almeida – 13 de octubre de 2014.

David, era un joven que me resulto muy sensato. Inicialmente no era de esas personas que te puedas formar una opinión de él hasta que no le

conoces porque su forma de vestir, la forma de comportarse, te hacen pensar que puede ser muy diferente a como realmente era.

 

Son esas personas a las que el camino te ha enseñado a no prejuzgar porque generalmente la idea que te haces de ellos suele ser errónea y es necesario escucharles, saber como piensan, lo que dicen antes de atreverte a definirlo.

Llegó al albergue en compañía de su padre, los dos se encontraban haciendo un camino especial para ellos, aunque cada uno lo hacia por una motivación diferente, pero se veía enseguida que se encontraban muy a gusto y disfrutaban de la compañía del otro a pesar de una acusada diferencia generacional que podía separarles, había muchas más cosas que los unían.

Desde que llegaron al albergue, apenas se separaron el uno del otro, cada uno participaba en las cosas que el otro hacía y yo les deje que disfrutaran de ese momento de descanso y de meditación que siempre necesita el peregrino, ya habría tiempo de conocerlos y si no se daba la ocasión seguro que era porque tampoco tenia que producirse.

Ya avanzada la tarde, me encontraba sentado en la puerta del albergue disfrutando de esos momentos que también el hospitalero en ocasiones necesita, son las reflexiones sobre los peregrinos que esa jornada me ha aportado el camino, aunque generalmente es una reflexión que suelo hacer después de realizar la limpieza diaria, cuando ya todos se han marchado, ese día quiso que mi mente estuviera centrada en el grupo tan heterogéneo que se alojaba en el albergue.

Fue el padre de David el que se acerco a preguntarme no se que cosa y entonces también el joven se acerco y se sentó a nuestro lado.

Como no podía ser de otra forma, enseguida la conversación giró en torno al camino, a la jornada que acababan de realizar a todo lo que el camino puede aportar al peregrino desde que comienza su peregrinación.

David estaba encantado con la experiencia que estaba realizando. Inicialmente su camino lo había considerado como una obligación, pero ahora disfrutaba de cada uno de los momentos en los que estaba recorriéndolo, porque según me confesaba, había una magia especial en esta ruta que es muy difícil de explicar, pero quien la siente, sabe en todo momento que se encuentra ahí, esa energía que no se ve pero que te rodea por todos los lados haciendo que surjan las situaciones y las cosas mas inverosímiles, cosas que para la mayoría son incomprensibles pero afortunadamente para algunos son una realidad.

Comenzó a contarme cómo había surgido la necesidad de hacer este camino y fue por una promesa que meses antes había hecho en un hospital de la ciudad en la que vivía.

David había establecido una buena amistad con un joven de su edad que era boliviano, los lazos que los unían eran tan grandes que mas que amigos podían considerarlos hermanos, siempre estaban juntos y se apoyaban el uno en el otro solo como saben hacerlo esas personas a las que hay algo por encima de la amistad que les une.

Los dos jóvenes eran felices, tenían todo lo que a su edad se puede desear y sobre todo contaban con una cuadrilla de amigos y amigas bastante amplia con la que siempre disfrutaban, como él afirmaba, “a tope”.

Pero a veces la fatalidad se interpone en el camino de la vida y un buen día ingresaron al amigo de David en el hospital y después de exhaustivas pruebas, detectaron que padecía cáncer y era preciso realizar una intervención antes de que comenzara a avanzar.

En esos casos suelen pedir a los familiares y amigos que se ofrezcan para donar sangre, pero la sangre del amigo de David, era del tipo menos habitual y de todas las personas que se ofrecieron, ninguna era compatible con la sangre del joven.

Los Hospitales cuentan con estos imprevistos y siempre tienen contacto con estos donantes para casos muy especiales por lo que buscaron en su archivo y llamaron a las personas que había en la ciudad que podían ser donantes compatibles.

Fueron momentos muy difíciles, sobre todo de gran incertidumbre, durante las horas que pasó David en la sala de espera del hospital esperando noticias de su amigo, se hizo mil y una promesas, de mejorar, de hacer lo que fuera necesario si su amigo se ponía bien, hasta prometió hacer el Camino de Santiago, algo que desconocía, pero había visto en algún documental o en un reportaje, lo ponían como una experiencia dura y exigente físicamente, bueno, pues si su amigo se recuperaba, también recorrería en peregrinación el Camino de Santiago.

Cuando los médicos salieron después de la intervención para explicar a los familiares y amigos la situación del enfermo, les dijeron que todo había ido bien y que había coincidido que en la localidad, había un donante que era un monje franciscano al que habían podido localizar y se había prestado para ofrecer ese líquido de la vida que era tan raro para ser asimilado por el cuerpo del amigo de David.

Cuando su amigo se recuperó, David le contó las promesas que había llegado a hacer durante aquellas tensas horas y estaba dispuesto a cumplirlas. Su amigo le dijo que le acompañaría, pero los médicos le recomendaron que era muy pronto para hacer un esfuerzo tan grande, que hasta que no recibiera el alta definitiva y eso podía prolongarse durante meses, no le aconsejaban que se fuera durante treinta días a estar fuera de casa sin las revisiones periódicas que tenia que hacer.

Pero David, no quería dejar que su promesa cayera en el olvido y era una persona que le gustaba cumplir lo que prometía, por eso cuando le dieron las vacaciones, comenzaría a cumplir lo que había dicho.

Durante el camino fue conociendo a las personas más variopintas que podía imaginarse y de todas fue extrayendo enseñanzas que le iban resultando muy positivas no solo para afrontar cada una de las jornadas que tenia por delante, algunas estaba convencido que le ayudarían el resto de su vida.

Un día, el camino puso a dos peregrinos a su lado. Eran mayores que él y bastante austeros en sus costumbres y en el comportamiento, muy diferentes a David, pero suelen ser esas situaciones en las que los polos opuestos se acaban atrayendo y el joven caminaba a su lado más a gusto que con otras personas con las que coincidía cada jornada.

Poco a poco, fue surgiendo entre ellos esa complicidad que nace entre las personas con las que compartes cada una de las cosas que te ocurren a lo largo de una jornada y cuando comentaron las motivaciones que les habían llevado a cada uno de ellos a recorrer el camino, David les fue detallando como su camino había surgido por una promesa que se hizo una larga noche en la sala de un hospital al sentirse muy desgraciado por no poder haber ofrecido su sangre a su amigo cuando este lo necesitaba.

Iba contando la historia con tanto detalle que no se percató como los dos peregrinos se miraban un tanto sorprendidos, pero todos los detalles que David estaba proporcionando, para uno de ellos no eran del todo desconocidos.

Al ver que procedían de la misma ciudad, que estaban hablando de un hospital que para ellos era conocido, uno de los monjes le confeso quienes eran, los dos eran monjes franciscanos de la congregación de la ciudad en la que vivía David y uno de ellos el que le estaba confesando estos detalles, le dijo que él era uno de los extraños donantes que tenía ese tipo de sangre tan extraña y que por las fechas que le decía y por el origen de la persona que necesitaba con urgencia un trasplante durante una operación, no le cabía ninguna duda, él, había sido el donante al que el hospital llamó para hacer la transfusión de sangre a su amigo durante la operación.

David no podía creérselo, era demasiada coincidencia, pero el monje le dijo que en la vida las coincidencias no suelen ser tales, lo que ocurre es que es muy difícil que podamos apreciarlas, pero en el Camino, estas cosas que parecen inverosímiles, acaban por manifestarse y es en esos momentos cuando nos damos cuenta que las cosas y las situaciones acaban ocurriendo porque así tiene que ser, esa es una parte de la esencia y de la magia que en muchas ocasiones atribuimos al Camino, aunque deberíamos decir que habría que atribuirlas a la vida.

Curiosamente, fue el ultimo día que David caminó junto a aquellos peregrinos, no sabe si llevaron otro ritmo diferente al suyo o tuvieron que dejar el camino, pero hasta en eso, vio algo especial, porque ocurrió el ultimo día que caminaron juntos y David lo interpretó como una señal del Camino, ése que desde aquel momento, siempre verá de una forma diferente.