almeida – 13 de julio de 2016.

            Después de recorrer varios caminos y cuando las lesiones hicieron que mi vinculación con el camino fuera principalmente como hospitalero dando acogida a los peregrinos en los albergues en los que me encontraba.

Llegó un momento que en mi cabeza había muchas historias acumuladas, algunas vividas personalmente y otras las vivía según las estaba escuchando.

            Fue entonces cuando llegué a tener ese conocimiento de las cosas que solo se van adquiriendo con la experiencia. Algunos dirían que son porque nos vamos haciendo mayores, aunque yo considero que es porque hemos vivido algo más y es entonces cuando el conocimiento que hay en nuestra mente se va desbordando y quiere escapar y es necesario que las compartamos para que los demás puedan beber un poco de ese pozo que tenemos dentro.

            Quise compartir con otros peregrinos estas vivencias, aunque enseguida me di cuenta que lo único que estaba haciendo era revivir los recuerdos de quienes las leían, ya que no hay ni una sola historia en el camino, por muy extraña que sea, que otros antes que yo no la hayan sentido o la hayan vivido directamente como así me lo iban confirmando los correos que recibía cada vez que colgaba alguna de estas historias a través de Internet.

            La buena acogida de mi iniciativa, hizo que pronto tuviera algunas peticiones para recopilar todas las historias que iba publicando, aunque sabía que la empresa no era nada fácil, estamos en un país en el que la lectura no es una de las aficiones más arraigadas y para alguien desconocido tratar que una editorial se fijara en el proyecto, resultaba poco menos que una quimera.

            Pero como solemos decir los amantes de esta senda milenaria, “Santi siempre provee” y en esta ocasión, sentí que era así ya que los acontecimientos se fueron precipitando y tuve la fortuna de encontrar un editor al que ahora considero un amigo, que sabía lo difícil que era poner un libro en circulación y me dio todo tipo de facilidades para que esta publicación pudiera ver la luz.

            Las historias, según las iba escribiendo las archivaba poniéndoles un número de orden, pero este número no indicaba precisamente la cronología del momento en el que fueron concebidas, ni tampoco están agrupadas por temas. Se mezclaban las historias del camino con otras vividas en los albergues o algunas que había escuchado por ahí.

            Al final, había cerca de setenta cuentos y aunque todos eran para mí vivencias que merecían estar en ese libro, fui descartando algunas que estaban incompletas o que las deseaba pulir un poco más y al final se quedaron en sesenta y tres, que fueron las que conformaron ese primer volumen que nació bajo el título de Sentimientos Peregrinos.

            Gracias a buenos amigos que se van haciendo en el camino, tuve la oportunidad de ir haciendo presentaciones de este libro en numerosos rincones de nuestra geografía a través principalmente de las asociaciones de amigos del camino de cada provincia y en más de una ocasión, en el turno de preguntas que se abría después de la presentación surgió varias veces la misma pregunta ¿por qué sesenta y tres cuentos?

            Les respondía que podían haber sido sesenta o setenta, en ningún momento me plantee un número determinado de historias, fueron las que había en ese momento y si hubiera tenido más, ahora el libro tendría más páginas, pero no fue así.

            El libro salió de la imprenta en el mes de enero y durante la mayor parte del año fui recorriendo ciudades y visitando albergues para darlo a conocer y me sentí muy satisfecho cuando se agotó la primera edición aunque fuera corta y tuvimos que hacer una segunda para satisfacer las peticiones que se iban incrementando según los peregrinos tenían conocimiento del mismo.

            Cuando el año estaba llegando a su ocaso, quiso el destino que la última quincena de diciembre me fuera hasta el fin del mundo para atender a los peregrinos que una vez cumplido el sueño de llegar a Compostela, querían que sus pasos solo se detuvieran allí donde la mar no les permite continuar.

            En el albergue, me esperaba el hospitalero al que tenía que hacer el relevo. Era uno de esos personajes que solo podemos encontrar en el camino. Su aspecto era un tanto extravagante y cuando le escuché, enseguida me pareció un iluminado cuando me aseguraba que en la iglesia de Villasirga había tenido la oportunidad de encontrarse con Jesús y ese hecho había cambiado su vida.

            Traté de recordar las imágenes de Cristo que había en aquel lugar en el que los Templarios llegaron a disponer de uno de sus centros de poder, pero solo venía a mi mente la majestuosidad del templo y el gran pórtico que deja boquiabiertos a los peregrinos que lo ven por primera vez.

            Mientras mi mente trataba de recordar mi paso por ese lugar un lustro antes, el hospitalero me decía que la imagen con la que él estuvo, no era material ni tampoco un espíritu, resultaba algo sobrenatural. Se trataba de un volumen en el que solo podía ver la masa muscular y los nervios de la que se desprendía una energía que le cautivó. También me aseguró que en uno de los bancos de la iglesia se encontraba san Pedro quien llegó a sentir una mezcla de celos y de envidia porque el hospitalero en todo momento se dirigió a la imagen que le había cautivado y a él, le ignoró.

            Pensé que estaba ante uno de esos iluminados del camino que antes de entrar en la iglesia había introducido algún elemento extraño en su cuerpo y cuando penetró al interior, se encontró con un paisano rezando al que confundió con el primer dirigente de la iglesia y al cristo que había en la pared lo vio de una forma especial como antes nadie lo había contemplado y estoy seguro que nadie tampoco después lo observará de la misma forma que él lo contempló y de esa forma fue como me lo describió.

            A lo largo de mis años de peregrinación, me he encontrado con algún peregrino que ha estado en el mismo lugar que yo y cuando hemos hablado posteriormente hemos visto cosas completamente diferentes, como si hubiéramos estado en dos sitios muy distantes, por eso no le di mucha importancia, el camino me ha enseñado que en muchas ocasiones nos hace ver las cosas de una forma especial, aunque he de confesar que nunca tanto como lo que estaba escuchando, pero ya hay pocas cosas que lleguen a sorprenderme.

            Una vez que terminamos de cenar lo que me había preparado, nos fuimos hasta dos sillones que había en el albergue y prolongamos la tertulia. Ese día no había nadie más, por lo que, a la mañana siguiente no teníamos ninguna prisa por levantarnos y cuando dos peregrinos se juntan, se pasa el tiempo sin darnos cuenta ya que disfrutamos plenamente hablando de esa pasión que los dos compartimos.

            En un momento de la tertulia, salió a relucir el libro que había escrito y después de contarle el contenido de algunas historias que estaban recogidas en él, surgió de nuevo la misma pregunta.

            -¿Cuántas historias hay escritas? – me dijo.

            -Sesenta y tres le respondí.

            -¡Claro! – Dijo él – tenían que ser sesenta y tres.

            -Bueno – le comenté – podían haber sido sesenta o setenta o quizá más ya que si el libro se hubiera publicado un mes más tarde, quizá para entonces tendría setenta y cinco cuentos.

            -Pero, son sesenta y tres – me atajó – porque tenían que ser sesenta y tres.

            Tendrían que ser las que yo quisiera o tuviera en ese momento – le dije – de hecho, descarté media docena que inicialmente iban a estar en el libro.

            -No las descartaste tú, estaba destinado que esas no estuvieran para que el libro tuviera sesenta y tres y ni una más.

            -No te comprendo – le dije un tanto atónito y a la vez casi indignado, que sabría él cuantas historias quería yo que aparecieran.

            -Verás, el camino es un sendero que se encuentra cargado de simbolismo. Nada ocurre al azar y todo tiene su explicación. El juego de la oca, está muy vinculado al Camino de Santiago, todas las casillas que hay en el juego de una forma o de otra las encontramos a lo largo del camino. Y lo que son las casualidades del destino, el juego de la oca tiene sesenta y tres casillas, las mismas que historias has recogido en tu libro.

            Me quedé durante un rato pensando en esa coincidencia o en ese destino que hizo que descartara media docena de historias y en ese momento comencé a ver al hospitalero de una forma diferente a como le veía desde que me habló de sus vivencias en el templo de Villasirga.

            Según han ido pasando los días, he pensado muchas veces en lo que me dijo y estoy convencido que cuando me encuentre cerca de Villasirga, me acercaré a ver el templo y estoy seguro que veré cosas que se me pasaron por alto la primera vez que estuve en su interior.