convenciendo que el resto del camino no lo iba a hacer sola, aquel a quien esperaba ver en Compostela había sido quien le había dado ese impulso tan necesario y estaría en cada momento a su lado.

            Sabía que sería una peregrinación en la que se mezclaría un poco de penitencia, pero contaba con un as en la manga que era contar con el apoyo de quien más lo necesitaba en esos momentos que estaría siempre acompañándola.

            Cuando se levantó por la mañana, el dolor del dedo se hizo enseguida patente y cuando se fue calzando sentía que cada roce era como un pinchazo muy intenso, pero estaba decidida y el dolor no iba a ser el impedimento de poder culminar su propósito.

            Puso sobre su espalda los trece kilos que tenía en su mochila y los sintió como una pesada losa, aunque se dio cuenta enseguida que había otra carga que antes llevaba que se había quedado en aquel albergue, ya no la sentía y eso renovó los ánimos que tenía.

            Las siguientes jornadas, más que una peregrinación se estaban convirtiendo en una penitencia, pero Ana estaba segura de lo que estaba haciendo, se sentía con fuerzas para seguir adelante y en esos momentos de debilidad que siempre hay en el Camino, sabía que la estaban dirigiendo, no debía preocuparse porque estaba convencida que alguien se estaba preocupando por ella.

            Algunos momentos fueron especialmente difíciles, pero por su mente no pasó nunca el abandono, cada paso que estaba dando era uno menos que le quedaba para concluir su sueño y éste se encontraba cada vez mucho más cerca, lo tenía ya al alcance de la mano.

            Curiosamente, aunque el dolor no remitía y en ocasiones se iba haciendo más patente, Ana apenas lo sentía, solo se daba cuenta que se estaba enamorando de ese camino que le aportaba tantas sensaciones nuevas y sobre todo la estaba llenando interiormente de tal forma que se sentía una elegida entre todos cuantos caminaban a su lado porque el apóstol, entre todos los peregrinos que se encontraban en el Camino, la había elegido a ella para que fuera la peregrina que le presentara sus respetos en la catedral compostelana.

            Cuando desde lo alto del Monte do Gozo presenció las agujas de la Catedral, la emoción no se pudo contener y se apartó a un lugar en el que no había peregrinos y lloró dulcemente, fue derramando esas lágrimas que cargadas de alegría y de ilusión fecundan todo cuanto tocan. La peregrina estaba contenta y no pudo evitar alzar los ojos hacia el cielo y fijarse en aquella nube que se encontraba sobre su cabeza y, como un día le ocurrió al divino Buonarotti, vio en aquel cúmulo celeste tantas imágenes, que solo ella fue capaz de poder interpretarlas.

            Ahora sentía que había dejado de caminar. El descenso hasta las viejas piedras de la catedral, percibió que lo hacía con sus pies sobre esa nube que había contemplado minutos antes y era sobre ella como se estaba desplazando hasta la presencia del apóstol. Como si este pretendiera que sus zapatillas se encontraran libres de toda impureza que podía encontrarse por las calles porque iba a recibir a su peregrina y quería verla inmaculada, como siempre la había contemplado en aquellos sueños.

            Desde que sintió las viejas piedras de la ciudad, quiso ir avanzando muy lentamente, saboreando cada uno de los segundos que le quedaban para encontrarse con su benefactor y cada uno de esos recuerdos lo guardaría en el espacio que su mente había dejado libre y de allí no se escaparían nunca.

            Cuando por fin pudo contemplar la imagen pétrea que el maestro Mateo esculpió en el pórtico, Ana contempló aquella expresión que le decía tantas cosas que tenía la sensación que había sido tallada como a ella le gustaba contemplarlo y siguiendo los rituales peregrinos fue avanzando hasta el interior del templo hasta que se detuvo ante la brillante imagen del apóstol.

            Eran esos momentos en los que sobran las palabras, pero si se hubiera podido amplificar la mente, se hubiera escuchado nítidamente en el templo los pensamientos de Ana:

            -¡Aquí estoy, he llegado y ha sido gracias a ti!

            Seguramente después se habría escuchado una voz como de ultratumba:

            -¡Acaso lo dudabas, yo sabía que llegarías, porque te elegí a ti para que vinieras a mostrarme tu respeto como lo estás haciendo. Bienvenida peregrina!

            Son esos sentimientos que afortunadamente solo pueden comprender los peregrinos y le están vetados a todos los demás, porque esas emociones no pueden ser compartidas nada más que con los que las han sentido en alguna ocasión.

            Cuando Ana se acercó hasta el altar mayor, esperó a que se diluyera la cola que había para esperar cumplir con el ritual de abrazar al santo, ella deseaba hacerlo con el tiempo que necesitaba porque tenía que contarle muchas cosas, quería compartir aquel camino con él y sobre todo deseaba agradecerle que la hubiera elegido a ella para llevarla a su presencia.

            Fue uno de esos abrazos sentidos en los que Ana, sin darse cuenta, fue transmitiendo todo lo que llevaba dentro de ella y lo compartió como tantas veces había soñado hacerlo. Son esos instantes que siempre nos van a acompañar en nuestra vida y que difícilmente se pueden contar porque es algo que se queda para siempre entre quienes los han compartido.

            Cuando Ana salió de aquel templo comenzó a saborear todo lo que había sentido y comenzó a darse cuenta que ya no dejaría de hacerlo el resto de su vida, se había convertido, no en una peregrina, era la peregrina, la que había sido elegida para llevar a buen puerto su proyecto y desde entonces cada uno de los pasos que da en su vida, lo hace sabiendo que no se encuentra sola y cuando sea así, sabe que siempre tiene el camino para sentir esa compañía con la que tanto le gusta caminar.