almeida –  09 de mayo de 2017.

pareja

Ese día, el pequeño albergue se encontraba muy concurrido, después de siete días en completa soledad, recibí a dos peregrinos que venían caminando muchos kilómetros y tuve la visita de unos amigos que se acercaron hasta el albergue para hacerme compañía sabiendo la soledad en la que estaba.

            Cuando nos encontrábamos disfrutando de la sobremesa, conversando sobre esas cosas que los peregrinos solemos hablar casi sin parar, entró por la puerta del albergue una pareja que era diferente a los típicos turistas que de vez en cuando se despistaban por aquella parte de la ciudad. Deseando conocerlo todo, también querían ver cómo vivían una jornada los peregrinos que estaban haciendo su camino a Compostela y no tenían ningún rubor en penetrar al interior del albergue hasta que les llamaba la atención pidiéndoles un poco de respeto para quienes se encontraban descansando.

            Nada más verles, supe que se trataba de peregrinos, aunque no había nada que les delatara como tales, sus vestimentas eran de calle y su comportamiento era también normal, pero había algo en sus miradas que les delataban como dos peregrinos.

            Era una de esas parejas que el camino en un momento de sus vidas ha hecho que éstas se cruzaran, ella venía desde Korea para recorrerlo y él procedía de una ciudad de Andalucía.

            Querían información sobre el camino en el que en esos momentos me encontraba, ahora que estaban juntos deseaban dedicar al menos una docena de días para recorrerlo y recordar ese momento tan especial que un año atrás les unió.

            Les recomendé que hicieran otro camino, en el que yo me encontraba apenas disponía de infraestructuras cuando finalizaran cada una de las etapas. Había otro camino cercano en el que iban a encontrar la soledad y esa intimidad que estaban buscando y cada veinte kilómetros disponían de un albergue, sería el más idóneo para lo que ellos estaban necesitando.

            Después de facilitarles toda la información que solicitaban y responder a cada una de las preguntas que me hacían, fui yo quien se interesó por saber cómo les había unido el camino, ya que se les veía una pareja que transmitía una sensación de felicidad que era percibida por los demás inmediatamente.

            Aunque la peregrina se desenvolvía bastante bien en nuestro idioma no había conseguido todavía vencer esa timidez tan característica de las personas de su país y fue Paco quien se dispuso a contarme su historia.

            El año anterior, un buen día de mayo y desde una procedencia muy distinta, cada uno accedió a Roncesvalles para hacer ese camino al que estaban predestinados y que cambiaria sus vidas.

            Los dos comenzaron el mismo día a caminar, pero eran cientos de peregrinos los que lo hacían ese día y no tuvieron ese momento especial en el que uno se fijara en el otro.

            Tuvieron que transcurrir cuatro días para que cuando se encontraban en Estella sus miradas se cruzaran y ya no pudieran desviarlas cada vez que se encontraban cerca, que era cada uno de los instantes del día.

            Los dos fueron caminando cada vez más tiempo juntos hasta que llegó el momento de irse separando del grupo con el que caminaban habitualmente para buscar esa intimidad que tanto deseaban tener.

            El amor había hecho acto de presencia en sus vidas y tuvieron que pasar todavía casi dos largas semanas para que cuando cruzaban el puente que un día don Suero Quiñones defendiera por las armas proclamando el amor que sentía por su dama, surgiera de forma espontánea ese primer beso al que siguieron luego muchos más. Cuando llegaron a Compostela, los dos sabían que aunque tuvieran que separarse de forma momentánea, sus vidas estaban ya unidas para siempre y éstas no se iban a separar jamás.

            Esa, fue la más dura despedida que los dos tuvieron nunca, aunque sabían que el reencuentro compensaría los días que iban a pasar separados, pero solo se trataba de una separación física ya que sus almas y sus corazones estaban siempre juntos porque latían y sentían como si se tratara de uno solo.

            En la primera ocasión que Paco tuvo, se fue hasta el país asiático para disfrutar de la compañía de la peregrina. Fueron unos días inolvidables en los que ratificaron todo el amor que sentían el uno por el otro. Después de una separación de varios meses, solo estaban esperando ese momento para el que hicieron uno y mil planes y que las despedidas no tuvieran la frecuencia que ninguno de los dos deseaba.

            Ahora era ella la que había venido a visitarle, esperaba buscar la manera de poder quedarse de forma definitiva con la persona que ya era toda su vida y estaban tratando de que sus planes y sus sueños se vieran cumplidos para el resto de la eternidad.

            La peregrina me fue respondiendo a algunas de las preguntas que le iba haciendo y me comentó que lo que la motivó a hacer el camino fue cuando vio un documental en su país que hablaba de este camino que era desconocido para ella. Desde el primer momento que vio las imágenes de los peregrinos caminando, supo que ella también tenía que recorrer ese camino que el comentarista calificaba como mágico, algo le decía que tenía que hacerlo y fue ahorrando para pagarse el billete de avión y disponer de medios para los días que estuviera caminando y desde el momento que puso sus pies en él, supo que le esperaban grandes sensaciones que el camino tenía reservadas para ella.

            Cuando les pregunté que fue lo que llamó la atención del otro, la peregrina se sentía un poco ruborizada, quizá fuera una pregunta muy personal que no debía haber hecho sabiendo cómo son de reservados los orientales para mostrar sus afectos a los demás.

            Pero Paco, estaba deseando de compartir lo que me imagino que muchas veces había tenido que contar a sus más allegados que no debían comprender cómo se había enamorado de una persona no solo de otro país tan diferente, sino de una cultura y unas costumbres tan distintas.

            Paco me dijo que lo primero que llamó su atención de la peregrina fue su hermosura, él no había visto a nadie como ella en su vida y quiso unirse a lo que para él era ese ángel que en ocasiones veía en sueños pero no conseguía ponerle cara y por fin, cuando la miró por primera vez, supo que era ella esa mujer que siempre estaba en sus sueños aunque no la hubiera visto nunca.

            Pero lo que realmente le cautivó, fue la forma en la que la peregrina le miró, aquella mirada lo encerraba todo y decía tantas cosas que por muchas palabras que se fueran uniendo, serían insuficientes para poder hacerlo.

            Creo que es una de esas historias que es imposible concebir en otro lugar que no sea el camino, sólo allí esa magia de la que en alguna ocasión hemos oído hablar, se manifiesta como lo hizo cuando estos dos jóvenes peregrinos cruzaron por primera vez sus miradas y con ellas también sus vidas.

            Se encontraban tan a gusto entre peregrinos y contando su historia de amor que se olvidaron de la visita que habían venido a hacer a la ciudad, para ellos el camino era su vida. Cuando se encontraban contemplando la catedral y vieron en el bordillo de la acera una flecha amarilla sintieron ese impulso que tienen los peregrinos de seguirla y les condujo hasta el albergue para contarme esta historia y de esa forma compartirla con otros peregrinos.