almeida –  23 de agosto de 2017.

            Julia, fue la primera en llegar al albergue, cuando me dispuse a registrarla, me comentó que estaba esperando a unas amigas que venían haciendo el camino con ella y se registrarían todas juntas una vez que el grupo hubiera llegado.

            Un cuarto de hora después, llegaron tres mujeres más, luego dos y finalmente Raquel, la que según ellas era siempre la última que llegaba a los albergues. Cuando iban llegando las más rezagadas lo celebraban  de una manera un tanto eufórica, con un abrazo felicitándose unas a otras por haber conseguido un día más culminar su jornada con éxito.

            En el albergue había tres cuartos de ocho plazas cada uno y el primero de ellos estaba ocupado por cuatro peregrinos que habían llegado antes que ellas, por lo que les abrí el segundo cuarto dejándolas a ellas solas, la plaza que quedaba libre si no era necesario no la ocuparía así disfrutarían de algo más de intimidad estando solas en el cuarto.

            Formaban un grupo bastante heterogéneo ya que la más joven debía rondar los treinta años o quizá algo menos y Julia que daba la sensación de ser la mayor estaría ya por los cincuenta.

            El albergue se encontraba en uno de los caminos más largos que hay en la península, unos mil kilómetros para quienes lo comienzan desde su origen y desean recorrerlo por completo.

            Ya llevaban caminados cerca de seiscientos kilómetros y se encontraban en ese momento casi de euforia porque ya han superado la parte más difícil del camino y se sienten con fuerzas de afrontar lo que les queda con garantías de poder terminarlo. Los casi veinte días que llevaban caminando les había fortalecido mucho más que cuando lo comenzaron.

            Cogieron una de las duchas que se encontraba libre y con un orden que parecía que estaba ya establecido de antemano, guardaban un turno casi militar, fueron pasando hasta que todas consiguieron quitarse de encima el sudor y el cansancio que les había producido esa etapa.

            Fueron quedando en el hall donde se encontraba la recepción y una vez que llegó Raquel, se dispusieron a buscar algún restaurante donde les sirvieran un menú del día para recuperar las energías que habían dejado en esa jornada.

            Antes de regresar al albergue ya percibí su presencia porque se las oía desde muchos metros de distancia, todas querían hablar y se entorpecían con cada comentario que hacían y los decibelios iban en aumento según querían la mayoría intervenir en la conversación.

            Subieron hasta el cuarto para descansar, solo se quedó Julia, era quien llevaba la planificación que estaban haciendo del camino y deseaba consultarme unas cosas sobre las dos etapas siguientes. El Camino les presentaba dos alternativas y aunque ya casi tenían decidido por cual se iban a desplazar, había algunas cosas en las que tenían bastantes dudas porque la información que disponían era antigua y sabían que se habían producido bastantes modificaciones y mejoras y deseaban conocerlas todas antes de tomar la decisión definitiva.

            Fui respondiendo a todas las dudas que la peregrina me estaba planteando, incluso me atreví a hacer algunas recomendaciones ya que conocía bastante bien esta parte del camino.

            Cuando terminamos de comentar todo lo que Julia me estaba diciendo, fuimos sin darnos cuenta a hablar de las cosas del Camino que estaba realizando, esa conversación que siempre suele surgir de manera espontánea cuando dos peregrinos se encuentran juntos y ella era una excelente conversadora con la que me sentía muy a gusto ya que coincidíamos en muchas valoraciones del camino y de la forma en la que se encontraba últimamente.

            Cuando me interesé por el camino que estaban haciendo, le dije que me había resultado muy curioso la armonía que había en su grupo ya que es difícil encontrar un grupo tan amplio que vaya tan bien cohesionado.

            Pero ella me respondió que era así solo la última semana, los primeros días los habían pasado muy mal a cuenta de las diferencias que fueron surgiendo y estuvieron a punto de dar al traste con un proyecto que llevaba preparando desde hacía un año.

            Julia, era profesora de educación básica en un colegio y un día entre las actividades que hacían con los niños, les dio una charla sobre el Camino de Santiago y lo que éste significaba para la cultura de los pueblos por los que transcurría y para las personas que los habitaban. Ella lo había recorrido en tres ocasiones y desde que lo hizo la primera vez, la había cambiado de una forma importante haciéndola valorar más esas pequeñas cosas a las que antes apenas les daba importancia.

            Algunas profesoras que asistieron a la charla, estaban encantadas con lo que Julia estaba contando y en la primera ocasión que estuvieron juntas le propusieron que en las vacaciones de verano, podían hacer juntas el camino, disponían de casi dos meses y ella sería la guía especial que algunas habían estado buscando para decidirse a recorrerlo.

            A Julia no le gustó mucho la idea, ella prefería recorrerlo sola, siempre lo había hecho de esta forma y era como había sabido aprender a valorar las cosas que se iba encontrando cada día.

            Pero fue tanta la insistencia de sus compañeras que al final acabó cediendo e inicialmente se apuntaron seis personas a este proyecto, pero cuando se corrió la noticia en el colegio, otra profesora más pidió que la incluyeran en el grupo y también a dos amigas que eran comunes para la mayoría.

            A veces pensaba que era una locura comenzar el camino un grupo de nueve personas, pero cada vez que planteaba estas reticencias, todas le decían que no habría ningún problema, se conocían lo suficiente para que éstos no surgieran, casi todas no solo tenían relación en el colegio, también muchas tardes solían estar juntas e incluso quedaban para cenar cada dos semanas en la casa de alguna de ellas o en un restaurante que a todas les pareciera bien y no había existido en ese tiempo el más mínimo roce entre ellas.

            No obstante, Julia dejó muy claras las cosas en varias reuniones que mantuvieron para hacer la planificación, ella sería la que estableciera el programa que todas debían aceptar y cuando surgiera alguna discrepancia en el grupo, su opinión sería la que debía prevalecer.

            Todas estuvieron de acuerdo, sabían que la convivencia durante más de un mes no es lo mismo que la relación laboral, pero se conocían desde hacía tanto tiempo que estaban seguras que nada de esto iba a pasar.

            El tercer día que llevaban de camino, dos de las integrantes del grupo se quejaban constantemente de las jornadas tan largas que tenían que hacer. Julia trató de explicarlas que no había sido posible hacerlas de otra forma ya que debían ajustarse al equipamiento que encontraban en los lugares por los que pasaban, pero eso no las animó y las siguientes jornadas, cuando se cansaban se quedaban atrás y esperaban que algún coche las llevara hasta el pueblo que se habían marcado siempre como destino  de cada jornada, llegando antes que las demás y cuando el resto llegaban cansadas y sudorosas en alguna ocasión hicieron comentarios molestos lo que obligó a Julia a decirlas que lo que ellas estaban haciendo era un fraude, sobre todo ese día que llegaron las primeras al albergue y ocuparon dos literas que otros peregrinos que llegaron más tarde hubieran necesitado más que ellas por lo que las invitó a que dejaran el camino ya que de esa forma no se encontraba a gusto caminando con ellas y si no lo hacían, sería ella quien regresara a su casa.

            Estas dos amigas, abandonaron el camino, pero con eso no se habían terminado los problemas ya que otras tres integrantes del grupo, estaban creando un mal ambiente, cuando no era la falta de agua, era que no les gustaba el lugar donde habían ido a comer, o que el albergue se encontraba sucio y se iban a dormir a un hostal. Era lo que Julia se había temido antes de comenzar el camino, esas dificultades de la convivencia que a veces hace que quienes se conocen de toda la vida, sean en realidad perfectos desconocidos con los que no te sientes a gusto y cada pequeño detalle se convierte en un mar insalvable que tarde o temprano acaba por desbordarse de una forma descontrolada.

            Cuando llevaban caminando unos diez días, el grupo inicial formado con nueve personas, se había quedado reducido a cuatro, pero estas integrantes sí tenían muchas cosas en común y compartían la mayoría de los momentos que estaban pasando en el camino.

            Un día, se les unió Raquel y la amiga con la que estaba caminando y cuatro días antes de llegar a donde yo me encontraba, se cruzaron con una peregrina que estaba caminando sola y se había unido a ellas y de esa forma, el grupo quedó definitivamente, o quizá hasta el momento con las siete personas que habían llegado hasta el albergue en el que ahora estábamos.

            Me afirmó que ahora sí estaba haciendo un camino muy agradable, ya que de las personas que caminaban con ella, no había ninguna con la que no disfrutara cada día, cada una de ellas tenía unos valores que estaba comenzando a apreciar de una forma que no esperaba encontrar en este camino.

            Le hablé de una conversación que en una ocasión tuve con un sabio hospitalero que solía afirmar que cuando uno hace el camino, los compañeros que elige en ocasiones para hacerlo, son provisionales, ya que los definitivos solo es el camino el que sabe ponerlos a nuestro lado. Lo mismo que es siempre el camino el que nos dice por dónde hemos de ir, dónde tenemos que detenernos y sobre todo, con quién debemos hacerlo.

            Cuando a la mañana siguiente se marcharon, supe que ese grupo sí llegaría unido a la meta de Compostela y lo que era más importante todavía, se complementarían a la perfección y cada día aprenderían de las demás esas cosas que las iban a mantener unidas durante mucho tiempo.