almeida – 15 de julio de 2016.

AGUA EMBOTELLADA

 

Cuando te dispones a afrontar caminando más de un millón de metros, surgen inevitablemente muchas dudas sobre si podrás completar con éxito la aventura que tienes por delante

y vas analizando todas las dificultades para ver las opciones que cuentas para que el fracaso no sea el resultado final de esta empresa.

            Fueron muchas las dudas que surgían según iba planificando la vía de la plata. Había etapas que parecían imposibles con el agravante de hacerlo en verano y en la mayoría de estos casos, junto a la planificación inicial fui poniendo las alternativas que podían surgir si las cosas no salían como había previsto.

            Pero había una etapa, que por más vueltas que la daba, siempre después de analizarla mucho, me seguía pareciendo una incógnita ya que eran cuarenta kilómetros caminando sin encontrar seguramente nada ni nadie durante muchas horas. Únicamente contábamos con la referencia del arco cuadriforme que estaba hacia la mitad de la etapa, pero antes de llegar a él y una vez que lo superáramos, no había nada en absoluto.

            También me fui informando de esas almas buenas que Santi ha ido colocando en el camino para que no se hagan tan duros algunos tramos para los peregrinos que van a visitarle y en este camino todavía muy poco frecuentado por los peregrinos, siempre había en esos lugares claves una persona que nos iba a hacer más fácil la dura empresa que teníamos por delante.

            Antes de esa terrible etapa, había leído las experiencias de otros peregrinos que me habían precedido, que en el pueblo donde debíamos comenzar, había una de esas almas buenas que han hecho de su forma de vida un servicio al peregrino.

            La señora Elena, había convertido su casa en un albergue y ofrecía a los peregrinos ese cobijo tan necesario al final de una dura y exigente jornada, pero ante todo, ofrecía ese cariño que saben transmitir aquellos elegidos que aman profundamente el camino.

            Cuando llegamos a su casa, nos encontrábamos muy cansados. La etapa, como casi todas, había resultado muy dura y las fuerzas se encontraban ya muy justas.

            Nada más vernos, nos obsequió con esa sonrisa que solo se puede contemplar en el rostro de los buenos hospitaleros y extendiendo su mano derecha nos ofreció una jarra de agua fresca que acababa de sacar de la nevera.

            -Refrescaros primero y luego os dais una buena ducha que os va a sentar muy bien – dijo sin darnos opción a que pudiéramos replicar nada.

            Su pelo había ido perdiendo la pigmentación que un día debió lucir y ahora era completamente plateado, aunque la veía enérgica, era bastante menuda y daba la falsa impresión de ser frágil. Su cara transmitía mucha bondad, esa que se va adquiriendo con el paso de los años, sobre todo cuando estás haciendo lo que te gusta y disfrutas con ello.

            La mayor parte del resto de la tarde, la pasamos con ella, descansando en el comedor de su casa y sobre todo planteando todas las incógnitas que se agolpaban en nuestra mente para afrontar la etapa del día siguiente.

            La señora Elena fue aclarando todas nuestras dudas y nos fue ofreciendo la información que ella disponía y sobre todo nos fue tranquilizando y a través de sus palabras y sobre todo de sus consejos, fuimos descartando gran parte de los temores que teníamos.

            Cuando llegó la hora de cenar, ella se encargó de reservarnos sitio en un restaurante del pueblo en donde nos iban a atender muy bien y sobre todo nos ofrecieron unas raciones muy generosas que iban a reponer las energías que habíamos perdido.

            Mientras estábamos cenando, la señora Elena, llamó dos veces al restaurante para que además de atendernos bien, se dieran prisa en servirnos para que pudiéramos ir pronto a la cama ya que debíamos descansar lo más posible para afrontar la siguiente jornada.

            Aunque nos quedamos tomando unas copas y llegamos más tarde de lo previsto, allí estaba la señora Elena, en un sillón medio adormilada esperando nuestra llegada para asegurarse que no nos perdíamos por el pequeño pueblo y nos metíamos a la cama con el tiempo suficiente para descansar, solo le faltó arroparnos o cerrar la cremallera de nuestros sacos cuando nos encontrábamos ya acostados.

            Por la mañana, decidimos levantarnos un par de horas antes que comenzara a percibirse el alba. Las horas de calor del mediodía se hacían insoportables y el frescor de las primeras horas del día hacía que avanzáramos los primeros kilómetros casi sin darnos cuenta.

            Cuando nos levantamos, allí se encontraba la señora Elena, nos había puesto un café con leche y unas magdalenas para desayunar y tenía preparadas tres botellas de agua de dos litros para cada uno, en total seis litros o para un peregrino seis kilos más, dos de las botellas estaban completamente congeladas para que aguantaran más tiempo frescas. Era un peso extra, excesivo, pero necesario para una dura jornada en la que perderíamos mucho líquido a través de la sudoración y seguramente no encontráramos ningún lugar en el que poder abastecernos.

            Como habíamos previsto, la jornada fue una de las más duras que recuerdo como peregrino, además del recorrido tan largo que teníamos que superar, ese día hizo un sol de justicia que complicó todavía más la etapa.

            La falta de agua y sobre todo la falta de sombra donde poder estar unos minutos mientras hacíamos una parada para descansar, fue haciendo que cada kilómetro que recorríamos fuera más largo y difícil que el anterior y según pasaban las horas íbamos acusando el cansancio que se iba reflejando en nuestros cuerpos y en ocasiones ya ni el descanso podía aliviarnos, aunque en muchas ocasiones buscábamos un sitio para sentarnos o tumbarnos a descansar, no conseguíamos encontrar la postura en la que estuviéramos cómodos.

            También la falta de agua fue haciendo mella en nuestros cuerpos, la sensación de deshidratarnos era cada vez más acusada y hubo momentos en los que aparecía esa pájara que no te permite seguir avanzando y hace que solo sueñes con un vaso muy frío de agua.

            Cuando finalizamos eran casi las siete de la tarde, habíamos estado caminando trece horas y llegamos exhaustos al pueblo. Los últimos kilómetros se iban convirtiendo en leguas y no veíamos el momento que pudiéramos despojarnos de nuestras mochilas y descansar sobre la litera.

            Una hora después de nuestra llegada, una vecina del albergue vino a interesarse por nosotros, lo hacía por encargo de la señora Elena que había llamado varias veces interesándose por si habíamos llegado y en las condiciones que lo habíamos hecho.

            Pocas veces el peregrino puede sentirse como en su añorada casa, pero quienes son acogidos por la señora Elena, en todo momento se sienten así ya que no llegan ni a extrañar a esa madre que tanto se preocupa por sus hijos.