almeida – 3 de mayo de 2015.

                A pesar de lo claras que en muchas ocasiones tenemos algunas cosas, no importa tampoco la facilidad de palabra de la que podamos hacer gala, en ocasiones nos sentimos impotentes a la hora de explicar ciertas cosas y mucho menos hacernos entender ya que pensándolo bien, tampoco es nada difícil que esto ocurra.

                Nos encontrábamos recorriendo uno de esos caminos en los que a veces pierdes la referencia de dónde te encuentras. Vas pasando por pequeñas aldeas en las que desde el momento que comienzas a cruzar las pocas casas que cuenta, no ves ninguna señal ni letrero que haga referencia alguna del sitio en el que te encuentras.

                En esa ocasión, llevábamos ya varios kilómetros en los que nos estaba ocurriendo esta situación, pasábamos por pequeños núcleos de población que en ningún caso contaban con más de una docena de casas y el pueblo que debía ser más importante, el que agrupaba a todas en un concejo, ese que venía en las guías como una referencia no aparecía y según el cansancio que llevábamos debíamos haber llegado ya. Tampoco contemplábamos ninguna población en el horizonte lo que era frecuente ya que la orografía en ocasiones no nos permitía hacerlo. Era un tramo montañoso con curvas constantes en el camino, abundante vegetación y ondulaciones en el terreno cada pocos metros.

                Llegamos a una de esas pequeñas aldeas y divisamos una marquesina de autobús en la que podríamos detenernos unos minutos a descansar sentados en los bancos y de paso nos protegeríamos de la fina e incipiente lluvia que había comenzado a caer.

                En la marquesina, se encontraba también una mujer de unos sesenta años que llevaba en una de las manos el paraguas para protegerse de la lluvia y en la otra unas bolsas que nos hizo suponer que se dirigía a esa población a la que pensábamos llegar donde podría comprar las cosas que necesitaba para ese día ya que en la aldea no había ningún establecimiento donde poder hacerlo.

                Tras el saludo de cortesía, le pregunté si quedaba mucho para llegar a ese lugar que nos parecía que había desaparecido porque según las referencias que teníamos deberíamos haber llegado a él hacía tiempo.

                -Queda muy lejos – nos respondió.

                -Pero muy lejos, ¿Cuánto es? – le pregunte.

                -Por lo menos está a un kilómetro o dos – dijo la mujer.

                Bueno pensé, no era tanto, aunque de uno a dos kilómetros es una diferencia considerable, pero en menos de media hora podíamos hacer esa soñada parada en la que tendríamos la oportunidad de tomar un café y reponer parte de las energías que habíamos dejado atrás con un buen pincho de los que solían poner en aquellas tierras o un bocadillo.

                -Pero llega ahora, enseguida pasara el autobús – nos dijo.

                -Ya, pero somos peregrinos y vamos andando – la respondí.

                -Con este tiempo, como vais a ir andando, coger el autobús que no cuesta mucho y os deja allí enseguida.

                -Como la he dicho, somos peregrinos y vamos recorriendo andando el camino, no queremos coger ningún medio de desplazamiento que no sean nuestros pies.

                -Pues  vaya gusto – comentó ella – y con este tiempo, son ganas de mojaros a lo bobo.

                Estuve pensando explicarle cual era la filosofía del peregrino y porqué hacía el camino de la forma que lo hacíamos nosotros, pero pensándolo bien, cómo podía explicarle a aquella mujer que estando cansados y con la lluvia que estaba cayendo, preferíamos seguir caminando a coger ningún medio de locomoción, difícilmente lo comprendería la buena mujer.

                En los pocos minutos que estuvimos allí, creo que hablamos del tiempo y de lo bonitas que eran aquellas tierras, aunque ella se interesó de dónde veníamos y hasta dónde pensábamos llegar y al conocer nuestro viaje me dio la impresión que se cansaba solo escuchándome.

                Cuando llegó el autobús, se detuvo frente a donde nos encontrábamos y sin decir nada, la mujer hizo un gesto como para que subiéramos y con la mano, le confirme que íbamos a seguir caminando y vi que en su cara se conformaba una mueca de extrañeza e incomprensión por nuestro comportamiento.

                La imagino comentando al conductor del autobús nuestra conversación y sobre todo los imagino a los dos hablando de no sé cuántas locuras que les sugería ver a unos peregrinos por aquellos inhóspitos lugares, cargados como mulas y mojándose con el día que estaba haciendo.

                Cuando dejamos de ver el autobús, reiniciamos la marcha, en mi cabeza estaba todavía la conversación que habíamos mantenido y sobre todo, lamentaba no haber podido hacerla comprender el sentido de lo que estábamos haciendo, aunque pensándolo bien, después de darle muchas vueltas, también a mí me surgieron algunas dudad de si lo que estábamos haciendo tenía algún sentido, yo sabía que sí, pero comencé a comprender a aquella mujer y sobre todo, me di cuenta que por más interés que hubiera puesto en explicárselo, nunca iba a encontrar las palabras necesarias para que ella lo comprendiera.