almeida – 13 de marzo de 2015.

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                Cada vez con más frecuencia, uno de los temas más recurrentes de conversación con los peregrinos, son esas casualidades que en ocasiones ocurren durante su camino. Inicialmente se ven como situaciones atípicas, pero con el paso del tiempo nos vamos dando cuenta que las casualidades cada vez existen menos y si ocurren de esa forma, es porque estaba predestinado a que fuera así.

                Eso es lo que me afirmaba una peregrina cuando comentábamos estos sucesos que ocurren frecuentemente en el camino, bueno, más bien me contaba ella porque siempre dejo que sean los peregrinos los que vayan compartiendo esas cosas que tanta necesidad tienen de exponer a los demás, porque de esa forma ratifican que lo que a ellos les ha ocurrido no es algo anormal y en el camino suele ser más frecuente de lo que parece.

                Marga, era una de esas peregrinas que llegó al albergue e inicialmente pasaba desapercibida entre los demás, pero poco a poco fue pasando cada vez más tiempo a mi lado y compartía conmigo cada una de las sensaciones que estaba teniendo desde que puso sus pies en el camino.

                Como no podía ser de otra manera, la conversación pronto derivó a este recurrido tema o seguramente fue ella la que provocó que ocurriera de esa forma ya que deseaba compartir conmigo un suceso que acababa de ocurrirle.

                Le gustaba detenerse en los pueblos pequeños en los que también había albergues pequeños donde podía disfrutar más de su estancia sin el estrés y la aglomeración de las grandes poblaciones que jalonan el camino.

                Pero, ese día se encontraba muy cansada, según su expresión, estaba muerta y no iba a poder hacer los diez últimos kilómetros que le quedaban `para llegar a ese pequeño pueblo en el que había decidido terminar su jornada.

                Cuando llegó a la población anterior, un pueblo grande, el mayor por el que había pasado los últimos días, desechó inicialmente quedarse allí, pero sus piernas comenzaron a advertirla que no podían continuar y no le iba a quedar más remedio que detenerse a pesar de lo pronto que era.

                Pensó que podía quedarse descansando unas horas en el albergue y si se recuperaba, recorrería esas dos horas que le faltaban para llegar al lugar que inicialmente había decidido detenerse.

                En estas poblaciones grandes, enseguida pierdes la referencia del camino y en ocasiones para llegar a donde deseas, te hacen dar un rodeo importante para que no te vayas de allí sin haber conocido antes la población por lo que Marga nada más acceder a las primeras casas del pueblo decidió preguntar a la primera persona que encontrara donde estaba el albergue para ir directa hasta él.

                Cuando se encontraba cruzando el puente de la población que la llevaba a la parte vieja, se cruzó con una persona que venía en dirección contraria y fue e está a la que pregunto:

                -¿Podría decirme dónde se encuentra el albergue?

                -¿Cual buscas, el privado o el municipal? le respondió él.

                -Me da lo mismo, el primero que este en mi camino, necesito llegar hasta él para descansar.

                -Pues el primero que vas a encontrar nada más pasar el puente a la izquierda, es el municipal y coincide que yo soy el hospitalero. He salido a dar un paseo y está cerrado, pero como no tengo nada mejor que hacer, te acompaño y lo abro para ti.

                Según iban caminando en dirección al albergue, Marga se interesó por la labor que estaba haciendo, siempre le había interesado este trabajo que hacen los hospitaleros voluntarios.

                -La verdad es que no puedo contarte muchas cosas, porque llevo solo dos días, bueno, uno ya que hoy es el segundo día que voy a estar como hospitalero.

                -Siempre me ha gustado lo que hacéis y quién sabe si algún día yo también estaré de hospitalera en alguno de los albergues del camino – dijo Marga.

                -La verdad es que yo no debía estar aquí – aseguró el hospitalero.

                Marga esperó a que le dijera los motivos por los que hacía aquella afirmación, aunque se dio cuenta que no quería hablar mucho sobre ello por lo que el resto del trayecto lo hicieron en silencio.

                Cuando llegaron, Marga le comentó lo que la había ocurrido y que no sabía si se iba a quedar, para ella era aún muy pronto y no le gustaba pasar tanto tiempo en un lugar, prefería estar caminando, por lo que si se recuperaba, igual continuaba su camino.

                El hospitalero le ofreció un asiento en el que podía descansar y mientras Marga se desprendía del peso que llevaba y se ponía cómoda, él fue preparando unas infusiones y cuando estuvieron preparadas se sentó al lado de la peregrina.

                Siguieron hablando del camino y de lo que representaba para cada uno, cómo había transformado sus vidas y se dieron cuenta que los dos, veían del camino de una forma muy parecida y sobre todo que las sensaciones que tenían cada vez que se encontraban sobre él, eran similares.

                Poco a poco, se fueron sincerando y cada uno de ellos fue confesando al otro las motivaciones personales que le habían llevado hasta el camino, como ocurre con frecuencia, es esa búsqueda que difícilmente se puede encontrar en otra parte.

                El hospitalero le habló a Marga de las veces que había recorrido el camino en compañía de su mujer y como los dos disfrutaban cada uno de los instantes que estaban juntos en el camino, ahora se habían planteado ver el camino desde los albergues acogiendo a peregrinos, pero todo se había truncado y ya no iba a poder ser.

                Marga percibió mucha amargura en aquellas palabras pero no quiso decir nada, también ella sabía que en estos casos hay que dejar que la gente se sincere y cuente todo lo que desea contar.

                Entonces fue cuando el hospitalero abrió su corazón y dejó que fueran saliendo los sentimientos que estaban allí encerrados y que necesitaba compartir con alguien.

                -Como antes te he dicho, no tenía que estar aquí, en estas fechas solía ir con mi mujer a recorrer una parte del camino y en esta ocasión habíamos pensado caminar dos semanas y luego ir al albergue que nos destinaran, pero hace unos meses todo se trastocó, todos los planes que habíamos hecho tuvimos que descartarlos y dejarlos aparcados.

                A mi mujer, le habían detectado un cáncer y cuando lo descubrieron ya era demasiado tarde para poder atajarlo, se encontraba muy extendido y se fue en unos meses, su degradación fue galopante hasta que se consumió por completo.

                Pensé que el consuelo de mis nietos, tenemos dos y el más pequeño que tiene ahora dos meses, nació el mismo día que ella se fue, pero no fue así, me ahogaba dentro de mi casa y necesitaba salir porque hubo momentos en los que dejé de sentir el ruido y necesitaba sentir ese bullicio y sobre todo sentirme útil y por eso pedí que me dieran un destino urgente en cualquier albergue del camino porque de lo contrario, veía que iba a caer en una depresión de la que me iba a resultar muy difícil salir de ella.

                -Gracias por compartir conmigo todo lo que te está corroyendo por dentro, estoy convencida que dejar que salgan esas cosas que llevas en tu interior te va a ayudar a sobrellevar la pena que tanto te está agobiando – dijo la peregrina.

                -La verdad, – dijo el hospitalero – es que es la primera vez que se lo cuento a alguien, no lo había hecho hasta ahora.

                -Pues gracias dobles. dijo ella – me alegra que lo hayas compartido conmigo, seguramente habrá sido porque me has visto llegar en tan mal estado que me ha venido bien escucharte para darme cuenta que hay verdaderos problemas en la gente que está sobre el camino y las molestias que yo traía son solo algo pasajero que se va cuando haya descansado un poco.

                -La verdad – continuó el hospitalero – es que me recuerdas mucho a mi mujer, nada más verte en el puente, pensé que eras ella, me ocurre a veces ya que todavía no asimilo que se haya ido, pero según estábamos hablando y me fijaba en ti, cada vez me recordabas más a ella, tus gestos, la forma de expresarte, en fin eran demasiadas coincidencias y seguramente ha sido por eso por lo que te lo he contado.

                -Bueno – dijo el hospitalero – que llevamos más de una hora hablando y no nos hemos presentado formalmente, yo me llamo Manuel ¿y tú?

                -Me llamo Marga – comentó la peregrina.

                -así era como se llamaba mi amor – dijo Manuel ahora comprendo más porqué tenía que contártelo, demasiadas coincidencias.

                Marga se quedó en el albergue, estaba dejando de creer en las coincidencias y ese día comprendió lo que alguien en alguna ocasión le dijo cuándo le aseguró que es el camino el que determina hasta qué lugar tienes que llegar cada jornada y no le cabía ninguna duda que ese día, el camino había decidido por ella.