almeida – 6 de mayo de 2014.

Reconozco que siempre he sido un tanto negado para los idiomas, quizá sea por mi acusado sentido del ridículo. Esto me impide entender y hacerme comprender por los numerosos peregrinos, que procedentes de otros países, han llegado hasta el albergue en el que me encontraba.

También puede ser un poco de cabezonería, “¿por qué he de ser yo quien me esfuerce por entenderse con esos visitantes?” Cuando yo he ido a sus países, he sido yo quien he tenido que aprender algunas palabras en su idioma si he querido hacerme entender.

Pero no me cabe la menor duda que tiene que ser un esfuerzo compartido; si yo voy a los albergues de forma voluntaria y desinteresada, tengo que lograr que, al menos los que lleguen hasta el lugar en el que me encuentro, se sientan comprendidos y a la vez comprendan las normas que tengo que decirles antes de darles acogida.

Cuando no lo consigo, procuro ayudarme de una hoja en la que se recoge cada una de las cosas que les voy diciendo, esta hoja está escrita en la mayoría de los idiomas más habituales en la ruta jacobea: castellano, francés, inglés, alemán e italiano.

Pero siempre llega ese peregrino que tampoco comprende ninguna de estas lenguas y entonces es cuando surge el problema, ya que es conveniente, y a veces necesario, que conozcan las normas, si las hay o si no, al menos los horarios que se establecen para los peregrinos en el albergue.

Me llegó un día un peregrino coreano que únicamente hablaba su idioma materno o al menos eso era lo que deduje porque cada vez que le nombraba alguno de los idiomas que estaban en la hoja, él movía su cabeza de un lado a otro.

Cerré mis labios y dejé que fueran solo mis manos las que explicaran todo lo que tenía que saber antes de decidir quedarse en Santuario.

Sorprendentemente, el movimiento de su cabeza fue cambiando, en lugar de moverla de izquierda a derecha, lo hacía de arriba abajo. Cuando terminé de explicarle todo, me mostró su mano derecha con el dedo índice hacia arriba y me dijo:

—¡Ok!

Me quedé sorprendido de lo fácil que me había resultado hacerme comprender, no pude contenerme y lanzando un suave grito exclame:

—¡Ya hablo coreano!

Me di cuenta que el mejor idioma es el sentido común y si todos lo aplicamos, estoy convencido que no habrá ninguna barrera que impida que todos podamos entendernos, a pesar de que cuando lo hagamos, no digamos ni una sola palabra.